jueves, 22 de junio de 2017

LA AUTOCRÍTICA PROFESIONAL

Supongo que en todas las profesiones, así como a nivel personal, es poco habitual tropezarse con gente que ejerza habitualmente la autocrítica, y, sobre todo, que la exteriorice. A nivel docente es muy raro oír frases tipo "algo habremos hecho mal", "tenemos mucho por mejorar", "le hemos fallado a ese alumno/a", "debería cambiar en...", "sería mucho mejor hacerlo con un compañero/a", etc.

Si además trabajas como docente en Formación Profesional la realidad puede superar a la ficción. No podemos hartarnos a criticar a los alumnos, al sistema, a los equipos directivo o a la normativa vigente, si por nuestro lado no estamos cumpliendo de un modo responsable y diligente nuestra tarea como docentes. Hay que ser congruente si luego tenemos cualquier tipo de queja. Ser profesional requiere pararse a pensar en qué estoy fallando y dejar de lado la fácil crítica ajena que nada aporta.

autocrítica profesional educación

Cuando estamos formando a los alumnos para ser profesionales, nuestra actitud hacia ellos y con los compañeros, también transmite profesionalidad. El mirarse el ombligo y olvidarse del bien común de nuestra comunidad o centro educativo no aporta nada positivo. Como bien expresa Dolores Álvarez en su blog "La colina de Peralías": (...) Hay gente dentro de los claustros que solo les importa lo suyo y van a preguntar solo por su problema, sin pensar en el gran listado de tareas que tiene este grupo de personas, quieren ver su horario, su grupo de alumnos y alumnas, su clase… todo lo que a su mundo pertenece, ignorando lo que es la comunidad y lo que se trabaja en beneficio de toda ella, se actúa de forma egoista, sin pensar nada más que en lo que a su trabajo particular se refiere. (...) 

Comenzar, ahora que acaba el curso, a revisar lo que hemos hecho mal, donde podemos mejorar, en qué le hemos fallado a nuestros alumnos, compañeros o equipo directivo, o en como podemos contribuir a que nuestra escuela siga creciendo, debiera ser un ejercicio obligado en cada uno de nosotros. Porque calificar a un chaval es muy fácil, pero valorarlo, ponerse en su lugar e intentar que cambie y mejore ya es algo más complejo. Quizás, si nos tuvieran que calificar a nosotros, en algunos ítems (¿módulos?) no saldríamos muy bien parados.

Por mi parte, tengo bien claro que hay muchos aspectos que puedo mejorar como docente. Que mis clases podrían estar mucho mejor preparadas, que debo seguir profundizando no sólo en metodologías sino también en aprender a relacionarme mejor con alumnos que vienen cada vez más cargados de singularidades y rodeados de circunstancias anómalas o con compañeros que trabajan de distinto modo. Porque, al fin y al cabo, lo importante y lo urgente son nuestros alumnos, pese a nuestra circunstancias personales y a pesar de que a todos nos gustaría disfrutar perennemente de alumnos perfectos, motivados y sobresalientes.


Post dedicado a mi compañera Carmen B., de la que tanto he podido aprender por su disposición, actitud, buenas palabras, entrega a los alumnos y a la escuela, sensibilidad, prudencia, crítica constructiva e implicación profesional. Un ejemplo para los que necesitamos de mucha más autocrítica. Mil gracias Carmen por haber podido trabajar contigo y disfrutar de tu compañía. 

photo credit: Brian Legate Macro Mondays- Start exactly @ 5.5 inches via photopin (license)

miércoles, 21 de junio de 2017

EL CHIRINGUITO EDUCATIVO

Esto se acaba queridos colegas. Va llegando la hora de cerrar la paraeta pensando en disfrutar del chiringo estival. Un chiringuito en el que algunos seguirán inmersos en alguna que otra lectura educativa, otros tantos disfrutaran de curso veraniegos y la inmensa mayoría se quedará con la horchata u otras bebidas refrescantes de malta. Por no hablar de los frikis que seguimos de reojo los tuits del personal docente y no docente.

