SE BUSCAN SENSATOS PROFESIONALES

jueves, 21 de enero de 2021
La sensatez no se imparte todavía en ningún módulo profesional. Al menos de momento. Es difícil ponerse en la piel (o en los zapatos) del otro cuando la situación es compleja o delicada. Es fácil criticar a los que nos dirigen o las que nos acompañan en nuestras ocupaciones profesionales habituales. Todos no tenemos la misma paciencia; y cuando son los nuestros los criticados parece que tenemos mucha más cuerda para seguir disculpando sus desatinos o inoperancias repetidas.

Arrogarse la sensatez puede también ser peligroso. Escuchar y leer mucho, además de tener la fortuna de haber vivido con buenos ejemplos, son un buen remedio para esa dosis de sensatez y eficiencia que se demanda a un buen profesional. Aún así, siempre acabamos metiendo la pata en algún momento. Sin embargo, la reiteración en la impericia, la altanería, el egoísmo, la dejadez o el infantilismo, acaban agotando la paciencia de cualquier fulano. 

Vivimos tiempos donde muchos se esconden tras unos derechos de los que abusan; donde otros tienen complejo de infalibles; donde algunos dan lecciones mientras solo piensan en su beneficio personal; o donde unos pocos achican agua mientras el resto se asegura su salvavidas. Temerarios, ignorantes o negligentes que solo alzan la voz cuando les rozan la jeta. La experiencia, los años de convivencia, ponen a todos en su sitio. Sobre todo, a nivel profesional. Engañarán a los suyos o a los inmaduros, pero acaban retratados. 

La pandemia, y esta maldita situación con la que malvivimos, puede disculpar o disimular muchas carencias. Las redes sociales, los comunicados, los míos, las sonrisas adulteradas... pueden esconder una insensatez que ahora cuesta vidas. Y seguimos disculpando todo o cerramos los ojos paralizados por la rutina que nos anestesia ante una negligencia que causa, no el desempleo o la falta de educación de los más jóvenes, sino la pérdida de la salud o la vida de muchas personas. Los insensatos somos ahora nosotros; creyentes y confiados por esa supuesta profesionalidad de los que nos dirigen. 

El narcisismo en las redes sociales, la querencia por el poder o la pasta, son demasiado antiguas para no disculparlas.  Los que dicen una cosa pero hacen otra. Los que viven de una foto editada junto a una frase entrecomillada. Pero la inacción, la nulidad o el estorbo no pueden ser ahora toleradas. Y no es un problema de ideología. Ser sensato -prudente, cuerdo, de buen juicio; como afirma la RAE- es ahora obligado. Ya no estamos discutiendo entre lo público y lo privado, el sistema tributario o esas horas lectivas y la ratio que nos aprietan cada día. Nos jugamos la vida. 

Vivimos una época donde faltan sensatos, con visión y abnegados, que nos dirijan. No solo mediocres de telediario. Sensatos de esos que aparecen como cuentagotas en las aulas y aún están madurando o con los que compartimos parte de nuestras vidas y son demasiado modestos para levantar la mano o la voz. Acabaremos regulando la sensatez en el currículo. Cuídese. 


photo credit: Mark Seton 171/365v3 - Maurice Gill via photopin (license)

Reflexiones y deseos educativos: del 2020 al 2021

jueves, 31 de diciembre de 2020

Si en algo nos hemos puesto todos de acuerdo es en las ganas que tenemos de volver a la vida normal anterior a este fatídico 2020. No hemos sido, como viene siendo la norma, capaces de consensuar una nueva ley educativa. Tampoco tenemos todos la misma percepción ante el riesgo ni adoptamos las medidas necesarias (y recomendadas por las autoridades sanitarias) para prevenir la expansión de la pandemia. Las diferencias en torno a la visión sobre lo que debe significar la escuela continúan patentes entre los que ensalzan los conocimientos técnicos de los docentes por encima de todo y aquellos que destacan la importancia de las metodologías o la pedagogía; como si no fueran todas áreas interdependientes y hablásemos de la educación como una ciencia exacta. 


