LA EDUCACIÓN QUE NOS HACE MEJORES

miércoles, 18 de agosto de 2021

Los años pasan y las experiencias se acumulan. La educación que atesoramos no es solo el fruto unos años acadméicos más o menos exitosos; la familia, los amigos y los compañeros de trabajo también van haciendo mella en nuestra personalidad. La escuela tiene la obligación de hacerse cargo de ciertas carencias que muchos no pueden disfrutar en su entorno más próximo; no todos tienen la misma fortuna o posibilidades de crecer personal e intectualmente. 

 

Agradezco enormemente, con la justa distancia que dan los años, todos los recursos que me facilitaron mis padres así como las valiosas compañías que he tenido y tengo a mi lado para ser mejor persona y profesional. Sin duda, tengo mucho camino por recorrer y ganas sobradas para no caer en la indolencia y superficialidad que parece acecha ahora más que nunca. Tal vez todos anhelamos, como escribió Unamuno, ser género aparte; pero sin duda somos fruto de el escenario que nos acoge y de los actores que nos interpelan a lo largo de la vida. 

 

Hacemos bien valorando esas buenas compañías de viaje; e incluso las impertinentes nos muestran como no queremos ser. Cada curso es un peldaño más que no sabemos adonde nos lleva; donde cada cual toma (o padece) su propio ritmo. Recomiendo la novela de Héctor Abad Faciolince, "El olvido que seremos", donde además de mostrar su admiración y amor hacia su padre, comparte algunas líneas que escribió sobre su experiencia docente:

«Qué gran cantidad de equivocaciones —había escrito ahí— las que cometemos los que hemos pretendido enseñar sin haber alcanzado todavía la madurez del espíritu y la tranquilidad de juicio que las experiencias y los mayores conocimientos van dando al final de la vida. El mero conocimiento no es sabiduría. La sabiduría sola tampoco basta. Son necesarios el conocimiento, la sabiduría y la bondad para enseñar a otros hombres. Lo que deberíamos hacer los que fuimos alguna vez maestros sin antes ser sabios, es pedirles humildemente perdón a nuestros discípulos por el mal que les hicimos». Y ahora, precisamente cuando sentía que estaba llegando a esa etapa de su vida, cuando ya la vanidad no lo influía, ni las ambiciones tenían mucho peso, y lo guiaban menos la pasión y los sentimientos y más una madura racionalidad construida con muchas dificultades, lo echaban a la calle.

Ser cretino cuando eres joven es tarea fácil, pero imperdonable a cierta edad. La sabiduría que te dan los años y que tanto se desaprovecha en las escuelas debiera ser apreciada y aprovechada por cada hornada de nuevos docentes; evitaríamos la repetición de errores o el seguimiento de dudosos recorridos educativos. El ímpetu, el seguidismo y la soberbia se curan fácilmente junto a unos buenos compañeros de viaje que te ayudan a aterrizar y a desprenderte del lastre que arrastramos ya sea por el exceso o por la falta de autoestima. 

 

Los libros o esos títulos académicos tan valorados, de los que presumimos pareciendo ignorar que acabarán amarilleando, nunca aportarán lo suficiente sin ese acompañamiento desprendido que disfrutamos con la familia, los amigos y esos compañeros de turno; y que nos hacen mucho mejores. 

 

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CONSEJOS PARA DOCENTES NOVELES

viernes, 9 de julio de 2021

Tras veinte años de experiencia en las aulas, y echando la vista atrás, con toda seguridad modificaría o eliminaría muchas prácticas, herramientas o formas de trabajar con los alumnos. La inexperiencia siempre es motivo de error, y la soberbia propia de la juventud junto a una profesión que a menudo conlleva un trabajo solitario excesivo, son factores que solemos pasar por alto esos primeros años de docencia.

 

Unos pocos docentes tienen un aura natural o unas competencias innatas para ser enseñantes memorables; al resto no nos queda más remedio que buscar esa mejora continua que se transforme en un mejor aprendizaje de nuestros alumnos. Tal vez, uno de los problemas clave de nuestra profesión radica en la no necesidad que tienen algunos docentes en seguir aprendiendo y evolucionando en relación a su pedagogía. 

