sábado, 7 de marzo de 2015

EL PROFESOR BLANDENGUE

Las moderneces tienen cosas buenas y malas. Las buenas son muchas, claro: que si el trabajo en red, que si un mayor acceso a la información, que si el desarrollo de nuevas metodologías de aprendizaje, que si sistemas de evaluación alternativos… Entre las malas, que también las hay, está la consolidación de una especie que parecía estar abocada a la extinción en este mundo educativo cada vez más materialista y cuantitativo: el profesor blandengue.

Porque profesores blandengues siempre los hubo, por supuesto, pero parecían tener los días contados. En un sistema educativo plagado de reválidas, de pruebas externas, de etiquetajes y prejuicios quién se iba a imaginar que los profesores blandengues resistirían a tal frenesí normativo. Pues sí, con sus malas artes han resistido y amenazan incluso con abrir brecha.

No obstante, parafraseando a El Fary, hay colegas que detestan al profesor blandengue. Ese profesor que tiene un exceso de aprobados en su materia, que deja la puerta abierta y arma jaleo, que no manda deberes para casa, que infla notas, que cuenta su vida a los alumnos, que organiza actividades lúdicas, que evalúa no sólo con exámenes…

Porque hay profesionales en la enseñanza que confunden exigencia con exámenes complicados o con deberes repetitivos. Porque existe la creencia de que hay que sufrir en el aula desde bien pequeños a través de fichas, redacción de cuadernos o sin salirse del libro de texto. ¡Hay que terminar el temario!

Parece que el profesor blandengue no pega palo al agua. Parece que se lo pasa bien y que conecta demasiado con sus alumnos. Incluso algunos creen que no tiene conflictos con sus alumnos o que hace dejadez de funciones. A veces, de hecho, el profesor blandengue parece incluso defender a su alumnado ante la manada docente. Y por ahí sí que no se pasa, claro. Esa es la línea que nunca debe cruzarse.


Nota: artículo redactado a seis manos con los blandengues de Ramón Paraíso y Jaume Sans tras conversación tuitera.

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