domingo, 14 de mayo de 2017

EL ALUMNO IDEAL

Alumnos risueños, educados, motivados, obedientes, esforzados, creativos, ordenados, modestos, afables... Esos son los alumnos supuestamente deseables para nuestras aulas. Alumnos ideales confrontados a esos otros alumnos de los que solemos protestar y de los que parece que no debiéramos ocuparnos nosotros los docentes.

Entiendo que como profesionales nos debemos a todos y cada uno de nuestros alumnos. Incluso a aquellos que por muy poco esfuerzo que pongan o por muy impertinentes que sean, están en nuestras aulas. Estos alumnos son los que queman la mayor parte de nuestra energía diaria, los que nos desequilibran y desmotivan. No son clientes ni pacientes, son tan sólo nuestros alumnos con los mismo derechos y deberes que el resto.


Aún así, estos alumnos poco ideales son una de nuestras razones de ser. Es fácil enseñar a un grupo de chavales motivados, pero es también nuestro reto buscar el progreso de chavales mejor o peor educados, inmaduros o con un entorno desfavorable y que, si te los ganas y trabajas con paciencia, pueden sacar de sí mismos bastante más de lo que nos imaginamos. No se trata de ser un idealista, ni presumir de bondad infinita, más bien de sentirse medianamente responsable de unos alumnos que en otros casos acabaran abandonando los estudios o dedicándose a actividades poco "recomendables" para su edad.

Creo que no se trata de ser buenista, más bien ser leales con nuestra profesión y buscar lo mejor para con todos nuestros alumnos. Todo ello no quita ser exigentes o demandar el cumplimiento de normas de convivencia o respeto. Lo que si nos sobran son nuestros comentarios despectivos, principalmente en público, o pensar que este tipo de alumnos no van con nosotros. Afortunadamente, pese al elevado abandono escolar y pese a los sudores de cada curso, siempre tenemos la satisfacción de ver a estudiantes que maduran y reorientan su vida.

Es fácil decir esto a las alturas de curso que nos encontramos; cuando ya nos quedan pocas horas de clase e incluso algunos alumnos, desafortunadamente, han abandonado el curso. Tal vez hubiéramos podido hacerlo algo mejor. Pese a no ser ideales...

photo credit: bdrc Rem via photopin (license)

lunes, 8 de mayo de 2017

¿NOS CAPACITAN PARA ENSEÑAR EN OTRO IDIOMA?

¿Está funcionando el modelo plurilingüe de nuestra escuela? ¿Tiene la Formación Profesional alguna particularidad al respecto que debiera tenerse en cuenta?

Son numerosas las administraciones educativas que exigen un determinado nivel de idioma -extranjero o cooficial- para aquellos docentes que quieren optar a una plaza pública o para aquellos profesores de centros privados que están inmersos en planes plurilingües -con los consiguientes exigencias idiomáticas- y desean mantener el empleo o ser seleccionados para un puesto de trabajo.

capacitación en idiomas

Dichas exigencias suelen constar en acreditar oficialmente un nivel B2 o C1 del idioma en cuestión (inglés, valenciano, francés, euskera...) más un certificado adicional de capacitación para la enseñanza en esta otra lengua. Y aquí viene mi primera cuestión: ¿son necesarios tantos profesores dedicando cientos de horas y euros a buscar esta certificación? ¿esa certificación es idónea y eficaz?

Por un lado, si la Administración nos exige estas certificaciones, basadas en el modelo plurilingüe y en la famosa metodología  AICLE (CLIL en sus siglas en inglés),  no tiene mucho sentido obtener un certificado de capacitación que se reduce a un examen -al menos en la Comunidad Valenciana- donde debes realizar una redacción, un breve test y una entrevista oral acerca de una serie de temas a memorizar.  Asimismo, tal y como afirma el estudio del MECD (página 134),  "La enseñanza de las lenguas extranjeras en el sistema educativo español": Las orientaciones metodológicas para las enseñanzas integradas de contenidos y lenguas extranjeras son diversas y varían entre las distintas Administraciones educativas, pero no varían tanto entre las etapas educativas dentro de una misma Administración. 

Quizás, además de acreditar cierto nivel de idioma, deberíamos analizar primero cómo vamos a incluir esos módulos o asignaturas en inglés y luego dar una formación específica para cada nivel educativo según sus características propias; si no, estamos pecando de nuevo en una titulitis sin remedio y con poco beneficio para docentes y alumnos. En mi caso, presentarme por libre a estos exámenes y obtener estos certificados no me ha supuesto ninguna capacidad adicional más que la obtención de unos requisitos oficiales que me pueden servir para mi empleabilidad futura.