 

En cualquier caso, y si tuviera que dar algún consejo a esos incipientes profesores o jóvenes docentes que se encaminan a esta compleja pero agradecida profesión, me atrevería con este lista de sugerencias:

 

  • Arrímate, observa, escucha y pregunta a esos compañeros que tienen tablas en las aulas y que son queridos y admirados por los alumnos. Te aportarán conocimientos y experiencia que no encontrarás en libros o manuales, así como un modo de contemplar la enseñanza y la mirada que los alumnos necesitan. 
  • Actúa en el aula con naturalidad, sin soberbia, sin presumir de títulos o conocimientos. Acércate al alumnado sin prejuicios y sin estar a la defensiva (enseguida captan la inexperiencia o inseguridad). Pregúntales, solicita su opinión. No temas que te estén juzgando. Si te equivocas, reconocelo. Agradecerán tu honestidad sin necesidad de que coleguees con ellos. La cercanía es un valor siempre que sepas mantener ese equilibrio entre alumno-docente. 
  • Procura, si te lo permiten, entrar en otras aulas con profesorados más experimentados. Si has tenido la suerte de disfrutar unas buenas prácticas en el máster de formación del profesorado o durante el grado universitario, seguro que has podido tomar nota de qué competencias, habilidades o actitudes son más útiles durante la gestión del aula. 
  • Aprovecha tus aficiones, virtudes o experiencias vitales para conectar con los estudiantes y con la materia. Esa conexión personal te permite disfrutar más de las clases, a la vez que el alumno encuentra más interesantes los contenidos por su aplicación práctica y nexo con su entorno.
  • Lee mucho. Y no solo sobre docencia y pedagogía, que también. Pide recomendaciones para esas lecturas sobre educación o pásate por las redes (en esta lista de Twitter de @balhisay tienes muchos perfiles para comenzar) y otras webs o blogs personales; descubre distintos perfiles que pueden ayudarte a contemplar la docencia desde distintas perspectivas. En esta ponencia os dejo con algunas otras sugerencias.
  • Procura ser crítico con el ejercicio de tu docencia. Tampoco hace falta que caigas en todas las modas educativas del momento: ¡todas pasan de largo! Quédate con aquello que más te puede interesar o con aquellas que te infundan más confianza y buscando siempre que el alumno aprenda más y encaje con la materia y clase. 
  • Innova, pese a que (casi)todo está inventado, con la vista puesta en el futuro del alumno: ¿cómo despertar su interés? ¿cómo le gusta ser tratado? ¿qué conocimientos necesitara en el futuro? ¿qué le podemos aportar desde la escuela que no recibe desde su entorno?
  • No pares de formarte profesionalmente. Eso sí, sé cuidadoso a la hora de seleccionar la formación e infórmate bien sobre los docentes que la imparten y la experiencia que atesoran. Realiza aquellos cursos que sean realmente provechosos. El tiempo perdido no vuelve. 
  • Procura ser congruente con lo que dices en el aula. Si eres muy exigente con la puntualidad, sé puntual. Si les pides que lean: lleva tus propios libros. Si aleccionas sobre el (mal) uso personal que hacen del móvil: no lo tengas activado en clase o te dediques a deambular por las redes. 
  • Cuida mucho tu identidad digital y establece tus propios límites a la hora de interactuar con alumnos (sobre todo con los menores de edad) en las redes sociales. El exhibicionismo virtual aporta poco en su educación; sin embargo, es también una buena excusa para educar y acercarte a sus intereses.
  • Busca experiencias educativas valiosas de la mano de tus compañeros así como de aquellas que están basadas en la evidencia. Hay prácticas demostradas que funcionan, pese a que cada curso el panorama del aula y los alumnos pueden variar. No se trata de enfrentar la clase magistral con la enseñanza centrada en el alumno; descubrirás que distintas metodologías son combinables y necesarias desde cualquier materia. Muchos materiales al respecto en: www.investigaciondocente.com
  • Digitaliza aquello que aporte un valor añadido a tu práctica docente. No es necesario utilizar herramientas digitales como si se fuera a acabar el mundo. Combina lo analógico con lo digital. Busca también momentos de desconexión, lectura reflexiva, conversación, escucha. Sal de aula con ellos cuando tengas oportunidad. 
  • Involúcrate en el centro desde el primer día. Muestra disposición con tus compañeros y responsables de la escuela. Arrímate a quienes participan y huyen de la queja constante. Aporta, con sencillez y sin arrogancia, en los equipos de trabajo donde participes. Más vale pecar de discreto que de sabelotodo. La simpatía y el sentido del humor son siempre bienvenidos en los claustros. 