Lo bueno que tiene el chiringuito es que no se puede hablar de competencias básicas o profesionales, de flippeados o innovadores educativos. Cómo mucho, algún veraneante puede sacar a relucir el vídeo de Ken Robinson, lo mal que hablamos inglés por culpa de la escuela, el tema de los dichosos deberes o lo bien que vive el profesorado. En estos casos lo mejor es irse por la tangente, despotricar del sistema y rezar para que el tema derive en la última declaración de renta de Cristiano Ronaldo.

  Aún así, si gustas de sentarte solo bajo la sombrilla del chiringuito, siempre puedes llevarte algún ensayo ligero o sesudo sobre educación que confirme tu estado de saturación docente. No es preciso hacer caso a los que te piden desconectar del trabajo; puedes forrar tu libro con alguna revista del corazón o camuflarlo entre las hojas del diario Marca. Eso sí, ubícate lejos de la barra y no se te ocurra saltar cuando oigas a algún progenitor saturado por pasar tantas horas con sus zagales.

Aunque bien pensado, ese chiringuito de manual, de sombra perpetua, tirador de cerveza fresquito y camarero tostado con camisa hawaiana puede convertirse en una auténtica pesadilla. Imagínate esa marabunta untada en cremas y aceites varios apretujados en la barra pidiendo con urgencia su consumición como si no hubiera un mañana; ese desfile de carnes tatuadas y bañadores estridentes (sí, estoy pensando en los marcapaquetes de colorines, o peor aún, ¡blancos!); esos cuñados arreglando el país alrededor de unas bravas de dudosa calidad; y, sobre todo, ese “Despasito” machacando tu cabeza sonando una y otra vez en el hilo musical del chiringo de turno. ¿A que ya no te parece tan sugerente la idea?

Pero tranquilos, docentes, siempre os quedarán los recuerdos imborrables de estas últimas semanas de clase. Semanas trabajando a 35 grados a la sombra, eso sí, pero tiempo bien aprovechado, sin duda. Cuando hayáis tocado fondo en la fase más gris de vuestra experiencia chiringuitera, acudid a esas imágenes imborrables de los últimos días de trabajo guardadas en vuestra memoria: alumnos tristes y deprimidos por acabar el curso; juntas de evaluación provechosas y rebosantes de aprendizaje por los cuatro costados; viajes de fin de curso con la respetuosa y educada chavalada de 16 años al fresquito del sur hispánico; o la burocracia propia del cierre académico, quizá un pelín excesiva, pero totalmente necesaria para el aprendizaje de nuestros estudiantes.

En fin, docente, que eres un privilegiado. Disfruta de tus dos meses de vacaciones y, sea como sea el chiringuito más cercano a tu morada, visítalo al menos un día durante este verano. Busca un rinconcito sombreado, pídete una copa -algo cargadita, si me permites el consejo- y dedica un ratín a pensar en todo lo bueno vivido durante el curso, que seguro que es mucho. Y después descansa, descansa todo lo que puedas, porque (y ahora nos ponemos serios) no tengo ninguna duda de que te lo has ganado. ¡Feliz verano!


P.D. Post redactado junto a Ramón Paraíso, bloguero en "De vuelta" y profesor de Formación de Personas Adultas. 

lunes, 19 de junio de 2017

CRÍTICA DOCENTE

Este último curso parece que ha supuesto un punto de inflexión para algunos maestros y profesores que, supongo que sin ánimo de ofensa, se han dedicado a cuestionarse prácticas educativas, ciencias o pseudociencias, metodologías, libros, disertaciones, monólogos, tuits y cualquier otra opinión relacionada con la educación. 

Un buen reflejo de esta situación es el artículo de Toni Solano, "Malos humos", donde se hace eco de la dicotomía entre los amantes de la tradición educativa y los entusiastas del cambio educativo.  Unas posiciones que se parecen más a un partido Madrid-Barça que a otro tipo de debates.