Soy poco optimista sobre lo que nos cambiará esta pandemia. La profesionalidad la han demostrado los de siempre, los que no se quitan de en medio, tanto en el sector educativo como en cualquier otra área profesional. Los que han primado el interés general sobre los particulares. La importancia que tiene un proyecto educativo común sigue ausente en los discursos habituales. Sigue prevaleciendo la comodidad ante cualquier otro tipo de sacrificio; incluso ahora que la gente se juega la salud, no somos capaces de pasar unas fiestas sin celebraciones. No hemos cambiado esa mirada cortoplacista, alimentada del estrés continuo de querer hacer un buen trabajo, por una visión de futuro puesta en la educación integral de nuestros alumnos. Una educación que permanezca, sin prisas, para todas las generaciones, presentes y venideras, que no dependa del maestro o profesora que te haya caído en suerte.


Queremos que nos escuchen a los docentes y cuenten con nosotros en las tomas de decisiones, en los medios de comunicación, así como buscamos el respeto de la sociedad, de los alumnos y sus familias; sin embargo, seguimos demostrando poca escucha y empatía con los profesionales de la medicina que ahora mismo sufren interminables listas de esperas y la agonía de sus pacientes mientras otros debatimos si almorzar dentro o fuera de una cafetería, o mientras la Administración debate sobre los purificadores o las pruebas de diagnóstico. 



El "cada uno a la suyo" lleva tiempo calando en la sociedad. Necesitamos proyectos ilusionantes más allá de las palabras de los políticos de turno. Esta crisis sanitaria es una buena oportunidad para valorar todo aquello que ahora no disfrutamos en las aulas: las sonrisas, la cercanía física, las celebraciones con compañeros y alumnos, las salidas fuera del centro educativo, las reuniones multitudinarias... Incluso podemos valorar ese sueldo estable que disfrutamos mientras otros sufren las consecuencias económicas en sus carnes. Hemos dado por sentadas muchas cosas, pretendiendo que las mejoras podían ser infinitas, tanto en sueldos como en horarios. Pero la memoria del ser humano es muy endeble, dentro de nada estaremos de nuevo discutiendo sobre una hora más o menos de trabajo o ese céntimo adeudado, en lugar de tratar lo importante, lo que nos urge y aquello que puede suponer cambios trascendentes en la vida de otros.


Con la que está cayendo, algunos siguen pensando que es imposible que ellos tengan ese número que premia con el desempleo o la enfermedad. Muchos son inconscientes y siguen soñando con frases rotuladas en tazas de café con leche. La escuela se vuelve también fantasiosa si nuestro mensaje principal es el "querer es poder" o "persigue tus sueños". El esfuerzo y la preparación son fundamentales para tener opciones en la vida, además de una dosis de fortuna y no jugar muchos números con nuestra amiga la imprudencia. Aprendamos de nuestros mayores, de su entrega en otros tiempos, de su prudencia y falta de necesidad de ese espectáculo permanente al que sometemos nuestras vidas en las redes sociales como adolescentes despiadados. 


A nivel de la Formación Profesional seguimos oyendo cantos de sirena sobre la reforma que está por venir y que supondrá, supuestamente, miles de plazas nuevas de FP, la actualización de los títulos, atención especial a la digitalización y sostenibilidad; junto a un incremento presupuestario y una nueva ley de Formación Profesional. Las reformas serán bienvenidas siempre que cuenten con los centros educativos y sus docentes, y disfrutemos, los que estamos a pie de aula, de algún tipo de mejora a la hora de desarrollar nuestro trabajo: ¿actualización de medios materiales? ¿horarios que permitan acometer proyectos educativos de calado? ¿disminución de la ratio de alumnos por clase? ¿eliminación de las enormes diferencias de las condiciones laborales entre CCAA o red pública y concertada? ¿digitalización planificada y con recursos para todos?