 

No pierdas la ilusión por el camino. La docencia tiene sus momentos. La suerte, pese a lo dificultad de gestionar una aula, la intensidad y la complicación creciente, es que cada año tenemos un grupo de jóvenes más o menos dispuestos a escucharnos; alumnos que nos rejuvenecen y que logran que cada curso e incluso, cada día en la escuela, pueda ser diferente del anterior. Nunca nos aburrimos.


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Las aulas del futuro (muy lejano)

miércoles, 16 de junio de 2021

¡Ay, si tuviéramos fondos disponibles para invertir en instalaciones y tecnología! Qué preciosa queda esa aula del futuro plasmada en prensa, en las webs educativas y en las redes, donde, como en los pisos piloto, aparecen perfectas y coloridas salas con mobiliario amablemente ondulado, paneles móviles transparentes, pizarras blancas y nacaradas juntoa a pantallas digitales imponentes donde nos gustaría quedarnos a veranear bajo su aire acondicionado e ionizado. 


Pero luego viene la realidad de las miles de aulas que pueblan el país de norte a sur; aulas donde jamás llegarán esos miles de euros que supone el montaje de cada una de ellas: porque hay otras necesidades, porque son de centros concertados y no hay ayudas, porque no hay espacio suficiente o las prioridades son otras, porque la burocracia es compleja o porque estamos ante una moda pasajera hasta la vuelta de los nostálgicos de la tarima. 




Yo me conformo con tener un espacio adecuado, una ratio decente y, como no queda otra, pedir a los alumnos eso del BYOD que queda muy cool y nos ahorra el mantenimiento de equipos. Ahora, gracias al auge del teletrabajo, la teleformación y las tarifas de datos infinitas podemos aligerar el gasto en los centros educativos. ¡Quién se acuerda ahora de los 128 kilobits de descarga por segundo que compartíamos entre todos los equipos del centro! En cualquier caso, si fuera por pedir, seguiría demandando aulas de informática con equipos portátiles, pantallas digitales LED de gran tamaño con conectividad inalámbrica a la red y a los distintos periféricos (teclados, altavoces...); pantallas que permitan proyectar fácilmente el dispoitivo del docente o los alumnos sin depender de cables u otros sistemas. 

 

 


 

Si hablamos de interiorismo, ahí soy de gustos un tanto escandinavos. Pediría un mobiliaro sencillo, cómodo y resistente; con lo justo y necesario para trabajar y poder moverse en el aula. Ahora, pese a las tendencias de los últimos años, parece que se demuestra que un exceso de decoración puede influir en la atención de los más pequeños. Supongo que todos seríamos más felices en aulas ventiladas con buenas vistas al exterior, con iluminación natural o artificial adecuada y a esa temperatura que eluda los sofocos estivales o la congelación invernal habitual de la península ibérica. Ideal este Learnometer para medir distintas variables necesarias para el confort adecuado del aula, junto a un purificador muy útil en los tiempos que corren (aunque sea como último recurso).


Puestos a pedir, también invertiría en una buena biblioteca de aula con ejemplares recomendados a los alumnos donde puedan tomar prestados libros actuales o clásicos en cualquier momento del curso. No sería muy costoso tener treinta o cuarenta libros en un par de baldas; pensando sobre todo en la escasa querencia actual de los estudiantes por las bibliotecas. Con el precio de un ordenador tenemos libros de sobra para una sola aula.

 

Para los de Formación Profesional, además de los necesarios enchufes y ladrones diseminados por la sala, sería genial disponer de material fungible para el diseño de prototipos, elaboración de esquemas o fichas, toma de apuntes, etc. Podríamos contar con un buen equipo de audio y video para la grabación y edición de material multimedia o la retransmisión digital de cualquier evento por las redes. Incluso con este Catchbox lograríamos que hasta el último estudiante participe en el aula:

 


En esta nueva aula también es interesante contemplar la disposición del docente. Muy interesante la experiencia de este profesor que modifica su situación para la instrucción directa: deja de estar frente al alumno y se ubica detras o en un lado del aula y limitando sus exposiciones a 27 minutos siguiendo el modelo de John Hattie en "Aprendizaje visible"


Ya sé que queda mucho para la llegada de SSMM los Reyes Magos, Papá Noel, Santa Claus o San Nicolás, pero que no quede por pedir y soñar algo más allá de nuestras sillas verde ministerio.