CRÍTICA EDUCATIVA

Entiendo que con la crítica todos avanzamos, que replanteándose las cosas la mejora vendrá dada o que trabajar sólo a golpe de modas no lleva a cambios trascendentales en la educación. También percibo que la mayoría de los profesores están inmersos en su quehacer diario y suelen sólo recibir inputs a través de la formación que organizan los equipos directivos o los centros de formación del profesorado. Creo que somos aún minoría los que nos dedicamos a trastear entre blogs, tuits o webs especializadas. Una minoría que esta perdiendo la permeabilidad en relación al conocimiento compartido. 

Aún así, todos los que opinamos en público, influimos, en mayor o menor medida, en el ambiente que se respira entre el profesorado. Hace pocos años se sentía mucho más optimismo por las redes; pese a que hacía el mismo calor, pese a los recortes y gracias al atrevimiento de docentes que experimentaban formas de enseñar y aprender en las aulas. Ahora, además de los clásicos reproches a la "buena vida" del docente, nos encontramos con muchos compañeros disparándose unos a otros a cuenta de los métodos o itinerarios profesionales que se están experimentando. Tiros que se pueden sentir sin necesidad de gafas de realidad virtual. 

Si seguimos tomando estos derroteros, acabaremos, en el peor de los casos, con las pocas motivaciones de muchos profesores que no necesitan ningún empuje para sentirse solos en las aulas o desanimados por la falta de carrera docente; docentes que acaban prefiriendo la tranquilidad de un trabajo en plan ermitaño. Es muy fácil encontrarse con compañeros que despotrican por sus condiciones laborales, por la escasez de recursos o por cualquier otro agravio comparativo. Por ello, podemos y debemos seguir cuestionándolo todo, pero no es preciso caer en la crítica permanente, en el enfrentamiento, en el pesimismo o en un sarcasmo desmedido. 

Al final se habla poco del alumno y de su educación, nuestro propósito principal, en comparación a la saliva que gastamos juzgando nuestra situación personal o la de otros docentes, criticando la política educativa o maldiciendo la falta de nivel o educación de los más jóvenes. Por no hablar de la poca autocrítica que solemos arrastrar acerca de  nuestro trabajo en el aula.

Son muchos los sinsabores, los esfuerzos extraordinarios por llevar bien el curso y el elevado nivel de agotamiento en estas fechas. Sin embargo, sigue mereciendo la pena seguir compartiendo lo que nos funciona y lo que no nos funciona en el aula una vez finiquitado el curso. No podemos caer en el temor permanente al qué dirán. Que al menos nadie nos haga perder las ganas de seguir comunicándonos, mejorando nuestro trabajo, con TIC sin TIC y con lo que vayamos considerando. 

photo credit: WhiteAnGeL <3 a="" href="http://www.flickr.com/photos/43116902@N06/4963400219" style="font-size: small;">Strong like thunder via photopin (license)

domingo, 14 de mayo de 2017

EL ALUMNO IDEAL

Alumnos risueños, educados, motivados, obedientes, esforzados, creativos, ordenados, modestos, afables... Esos son los alumnos supuestamente deseables para nuestras aulas. Alumnos ideales confrontados a esos otros alumnos de los que solemos protestar y de los que parece que no debiéramos ocuparnos nosotros los docentes.

Entiendo que como profesionales nos debemos a todos y cada uno de nuestros alumnos. Incluso a aquellos que por muy poco esfuerzo que pongan o por muy impertinentes que sean, están en nuestras aulas. Estos alumnos son los que queman la mayor parte de nuestra energía diaria, los que nos desequilibran y desmotivan. No son clientes ni pacientes, son tan sólo nuestros alumnos con los mismo derechos y deberes que el resto.


Aún así, estos alumnos poco ideales son una de nuestras razones de ser. Es fácil enseñar a un grupo de chavales motivados, pero es también nuestro reto buscar el progreso de chavales mejor o peor educados, inmaduros o con un entorno desfavorable y que, si te los ganas y trabajas con paciencia, pueden sacar de sí mismos bastante más de lo que nos imaginamos. No se trata de ser un idealista, ni presumir de bondad infinita, más bien de sentirse medianamente responsable de unos alumnos que en otros casos acabaran abandonando los estudios o dedicándose a actividades poco "recomendables" para su edad.