Esta desdicha tiene sus horas contadas. No sabemos cuando sonará la alarma, pero podemos ir soñando ya con esa clase donde se pueden reconocer, sin mascarilla, a todos los alumnos. Podemos soñar con clases meramente presenciales, sin turnos y donde la tecnología sea solo una herramienta para ser más diligentes o creativos. Incluso está a nuestro alcance soñar con un 2021 donde los conflictos habituales dejen paso a la colaboración, la reflexión y un humanismo solidario en la escuela. 

photo credit: Riccardo Palazzani - Italy Diventiamo amici? via photopin (license)

No somos números

viernes, 25 de diciembre de 2020

La resaca de recuerdos golpeaba a la familia cada Navidad desde hacía veinte años. Estas Navidades, con una cifra redonda que tornaba la memoria aún más afilada si cabe, Carla volvería a escuchar la historia que le había acompañado desde su nacimiento.


Carla debía su nombre a la abuela paterna. Una mujer que vivía al día pero soñaba cada segundo. Una mujer resolutiva tanto en su trabajo como en su casa; nada dada a muestras de cariño pero que exhalaba una preocupación desmedida por sus dos hijos; un desvelo que parecía reflejar justo lo contrario a un carácter seco en el que sumergía a los demás. Atisbaba una jubilación parcial que le permitiría seguir estudiando psicología en la universidad de adultos y dejar de lado ese estrés laboral que monopolizaba su tibia calidad de vida con un salario que no alcanzaba una cuantía razonable. Carla avistaba ya una vida donde recorrería los paisajes de sus novelas favoritas o podría remolonear en la cama junto a un despertador enmudecido. 


Carla nunca llegó a escuchar la palabra abuela de los labios de esa niña que iba a ser su primera nieta y que nació un veinticuatro de diciembre del año dos mil veinte. Falleció justo cuatro meses antes de su nacimiento; entubada en la misma UCI del hospital donde había trabajado los últimos veintitrés años como auxiliar de enfermería. El color verde hospital de su uniforme le acompañó hasta el último instante de una vida donde la necesidad, más que la vocación, le permitió ser agradecida con la profesión que le ayudó a valorar la salud de los suyos. 


Carla era sensible a la historia de su familia. Llevaba con orgullo el nombre de su abuela. Era sabedora de todos los padecimientos de ese annus horribilis en el que la Navidad había quedado mal aparcada para siempre en muchas casas. Su padre, año tras año, durante estas dos últimas décadas, se había ocupado de celebrar con ella la vida de su madre. Carla no era un número más para ellos. Era una persona, única y especial, que se marchó sin poder despedirse. 


no somos números

photo credit: mag3737 Numbers via photopin (license)

REGALOS NAVIDEÑOS ESPECIALES PARA DOCENTES

martes, 15 de diciembre de 2020

En estas extraordinarias Navidades, donde muchos no podremos disfrutar de esas copiosas e indigestas comidas junto a familiares y amigos, nos queda al menos el recurso de pensar en un regalo hecho con el máximo cariño, humor e incluso responsabilidad social, para con ese compañero, profesor o profesora, que nos hizo pasar mejor el desastroso curso pasado o que nos soporta en el agotador curso actual. 

Siempre se agradece que tus alumnos, tu pareja o un familiar (cuñados incluidos) se acuerden de ti; y no solo para recordarte las larguísimas vacaciones que tienes y lo que bien vives el resto del año. Aunque parece que este desafortunado 2020, las familias y los alumnos, han valorado, en su justa medida, los esfuerzos de esos miles de docentes que se desvivieron tratando de continuar un curso a distancia, con más o menos medios y sin formación especializada.


Paso a haceros las siguientes diez recomendaciones navideñas para ese amigo invisible, o encargos de Papa Noel o SSMM los Reyes:


1. Un kit de caligrafía. Tras hartarnos de videollamadas, carpetas y archivos compartidos, qué mejor que darle al manubrio y con una plumilla dedicarse al arte de la caligrafía que ahora los más modernos llaman lettering. No todo es digitalización en la vida. 