 

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EDUCACIÓN: ¿CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE PEOR O MEJOR?

lunes, 14 de junio de 2021

En la actualidad, para variar, seguimos criticando leyes educativas, el aprendizaje competencial o a través de proyectos, el bajo nivel del alumnado (y profesorado), la exagerada introducción de las emociones en el aula, la formación docente, la introducción de dispositivos, la ratio alumnos-docente, las modas pedagógicas, el gurusismo en las redes o cualquier otro asunto que pueda servir para vender titulares de prensa o incluso un libro propio. 


Algunos lo harán desde la autocrítica como un modo de mejorar las deficiencias de nuestro volátil y remolón sistema educativo. Otros, desde esa atalaya donde se divisa un pasado ideal donde el conocimiento y la cultura fluían acompasadamente entre una juventud esforzada. Unos cuantos se servirán de la crítica para defender su ideología y buscar la confrontación con el gobierno de turno (hasta que administren los suyos). 


Leemos entrevistas o escuchamos ponencias con aseveraciones concluyentes donde nos dejamos obnubilar por un pasado idealizado gracias al cual somos ahora ilustradas personas de bien frente a la barbarie que nos acecha. Parece que, al igual que olvidamos las noches en vela con nuestro primer hijo y seguimos deseando un segundo y un tercero, la mente tiende a arrinconar ciertos infelices recuerdos escolares. Yo no recité la lista de los reyes godos (me parece que ese recital es una leyenda); pero haciendo memoria, recuerdo clases con más de cuarenta y cinco niños (todo varones), algunos capones aleatorios, docentes más severos de lo admisible, desatención emocional y una ley de la selva donde los más débiles e inadaptados acababan rezagados o expulsados del sistema.


El problema lo tenemos en que tras más de cuarenta años parece que seguimos titubeando tanto en relación a los objetivos del sistema educativo como de los medios y métodos a utilizar en las aulas; los docentes tras distintas leyes educativas seguimos a nuestro aire con más o menos acierto y con una praxis influenciada más por el entorno próximo o las modas educativas que por cualquier directiva de la administración. Los equipos directivos tienen, para bien y para mal, un gran efecto en los métodos que el profesorado utiliza normalmente a través de la formación recomendada o de un proyecto educativo cohesionado. Las familias, por su lado, no entienden de didáctica más allá de lo que experimentaron como estudiantes o de lo que su sentido común les puede decir; a menudo son más fuente de conflicto que un agente colaborador de la escuela. 



Pero, ¿no estábamos mejor en el pasado? A nivel didáctico era todo mucho más sencillo: la cotidianidad del enseñante la definía un libro de texto y una instrucción directa donde el docente y el alumno tenían claro su papel. La formación pedagógica brillaba por su ausencia, y la innovación se limitaba a alguna visita extraescolar o al uso del VHS. Como alumno solo te quedaba esperar que te tocara un docente afectuoso y no demasiado intransigente. Ahora, la cosa ha cambiado, la relación no es tan distante; aunque el alumno sigue desconfiando de una figura docente a menudo desbordada o con la paciencia puesta al límite. La familia ofrecía, normalmente, un apoyo incondicional al profesorado; a cambio, el alumno, no tenía presunción de inocencia alguna. Hoy día el panorama es imprevisible. 


Para rematar, la orientación educativa era muy simple: a los catorce años muchos dejaban de estudiar para buscar un oficio o eran encaminados hacia una FP destinada para aquellos que no "valían" para seguir estudiando. Los elegidos seguían con un bachillerato dirigido casi exclusivamente a aquellos con intenciones universitarias. Pese a todo, tenemos mucho que agradecer a esos docentes de FP que lograron dar un futuro a miles de los jóvenes de entonces. Mucho ha cambiado, afortunadamente, el panorama al respecto: tenemos una Formación Profesional donde caben todo tipo de perfiles personales y vocaciones laborales; que permite una transición flexible a otras etapas educativas y donde ya no es motivo de deshonra afirmar que estás cursando un ciclo formativo. 


