sábado, 3 de febrero de 2018

GANAS Y MOTIVOS PARA APRENDER

Insuflar ganas de aprender al alumno es tarea nada sencilla en los tiempos que corren. Tal vez por la facilidad de acceder a los estudios, incluso la gratuidad (por fortuna) de la educación hasta ciertos niveles formativos o el desencanto sufrido en los estudios obligatorios, provocan que no pocos alumnos desaprovechen las horas lectivas.

Tengo claro que como docente debo provocar esas ganas de aprender, aún siendo profesor de Formación Profesional -una etapa no obligatoria- debo tratar que todos los alumnos sean conscientes de la necesidad imperiosa de el aprendizaje permanente. Que los alumnos conozcan las inmensas posibilidades que hay hoy día para seguir formándose y actualizarse profesionalmente. Que se puede aprender más de un idioma si le pones ganas. Que se puede estar al día de tu sector si utilizas las redes sociales con sensatez. Que la educación que reciben es un bien muy preciado y no se debe desaprovechar. Que se puede ser joven y, además de divertirse y formarse, tener otro tipo de inquietudes es imprescindible para crecer como persona.


No suelen ser justas, además de improductivas, las comparaciones. Aún así, recientemente, viendo el documental de "Él me llamó Malala" -muy recomendable- puedes darte cuenta de la fortuna que tienen en la actualidad la gran mayoría de nuestros jóvenes que, pese a la incertidumbre con la que afrontan su futuro, pueden disfrutar de unos estudios oficiales y gratuitos en gran medida. Solemos mirar a Finlandia, y no estaría mal bajar la mirada y ver qué ocurre en otras latitudes junto a nuestros alumnos. Es cierto que la precariedad comienza a ser un problema endémico en nuestra sociedad española, aún así, con ganas, cualquier joven puede obtener una capacitación profesional y un título que le ayude a optar a ese empleo por el que transitar a una vida adulta e independiente.

Todos sabemos, aunque lo olvidamos con frecuencias, que en muchas zonas del mundo el acceso a la educación es para unos pocos, que las niñas lo tienen aún más difícil o que las condiciones para estudiar o continuar los estudios son paupérrimas. Según la UNESCO hay más de 263 millones de niños y jóvenes sin escolarizar. Creo que no viene nada mal recordar todas estas situaciones, dejarnos a veces de tonterías y quejas nimias, y tomar conciencia de los recursos que la sociedad ofrece a los más jóvenes en forma de profesores y aulas más o menos modernas.

Tal vez no iría mal mostrar a nuestros estudiantes una factura de lo que le cuesta una plaza escolar al gobierno con los gastos desglosados (hora del docente, materiales, mantenimiento...). Seguramente el efecto será pasajero, pero vale la pena tratar de sensibilizar a nuestros alumnos de las posibilidades -muchas o pocas- que tienen para que no pierdan un instante en seguir aprendiendo y creciendo en una profesión.

Evidentemente, esto no es necesario para todos los jóvenes. Hay muchos jóvenes sensibilizados, con ganas, vocación y que se esfuerzan en continuar sus estudios e incluso los alternan con trabajos para ir sufragando sus gastos. Sin embargo, en cualquier aula podemos encontrar jóvenes desmotivados o indolentes que necesitan un animador o un secretario personal permanente a su lado.

Todo ello tampoco quita que uno de nuestros objetivos principales como docentes sea mantener las ganas de aprender del alumno. Si nos temen, causamos hartazgo, nos enfrentamos a ellos o nos dedicamos sólo a la materia sin mirar antes a la persona, es fácil que el alumno perciba su formación académica como un suplicio y no como esa oportunidad valiosa por la que luchan tantas familias en muchas regiones del mundo y a no demasiados kilómetros de nuestras casas.

photo credit: Stuck in Customs Exploring Tokyo via photopin (license)

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