2.  Elimino esta recomendación por no estar asegurada su fiabilidad frente a la COVID. ¿No reconoces a tus alumnos todavía a causa de la dichosa mascarilla? ¿No han visto todavía tu encantadora sonrisa ni esa expresión de alegría infinita que muestras a primera hora de la mañana? Con una mascarilla higiénica semitransparente reutilizable y certificada tienes la solución a todos tus problemas. Y si regalas un pack para toda la clase: te sales. 


3. Seguramente habrás terminado con todo el catálogo de series y películas comerciales de cuenta de Amazon y Netflix. Prueba regalar ahora una suscripción a Filmin o a FlixOlé para pasar unas fiestas con otro tipo de cine y así fardar a la vuelta al cole de tu nivel cultureta tras visionar "La estanquera de Vallecas". 


4. Como seguro ya tienes todos los certificados de Google Eduqueison o Microsoft innoveitor, puedes pedir formación todavía más útil para ser buen docente y mejor persona: un curso de tatuaje para principiantes. Aprenderás a cubrir tus brazos con dibujos a la moda y tener más temas de conversación con la chavalería, a la par que les muestras ese tigre de Bengala que cubre tu espalda. Todo sea por la empatía y la vocación desenfrenada.


5. Regala un dominio con el nombre de ese profesor/a favorito y anímale así para que se abra un blog personal donde reflexionar y despotricar de su práctica docente (sin abusar de los vídeos, por favor), o, al menos, que nos muestre sus mejores recetas, libros leídos o esas fotos espectaculares que guarda solo para sus allegados. Por 5,99 euros tienes un dominio .es


6. Un manual práctico para iluminar a tus estudiantes en el arte del estudio. Consejos útiles y basados en evidencias científicas para aprovechar mejor el tiempo dedicado a estudiar: "Aprendiendo a aprender" de Héctor Ruiz Martín. Te lo agradecerán sus alumnos. 


7. Cansados de la semipresencialidad y del trabajo a deshoras desde ese dulce hogar que te conocer ahora como la palma de tu mano; agotado de las notificaciones del moddle, el classroom, el grupo de wasap de turno o los mensajitos de tu queridísima suegra. Tienes ahora disponible este móvil con un diseño espectacular pero sin aplicaciones ni conexión a Internet que pueda interrumpir siestas, meriendas o películas junto a la familia o para evitar responder de madrugada a aquellos que no saben aún como enviar un pdf. Inconveniente: algo prohibitiva la marca Punkt. Siempre te quedará un Nokia más asequible y con aire retro. 


8. Probablemente no has podido ejercitar tu cuerpo en tu gimnasio de barrio. Puede que aún no hayas sucumbido al complejo de Adonis imperante, pero estás a tiempo de adquirir un Electroestimulador Muscular de Abdominales para evitar costosos aparatos y transformar tu físico mientas corriges hasta altas horas de la madrugada. Y no ocupa espacio... 


9. Los mejores huevos de España: Galo Celta. Inmejorables para tomar en crudo y aclarar esa voz maltrecha por la mascarilla o no poder asumir ese amplificador de voz o uno de los purificadores de aire con filtros HEPA para no pasar frío pese a llevar batín en el aula (la Administración nos quiere endurecer). A unas malas siempre puedes hacerte un buen huevo frito para mojar con pan y olvidar las penas o esas notas por introducir en la plataforma. 


10. El mejor regalo para el final: un kit de educación de Unicef para alguno de los 57 millones de niños que todavía no disfrutan del derecho a la educación. Este regalo no falla nunca, no lo encontrarás en el Tiger de turno. 


¡Cuídate mucho y felices fiestas (pese a todo)!



