Con la vorágine del cambio de sistema de Formación Profesional, tengo la sensación de que nos hemos enfrascado en exceso en el diseño y la aplicación rigurosos de las programaciones didácticas. Mientras tanto, algunos de los objetivos de este nuevo sistema parecen haber caído en el olvido junto con esa obsesión calificadora o preocupación desmesurada por cumplir lo inviable. En vez de dedicarnos a indagar en las necesidades del entorno real de nuestro sector u organizar actividades o retos donde tengan cabida profesionales con experiencia, andamos ahora diseñando materiales o generando actividades sin cesar gracias a una IA que a menudo nos embota el criterio docente. Innovar queda aún más lejos.
Desde los centros educativos debiéramos priorizar este tipo de acciones en las que, más allá de ofrecer los contenidos necesarios y básicos de cada módulo profesional, puedan los estudiantes conocer de cerca cómo funciona nuestro sector económico y qué requiere de los futuros empleados o emprendedores. Corremos el peligro —con ese afán certificador que ahora todo lo abarca— de plantear una FP enlatada en la que solo un listado de resultados de aprendizaje y criterios de evaluación sean la prioridad en la práctica diaria del aula. Un error en el que quizás podemos volver a recurrir con el fin de programar adecuadamente una FP en la que los contenidos sean la esencia en sustitución de un deseable trabajo por competencias conectado con la realidad y no solo con la teoría. Es imprescindible que la FP mantenga su propia diferencia frente a otras etapas obligatorias, el bachillerato o los estudios universitarios.
No quito valor a la teoría, ni mucho menos, pero sí entiendo que es esencial acercarnos a la práctica profesional en una etapa educativa que siempre se ha distinguido por su proximidad a la empresa o centros de trabajo. Sin duda, aquellas titulaciones donde los talleres son más importantes no deben acusar esta problemática; sin embargo, en aquellos ciclos formativos orientados a otro tipo de servicios podemos retornar a pruebas y exámenes donde lo primordial es una aprendizaje teórico poco conectado con la realidad y sustentado materiales generados por la IA.
Estamos en tiempos de cambio donde es necesario transformar muchos procesos del aula, reflexionar con profundidad sobre qué necesita aprender nuestro alumnado y en cómo podemos favorecer mejor esos aprendizajes. Hacer más de lo mismo o pretender dar clases magistrales día tras día sin otras alternativas que encajen con la FP se ha vuelto poco viable además de poco enriquecedor. Además, tenemos el hándicap de un alumnado joven que, al igual que nosotros, tiene dificultades para prestar atención independientemente de la presencia o ausencia de dispositivos digitales. Nuestra verdadera, compleja y fatigosa labor está en esa gestión del aula y en el modo de transmitir y trabajar las competencias que consideramos más relevantes. Pretender abarcar todos los epígrafes de una unidad didáctica a pesar de los contratiempos y contando con la inasequible extensión u obsolescencia de los currículos oficiales me parece una equivocación.
Seguimos en proceso de prueba y error. Tras más de dos décadas dando clase, sigo vacilando en estas y otras muchas cuestiones en un sistema que entiendo que no andamos enfocando adecuadamente. En lugar de poner el acento en la prometida actualización técnica o en métodos innovadores, continuamos poniendo el acento en prácticas que debieran estar superadas. No es necesario desdeñar los exámenes ni las presentaciones orales, pero sí hace falta poner el acento en unas pocas acciones que nos faciliten la docencia y nos permitan sistematizar nuestra enseñanza desde la flexibilidad, la coordinación y una evaluación auténtica donde la IA no solo anquilose nuestras mentes para cumplir el expediente y una calidad mal entendida. Tal vez sobren incluso horas lectivas o debamos replantearnos un horario académico que suele pecar de rigidez y que poco ha cambiado en las últimas décadas.
Quizás debamos hacer una pausa obligatoria, volver a coger aire y seleccionar los recursos idóneos para afrontar un curso que se antoja interminable y desechar aquello que nos impide progresar y mantener el confort necesario en el día a día del aula. De lo contrario, acabaremos refugiados de nuevo en unos apuntes y un libro de texto con tal de pasar desapercibidos. No perdamos la motivación para ser creativos, crecer profesionalmente y seguir creyendo en las posibilidades de nuestro alumnado.
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