En Formación Profesional, y entiendo que también en otras etapas de educación secundaria, no se puede dar una clase en inglés de cualquier materia con un mero B2 para un alumnado que presenta diversos niveles de competencia en lengua extranjera. No podemos ofrecer la docencia de estas materias en inglés; más bien, siguiendo la metodología AICLE, deberíamos ofrecer una formación que utilice el vocabulario específico en esas otras lenguas y manejando el idioma de un modo más natural a través de textos o páginas web. No nos han capacitado, ni debiera ser nuestro cometido, a enseñar lenguas ni sus aspectos gramaticales. Podemos ser todo lo flexibles que queramos, pero no se trata sólo de chapurrear mejor o peor una lengua y dar unos apuntes traducidos, poner algún vídeo o dar cuatro órdenes en lengua extranjera. Detrás de una buena clase en inglés hay mucho trabajo, muy poco valorado, donde se debe alternar la lengua propia y seguir trabajando los contenidos de cada materia en situaciones reales. Es decir, mucha metodología.

Para ello se debiera dar una formación mucho más unificada (existen decenas de entidades que acreditan esta capacitación en lenguas con todo tipo de niveles) y con una metodología contrastada que ofrecer a nuestros alumnos. No valen los experimentos donde cada centro o profesor es un sálvese quien pueda. La inversión en horas de formación para los docentes en detrimento de otro clase de formación, acabará redundando --sobre todo en Formación Profesional- en docentes menos actualizados en otros aspectos no menos importantes para la mejora profesional: actualización técnica, metodologías de la enseñanza y aprendizajes, competencias digitales, etc.

Si ahora se comienzan a exigir niveles C1 (como actualmente en la Comunidad de Madrid o en un futuro en la Comunidad Valenciana) para acreditar un dominio del idioma mayor, tan sólo estaremos prorrogando la agonía de miles de profesores dedicando su tiempo y dinero en acciones formativas para este menester. De nuevo nos habremos olvidado de capacitar -con una metodología que se haya demostrado científicamente- al profesorado en dar clases en otra lengua diferente al castellano; seguiremos cometiendo el mismo error y presumiendo de un supuesto éxito, sólo en el papel, de un sistema educativo plurilingüe. Probablemente nuestros alumnos tendrán más competencias lingüísticas pero no sabemos aún a qué precio y si habrá valido la pena tanto esfuerzo o podíamos ser más eficientes.

photo credit: National Institutes of Health (NIH) Mouth Drawing via photopin (license)

lunes, 1 de mayo de 2017

LOS ALUMNOS MILLENNIALS NO EXISTEN, Y LOS CENTENNIALS TAMPOCO

Categorizar generaciones y distinguir entre millennials o centennials me parece de lo más inútil. Los profesores, que igualmente podríamos distinguir entre los de la generación X o los baby boomers, solemos caer en la trampa y pensar en que cada vez están menos preparados nuestros alumnos o que son menos responsables, inquietos o irrespetuosos, entre otras lindezas.

Generalizar suele ser una magnífica trampa a nuestra conveniencia. Creemos, conforme pasan los años como docentes, que la juventud no tiene remedio y que el ansia de saber finalizó con nuestra "excepcional" generación. Tendemos a olvidar nuestros años como adolescentes, donde raramente se hablaba de novelas o autores contemporáneos, donde las amistades eran el centro de nuestras vidas y la escuela un lugar y pasatiempo obligatorio que aceptábamos de mejor o peor grado. Eso sí, los chavales de ahora tienen la "desgracia" de multiplicar por mil sus distracciones o sus lozanos mensajes a través de sus (¿malvados?) dispositivos móviles.

alumnos millenials centennials no existen educación

Más que identificar generaciones o tratar de adaptarnos a las mismas, según ciertos criterios más relacionados con el consumo o con el mundo laboral, entiendo que cada curso tenemos unos alumnos nuevos con un nivel de madurez variable y que crecen con nosotros; ya que, como dice la célebre frase atribuida a George Bernard Shaw, "la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo". Como se dice vulgarmente: sólo hace falta que caigan del árbol.

Sabemos que cada alumno es único, y un año, durante la adolescencia, es un mundo para ellos; se puede comprobar fácilmente cuando te encuentras con alguno en cursos posteriores o una vez han finalizado su etapa escolar y están inmersos en la vorágine laboral. Aquí no importa si son centennials o nativos digitales o cualquier otra etiqueta que vende artículos y rellena tertulias; afortunadamente, la inmensa mayoría sigue madurando y revolviéndose -como nosotros- con las generaciones anteriores. Y vuelta a empezar.

Por eso no tiene sentido tratar de adaptar nuestros contenidos o procedimientos a estas generaciones como si existiera una receta insólita que nos permitiera dar con la clave de la motivación permanente; donde el alumno busque denodadamente el saber en nuestras clases. Más bien, se trata, como siempre ha sido, de conectar con el alumno a través del buen trato y del respeto; buscando enseñar y conseguir lo más difícil -que el alumno desee saber por saber-. Luego ya añadiremos las TIC, el aprendizaje móvil o las metodologías activas e innovadoras.

photo credit: Rusty Russ Sea of Tears via photopin (license)