En el camino puede que nos hayamos dejado cierta exigencia o una amplia cultura general que los mejores estudiantes exprimían durante su escolarización. La importancia de la lectura y escritura, unos valores definidos y los modales eran puntales de un sistema educativo poco dado a pensar en la personalización del aprendizaje o en una inclusión como hoy día la entendemos. Los que más sufrieron esa escuela son los que ahora se rebelan frente a esa tendencia conservadora que entiendo está encabezada por aquellos que fueron brillantes y esforzados estudiantes. Casar exigencia con inclusión es la parte más difícil de este paisaje educativo actual. No dejarnos a nadie en el camino es una obligación que tenemos como sociedad sin obviar que debemos inspirar cuando convivimos en un mundo con un presente disruptivo y un futuro que se antoja precario. 


Ya tenemos suficiente experiencia para saber qué aporta la tecnología y cómo y cuándo debiéramos implantarla en las aulas. Ya debiéramos conocer la mejor forma de introducir las lenguas cooficiales y extranjeras. Ya podríamos tener claro que una buena biblioteca escolar y un equipo de docentes formados en el fomento a la lectura es mucho más importante que cualquier otra innovación. Ya debiera ser evidente que hay que contar con el profesorado y la investigación educativa para llevar a cabo reformas. Ya sabemos que la burocracia escolar es inútil y que necesitamos medios y pocos alumnos para atenderlos convenientemente. Para ello, precisamos líderes educativos que escuchen y actúen sin sesgos, desde la experiencia acumulada en las aulas, con capacidad de consenso y flexibilidad, con decisión y una visión optimista, a la vez que realista, de la educación que queremos. Y que pisen las aulas y lean mucho, si es posible. 


Photo by Paolo Bendandi on Unsplash

¿ESTAMOS HECHOS LOS DOCENTES PARA EL TRABAJO EN EQUIPO?

jueves, 10 de junio de 2021
No pretendo hacer una lista exhaustiva de motivos por los que el profesorado no estamos duchos en el trabajo en equipo. Podríamos aducir razones históricas o culturales que nos han (mal)acostumbrado a ese trabajo de hormiga en el aula a la que le molesta a menudo, paradójicamente, lo que rodea al hormiguero; ya sea por comodidad o por una sensación de eficacia o autosuficiencia donde nos estorban las ideas o maneras ajenas. 

Tal y como comentaba en la anterior entrada, la falta de autocrítica nos impide en ocasiones detectar esas carencias o mejoras que podríamos resolver aprendiendo de los compañeros, con una necesaria formación específica o a través de lecturas técnicas o pedagógicas recomendadas (aprovecho para recomendaros el catálogo de libros digitales de la Editorial Aptus). ¡Cuánto nos perdemos por no entrar al inicio de nuestra profesión en las aulas de docentes experimentados! Tampoco favorece el trabajo en equipo una plantilla eventual del centro o donde los docentes del ciclo no tienen cierta estabilidad. 

trabajo en equipo docente


Luego vienen ciertos problemas estructurales y organizativos que impiden a los centros educativos una organización adecuada donde la "reunionitis" no sea algo temido por la mayoría del claustro; donde no falten dinamizadores, espacios y tiempos organizados para llevar a cabo proyectos y una comunicación sana entre el profesorado. O las dificultades con el profesorado que, aunque nos cueste admitirlo, también padecemos de muchas teclas y temperamentos distintos, que impiden esa armonía indispensable en un trabajo colaborativo. La generosidad, el talante, el optimismo, el sentido del humor y, sobre todo, no ver trabas en cualquier propuesta, también facilitan ese trabajo en equipo. Las herramientas digitales, sincrónicas o asincrónicas, son secundarias en comparación con esas apreciadas cualidades personales donde sobran egos y amor propio en favor de un proyecto común. 

Por descontado, es clave también una mirada positiva sobre el alumno. La conexión es vital con un equipo de docentes que se preocupa por sus estudiantes y que entiende esta profesión como un modo de ofrecerles un futuro mejor. Despotricar y ver a los chavales como gente sin arreglo tampoco ayuda demasiado a cohesionar equipos y funcionar con un mínimo de armonía. La empatía no lo soluciona todo, pero ayuda bastante a conformar una meta y un modo de trabajar donde el alumno y su aprendizaje sean la base de nuestro diseño curricular. 