Creo que no se trata de ser buenista, más bien ser leales con nuestra profesión y buscar lo mejor para con todos nuestros alumnos. Todo ello no quita ser exigentes o demandar el cumplimiento de normas de convivencia o respeto. Lo que si nos sobran son nuestros comentarios despectivos, principalmente en público, o pensar que este tipo de alumnos no van con nosotros. Afortunadamente, pese al elevado abandono escolar y pese a los sudores de cada curso, siempre tenemos la satisfacción de ver a estudiantes que maduran y reorientan su vida.

Es fácil decir esto a las alturas de curso que nos encontramos; cuando ya nos quedan pocas horas de clase e incluso algunos alumnos, desafortunadamente, han abandonado el curso. Tal vez hubiéramos podido hacerlo algo mejor. Pese a no ser ideales...

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lunes, 8 de mayo de 2017

¿NOS CAPACITAN PARA ENSEÑAR EN OTRO IDIOMA?

¿Está funcionando el modelo plurilingüe de nuestra escuela? ¿Tiene la Formación Profesional alguna particularidad al respecto que debiera tenerse en cuenta?

Son numerosas las administraciones educativas que exigen un determinado nivel de idioma -extranjero o cooficial- para aquellos docentes que quieren optar a una plaza pública o para aquellos profesores de centros privados que están inmersos en planes plurilingües -con los consiguientes exigencias idiomáticas- y desean mantener el empleo o ser seleccionados para un puesto de trabajo.

capacitación en idiomas

Dichas exigencias suelen constar en acreditar oficialmente un nivel B2 o C1 del idioma en cuestión (inglés, valenciano, francés, euskera...) más un certificado adicional de capacitación para la enseñanza en esta otra lengua. Y aquí viene mi primera cuestión: ¿son necesarios tantos profesores dedicando cientos de horas y euros a buscar esta certificación? ¿esa certificación es idónea y eficaz?

Por un lado, si la Administración nos exige estas certificaciones, basadas en el modelo plurilingüe y en la famosa metodología  AICLE (CLIL en sus siglas en inglés),  no tiene mucho sentido obtener un certificado de capacitación que se reduce a un examen -al menos en la Comunidad Valenciana- donde debes realizar una redacción, un breve test y una entrevista oral acerca de una serie de temas a memorizar.  Asimismo, tal y como afirma el estudio del MECD (página 134),  "La enseñanza de las lenguas extranjeras en el sistema educativo español": Las orientaciones metodológicas para las enseñanzas integradas de contenidos y lenguas extranjeras son diversas y varían entre las distintas Administraciones educativas, pero no varían tanto entre las etapas educativas dentro de una misma Administración. 

Quizás, además de acreditar cierto nivel de idioma, deberíamos analizar primero cómo vamos a incluir esos módulos o asignaturas en inglés y luego dar una formación específica para cada nivel educativo según sus características propias; si no, estamos pecando de nuevo en una titulitis sin remedio y con poco beneficio para docentes y alumnos. En mi caso, presentarme por libre a estos exámenes y obtener estos certificados no me ha supuesto ninguna capacidad adicional más que la obtención de unos requisitos oficiales que me pueden servir para mi empleabilidad futura.

En Formación Profesional, y entiendo que también en otras etapas de educación secundaria, no se puede dar una clase en inglés de cualquier materia con un mero B2 para un alumnado que presenta diversos niveles de competencia en lengua extranjera. No podemos ofrecer la docencia de estas materias en inglés; más bien, siguiendo la metodología AICLE, deberíamos ofrecer una formación que utilice el vocabulario específico en esas otras lenguas y manejando el idioma de un modo más natural a través de textos o páginas web. No nos han capacitado, ni debiera ser nuestro cometido, a enseñar lenguas ni sus aspectos gramaticales. Podemos ser todo lo flexibles que queramos, pero no se trata sólo de chapurrear mejor o peor una lengua y dar unos apuntes traducidos, poner algún vídeo o dar cuatro órdenes en lengua extranjera. Detrás de una buena clase en inglés hay mucho trabajo, muy poco valorado, donde se debe alternar la lengua propia y seguir trabajando los contenidos de cada materia en situaciones reales. Es decir, mucha metodología.