Ilustración: @JJSaezDomper

Personas, ante todo.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Nada que decir. Mucho que aprender.  Demasiada velocidad. Quejas sin acierto ni medida. Las soluciones de siempre y las recetas para nunca. Todo son opiniones con hechos subjetivos. Nos perdemos en un camino que no tiene fin ni escapatoria. 

Educamos faltos de normas. Los recursos de siempre para todos: a veces. Evolución forzosa a costa de lo importante. No tenemos lo que nos merecemos. Muchos menos de los que deseamos. Muchos más de los que podemos. 

Fuegos de artificio para pirotécnicos sin mecha. Lecciones para desalmados. Innovación de cartón, tecnología para artesanos, lecturas para quienes no quieren ver ni oír. Muchas nueces para los que valen, los que se dedican, los que quieren pese a todo(s). Poco ruido para los normales, los que conectan. 

Enseñas por inercia, enseñas sin ganas, enseñas por defecto. No enseñas. Te soportan. Pasas el tiempo sin remedio para nadie. Aprenden sin querer. Aprenden porque les toca, porque lo sufren, porque lo gozan. Aprender pese a ti. Pese a los listos de turno; los que se esconden; los que viven para ellos. 

Casi todo gracias a los que te preceden. Aunque no lo sepas. No inventamos nada, solo simulamos lo que creamos. Creadores de perspectivas. Unas duraderas, otras para olvidar. El afán es el de siempre. Huellas futuras, huellas indelebles. 

Decimos pocas gracias. De nada. Elogios precarios. Cada uno de ellos vale mucho. Cada uno de nosotros vale lo que quiere. Vidas en tus manos, en tus textos, en tu voz. Personas, ante todo. 


photo credit: Fan.D & Dav.C Photgraphy On the wings of time, sadness flies away. via photopin (license)

La tecnología y digitalización educativa: ¿estafa o panacea?

sábado, 28 de noviembre de 2020

Desde que que los docentes hacemos uso de las famosas TIC, allá por el siglo pasado, hemos podido contemplar, experimentar, trastear, aprender o desechar múltiples herramientas tecnológicas o digitales que nos han permitido soñar en un tipo diferente de docencia. Somos muchos los que hemos creído a pies juntillas en las infinitas bondades del software y hardware que íbamos añadiendo a nuestras aulas de un modo errático en ocasiones o a golpe de las modas del momento.


Estamos en un momento donde, al igual que en otros ámbitos económicos, acusamos el monopolio de los GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon) en los centros educativos; donde estas corporaciones son ya omnipresentes en los dispositivos de nuestros profesores y alumnos. En su día también algunos protestábamos por el monopolio de Microsoft y su Windows, o a causa de los altos precios de sus licencias. Por entonces, también algunos sorteábamos estos pagos a través del software libre, pese a la oposición de los amantes del Office y sus costumbres arraigadas. 


El trepidante avance e inmersión de la tecnología en el aula, junto a conexiones cada vez más veloces en la mayoría de los centros educativos, nos han vuelto dependientes de los servicios de estos GAFA. Unas empresas multinacionales que dicen ofrecer soluciones a la miopía educativa de niños, jóvenes y docentes. No podemos ignorar las posibilidades que tenemos ahora en comparación a hace dos décadas, o el fascinante acceso a la información y las virguerías que ahora podemos diseñar en nuestras clases. Hace no tantos años, el profesorado ejercía la docencia básicamente a través de un libro de texto, una pizarra y, como mucho, un retroproyector, un VHS y algunos instrumentos, en su mayoría mecánicos, para aquellos que trabajan en talleres. ¡Qué complicado era encontrar buenos materiales audiovisuales o acceder a bibliografía especializada en algunas materias técnicas!


Ahora, la situación es bien diferente para los docentes que acceden a la profesión o para aquellos que se ven obligados a actualizar sus competencias técnicas si no quieren ser declarados oficialmente profesaurios. Paradójicamente, ahora hay quien presume de ser profesaurio y andar adosado a una tiza blanca. Ahora todos debemos tener unas competencias digitales mínimas imprescindibles no solo para entender el mundo digital en el que convivimos sino también para acceder a las herramientas que son ya de obligada utilización en las escuelas: plataformas educativas, sistemas de gestión del aprendizaje, dispositivos móviles, etc. 