La heterogeneidad de los equipos docentes suele darse sin buscarla. Lo verdaderamente provecho es saber utilizar esas diferencias y las cualidades que cada uno de nosotros podemos aportar al conjunto de docentes. Todos tenemos intereses, habilidades o aptitudes que suman a la hora de trabajar en equipo. Lograr la motivación necesaria para que todos lo miembros se impliquen y aporten es, tal vez, una de las claves del éxito de un equipo ejemplar. Pero qué difícil resulta. 

Lo que está claro es que si no trabajamos en equipo, con regularidad y acompañados de un buen liderazgo, será complicado aprender a trabajar en equipo.  



AUTOEVALUACIÓN EN FP DE LAS COMPETENCIAS DOCENTES

viernes, 4 de junio de 2021

En la Formación Profesional está muy de actualidad el trabajo y la evaluación por competencias de nuestros alumnos. La inmensa mayoría tenemos claro que hay ciertas competencias transversales que son vitales para el futuro laboral de los estudiantes: autonomía, creatividad, ser resolutivo, saber trabajar en equipo, iniciativa, actitud, perseverancia, implicación, flexibilidad, pensamiento crítico... Competencias blandas llamadas también "soft skills" (el inglés le da una pátina reluciente a todo) que cualquier empleador y compañeros valoramos porque facilitan el trabajo, la convivencia y el crecimiento de las organizaciones.  


El problema viene cuando tenemos que evaluar este tipo de competencias; crear indicadores y rúbricas objetivas que nos permitan valorar la evolución del estudiante de FP. Cada vez hay más experiencias al respecto, aunque no es fácil encontrar -como es habitual en nuestra etapa- recursos específicos para este tipo de evaluación. Recomiendo visionar estas experiencias de tres centros de Formación Profesional de las Islas Baleares: centre Jovent, el centre integrat de FP Son Llebre y la escuela El Liceu, que participan en el proyecto de investigación "Itinerarios de éxito y abandono en la formación profesional del sistema educativo (IEAFP)" dirigido por Francesca Salvà Mut. O indagando en esta caja de herramientas (en inglés) del Cedefop con un apartado específico para las competencias que mejoran la empleabilidad. 


autoevaluación competencias profesionales docentes

Otro problema, que da título a este artículo, es la autoevaluación de este tipo de competencias por parte del profesorado. Sabemos que los mejores predicadores no sermonean sino que ofrecen su ejemplo. Y aquí es donde observo en demasiadas ocasiones una falta de congruencia profesional entre los docentes. No es raro oír hablar de lo poco que trabajamos en equipo, la falta de implicación de algunos compañeros, la poca iniciativa o flexibilidad de aquellos que se limitan a su aula y sus formas de hacer, o esos otros que tienen ocupaciones más "importantes" que el bien común, que cumplen con lo "justo y necesario" y encima protestan si sugieres mejoras. Por suerte son minoría, aunque jamás reconocen su contraproducente papel. 


Lo que no es creíble (o al menos plausible), pese a la ingenuidad habitual de nuestros alumnos, es mostrarnos como paladines de las competencias transversales profesionales cuando nos interesamos no demasiado por ellas en nuestro ejercicio profesional como docentes. La incongruencia es un mal que nos acecha, que tiene cura y se previene cuando somos conscientes de ella. Las redes (y las aulas) están llenas de ella; más aún en un mundo donde los selfies y el comadreo se multiplican en grupos de whatsapp donde solo recibimos likes y la audiencia justifica nuestros aparentes motivos. Donde una foto corriendo te convierte en runner o un comentario en Instagram te transforma en cool teacher


La autocrítica o esa autoevaluación de competencias docentes me parece un ejercicio sano e imprescindible para mejorar y no perder esa coherencia precisa y preciosa con la que transmitir destrezas y capacidades a nuestros alumnos. Por fortuna, siempre tenemos compañeros donde mirarnos y que nos devuelven un nítido reflejo que emborrona un ego desmedido, que nos muestran cómo nos gustaría ser y qué embellecer como enseñantes. 


El que suscribe es consciente de que necesita mejorar. Todo sea por las competencias. 


Imagen: https://unsplash.com/@fodelwdc

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