Para ello se debiera dar una formación mucho más unificada (existen decenas de entidades que acreditan esta capacitación en lenguas con todo tipo de niveles) y con una metodología contrastada que ofrecer a nuestros alumnos. No valen los experimentos donde cada centro o profesor es un sálvese quien pueda. La inversión en horas de formación para los docentes en detrimento de otro clase de formación, acabará redundando --sobre todo en Formación Profesional- en docentes menos actualizados en otros aspectos no menos importantes para la mejora profesional: actualización técnica, metodologías de la enseñanza y aprendizajes, competencias digitales, etc.

Si ahora se comienzan a exigir niveles C1 (como actualmente en la Comunidad de Madrid o en un futuro en la Comunidad Valenciana) para acreditar un dominio del idioma mayor, tan sólo estaremos prorrogando la agonía de miles de profesores dedicando su tiempo y dinero en acciones formativas para este menester. De nuevo nos habremos olvidado de capacitar -con una metodología que se haya demostrado científicamente- al profesorado en dar clases en otra lengua diferente al castellano; seguiremos cometiendo el mismo error y presumiendo de un supuesto éxito, sólo en el papel, de un sistema educativo plurilingüe. Probablemente nuestros alumnos tendrán más competencias lingüísticas pero no sabemos aún a qué precio y si habrá valido la pena tanto esfuerzo o podíamos ser más eficientes.

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lunes, 1 de mayo de 2017

LOS ALUMNOS MILLENNIALS NO EXISTEN, Y LOS CENTENNIALS TAMPOCO

Categorizar generaciones y distinguir entre millennials o centennials me parece de lo más inútil. Los profesores, que igualmente podríamos distinguir entre los de la generación X o los baby boomers, solemos caer en la trampa y pensar en que cada vez están menos preparados nuestros alumnos o que son menos responsables, inquietos o irrespetuosos, entre otras lindezas.

Generalizar suele ser una magnífica trampa a nuestra conveniencia. Creemos, conforme pasan los años como docentes, que la juventud no tiene remedio y que el ansia de saber finalizó con nuestra "excepcional" generación. Tendemos a olvidar nuestros años como adolescentes, donde raramente se hablaba de novelas o autores contemporáneos, donde las amistades eran el centro de nuestras vidas y la escuela un lugar y pasatiempo obligatorio que aceptábamos de mejor o peor grado. Eso sí, los chavales de ahora tienen la "desgracia" de multiplicar por mil sus distracciones o sus lozanos mensajes a través de sus (¿malvados?) dispositivos móviles.

alumnos millenials centennials no existen educación

Más que identificar generaciones o tratar de adaptarnos a las mismas, según ciertos criterios más relacionados con el consumo o con el mundo laboral, entiendo que cada curso tenemos unos alumnos nuevos con un nivel de madurez variable y que crecen con nosotros; ya que, como dice la célebre frase atribuida a George Bernard Shaw, "la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo". Como se dice vulgarmente: sólo hace falta que caigan del árbol.

Sabemos que cada alumno es único, y un año, durante la adolescencia, es un mundo para ellos; se puede comprobar fácilmente cuando te encuentras con alguno en cursos posteriores o una vez han finalizado su etapa escolar y están inmersos en la vorágine laboral. Aquí no importa si son centennials o nativos digitales o cualquier otra etiqueta que vende artículos y rellena tertulias; afortunadamente, la inmensa mayoría sigue madurando y revolviéndose -como nosotros- con las generaciones anteriores. Y vuelta a empezar.

Por eso no tiene sentido tratar de adaptar nuestros contenidos o procedimientos a estas generaciones como si existiera una receta insólita que nos permitiera dar con la clave de la motivación permanente; donde el alumno busque denodadamente el saber en nuestras clases. Más bien, se trata, como siempre ha sido, de conectar con el alumno a través del buen trato y del respeto; buscando enseñar y conseguir lo más difícil -que el alumno desee saber por saber-. Luego ya añadiremos las TIC, el aprendizaje móvil o las metodologías activas e innovadoras.

photo credit: Rusty Russ Sea of Tears via photopin (license)