No seré yo quien proclame la inutilidad de esas competencias básicas digitales del profesorado. Lo que no podemos es condicionar la enseñanza, al igual que hicimos en su día con las famosas capacitaciones en inglés y esos títulos de B2 o C1 exigidos a mansalva, con la obligación de superar nuevos certificados (la titulitis española) que acrediten la supuesta aptitud digital de nuestros docentes. Estamos a tiempo de repensar hacia dónde queremos ir en compañía de la tecnología. Todavía, pese al monopolio tecnológico, podemos decidir cuándo y cómo debemos introducir las nuevas tecnologías en la escuela. No debemos estar sujetos a las campañas comerciales de aquellos que pretenden, lógicamente, vender lo máximo posible a un sector educativo que acusa frecuentemente ser pasto de los experimentos y rutas sin destino definido. Más aún ahora, que, con la excusa de la pandemia y la maldita semipresencialidad, tenemos prisa en quedarnos descolgados.


La fiebre digitalizadora no debe arrasar indiscriminadamente a todos los centros y etapas educativas: como esas aulas de educación infantil donde las tabletas o los portátiles pretender ser la panacea; o esos colegios de educación primaria que piensan sustituir sus libros en papel por los mismos contenidos pero a través de una pantalla; o aquellos centros de secundaria que se creen muy avanzados por permitir que sus alumnos envíen tareas por una plataforma con acuse de recibo pero que no se replantean otras cuestiones a nivel pedagógico. El modelo de escuela se ha dejado al albur de esta calentura tecnológica, que ha desdeñado o postergado otras muchas facetas vitales para la educación y que debieran situar a la escuela como un referente que ofrece algo bien distinto a lo que se respira en los mercados o en las redes sociales: artes, ciencias, lectura, naturaleza y ganas de saber y adquirir conocimientos. 


En Formación Profesional la visión debiera ser bien distinta. Estamos obligados a que nuestro alumnado se titule con las competencias profesionales lo más actualizadas posibles. En los ciclos formativos es imprescindible que los profesores y alumnos accedan y aprendan a moverse en un entorno digital para mejorar su empleabilidad y la competitividad y eficiencia de las empresas y centros de trabajo donde vayan a ejercer profesionalmente. También es innegable que esa digitalización no puede plantearse, como todas la mejoras que proyecta la administración, como un sálvese quién pueda donde cada docente hace lo que buenamente puede a costa de su enseñanza o su vida personal.


Sin embargo, y volviendo al título inicial de este artículo, ¿todo vale con tal de digitalizar el ejercicio diario de nuestra profesión docente? ¿somos ahora más eficientes que antaño? ¿podemos atender mejor ahora a nuestros alumnos? ¿aprenden más? ¿estamos ahora estresados laboralmente por cuestiones administrativas y por la formación continua indispensable? ¿o pasamos demasiadas horas frente al ordenador y menos conversado o enseñando en contraposición a ese modelo imperante que nos deja solos ante una pantalla en casa e incluso dentro del aula?


No tengo respuesta a todas esas cuestiones. Sí me planteo que nuestros alumnos requieren más feedback permanente y menos respuestas automatizadas. Asimismo, confirmo que muchos docentes han asumido la necesidad de ser competentes digitalmente a expensas de ser mejores enseñantes o sufrir estrés por no llegar a completar todas las tareas añadidas a la enseñanza actual. Somos de las pocas profesiones donde la tecnología no nos ha convertido en profesionales más eficientes: trabajamos con personas, una materia prima que no siempre se puede moldear y que no entiende de tiempos estandarizados. 



photo credit: Tatiana El-Bakri Metro-1 via photopin (license)
Con la tecnología de Blogger.

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