Todo lo que ya no sirve en FP

domingo, 4 de octubre de 2026

 


Echando la mirada atrás, y después de más de un cuarto de siglo dando clase, resulta un tanto sorprendente ver cómo determinadas prácticas educativas han pasado a mejor vida o ya no tienen el sentido para el que fueron creadas. La rápida evolución tecnológica y esa digitalización, que sirvió de acicate a muchos docentes que pretendíamos innovar, han quitado el sentido a ciertos recursos didácticos basados en esos adelantos digitales que lograron democratizarse con el paso del tiempo. ¿Y ahora qué nos sirve para mejorar el aprendizaje o perseguir esa difícil motivación del alumnado de FP?, ¿seguimos montando kahoots o gamificando?, ¿vale la pena tener un blog de aula o un portafolio digital?, ¿hay que estar presente en las redes sociales?, ¿qué dispositivos tienen sentido en el aula?, ¿seguimos pidiendo presentaciones o informes al peso?, ¿qué tecnologías debemos incluir?

 

Algunos responderán a estas cuestiones con una vuelta a la libreta y al libro de texto, o dando clase hasta desgañitarse buscando un silencio cómplice en el aula. Parece que las recetas de la abuela volverán para salvarnos. Sin embargo, los estudiantes, al igual que antaño, seguirán desconectando de nuestros discursos y buscando tretas para cumplir con unos deberes escolares que le conducen al aprobado. Solo que ahora tienen el artificio al alcance de la mano sin necesidad de ser demasiado astutos ni pudientes. Complicado panorama para una mayoría de docentes que pretendemos seguir con el mismo estilo docente que tuvimos sin tener en cuenta que convivimos con alumnos y familias en proceso de mutación. 

 

En mi opinión, la clave a la hora de dar clase y encontrar esa atención anhelada no ha cambiado demasiado. Evidentemente, algunos tendrán más recursos personales o innatos para conversar y conectar con el alumnado; otros saben combinar esa diversidad metodológica que evita bostezos y hace frente a la habitual hartura que muchos jóvenes soportan durante cada jornada lectiva; y otros tantos dispondrán de una carga de paciencia muy alta para resistir los consabidos envites de unas aulas diversas donde la disciplina soñada es mera utopía. Y, como siempre, ahí andamos la mayoría dando palos de ciego, despotricando en público y en privado sobre lo mal que anda todo y la necesidad de cambio. Y la pregunta, o la respuesta, creo que permanece inmutable: buscar la curiosidad del alumno. Sin perder de vista que nuestro ejemplo, cuando cumplimos o damos una buena clase a pesar de un mal día; o cuando no nos quitamos de en medio por no molestar a un compañero; o proponemos desde el conocimiento y buscando la mejora del alumnado, también ayudan a ofrecer una mejor escuela. 

 

Por todo ello, y mientras no nos dirijan y asistan mentes preclaras, no nos queda más remedio que seguir con las probaturas. ¿Era eso innovar? Lo bueno de la experiencia es que ya has pisado muchos charcos y sabes dónde no hay que perder el tiempo. A pesar de que seguimos demasiado inmersos en una educación donde la cantidad se valora más que la calidad. Vivimos en un tiempo donde correspondería ir eliminando todo aquellos que no nos sirve para enseñar mejor, aunque siga de moda o sea la decimonovena ocurrencia del irresponsable de turno. ¿Para qué seguir con un blog cuando no hay quien escriba por su cuenta?, ¿tiene sentido incentivar un uso profesional de las redes sociales y seguir aumentando de modo artificial la dopamina?, ¿seguimos pidiendo las mismas tareas digitalizadas?, ¿hacemos el mismo tipo de exámenes? 

 

La aceleración productiva, la titulitis, la IA, el hartazgo docente, la ausencia parental, los móviles o cualquier otro factor que consideres, son ingredientes que sumamos a una siempre compleja profesión donde muchos docentes esperan que suene el timbre con las misma ganas que su joven público. Y en la Formación Profesional, a pesar de todos los contratiempos y del cambio de época, no podemos perder de vista nuestro punto fuerte: la práctica real. Mantener una instalación eléctrica, diseñar una joya, preparar una dieta, atender a un enfermo, contabilizar una factura o vender un servicio, son acciones que suceden diariamente en un mundo real que los estudiantes deben entender. La técnica sigue siendo igual de vital que en el pasado, pero ahora debemos hacer un esfuerzo extra para que comprendan un mundo que tiende hacia la automatización. Leer, escuchar, hacer... cada uno que lo ordene a su gusto. Los alumnos tienen un complicado mundo por delante y no nos atañe solo advertirles. 

 

Hay recursos didácticos que sobran por su sinsentido, pero hay muchos otros que deben permanecer o incentivarse explicando siempre el sentido de los mismos, para evitar ese adocenamiento al que nos lleva un sistema donde enseñamos y aprendemos solo por cumplir. Deberíamos investigar, conversar y acordar más con resto de equipo docente. Si queremos alumnos curiosos son precisos docentes curiosos.  Sigamos con aquellos recursos que nos hacen pensar, a pesar de la programación de turno, de la mano o frente a la tecnología, y con esas clases donde se puede conversar con afecto, exigencia y menos temor por no cumplir con lo accesorio. Prioricemos. 

 

Foto de Pixzolo Photography en Unsplash

CUANDO EL PROBLEMA NO ES LA IA

martes, 29 de septiembre de 2026

 


Finalizo esta serie de cuatro artículos sobre el uso educativo de la IA con una reflexión personal. Quizás estamos alcanzando el punto de saturación en lo que se refiere al empleo educativo y profesional de la IA generativa. Constantemente tratamos de anticipar el uso profesional que harán de la IA nuestros estudiantes en el futuro, qué tipo de tareas acabarán relegadas por su implantación extensiva, o queremos saber si estamos abocados irremediablemente a una mayor pobreza mental. La intriga o desasosiego son permanentes. Y en FP nos preocupa el futuro. 

 

Todo ello sin tener demasiado claro qué hacer para evitar un abuso por parte del alumnado o un mal uso por parte de los docentes. La ley de la selva, a pesar de los titulares y cientos de artículos advirtiéndonos de que pongamos puertas al campo, parece que se ha aprobado por mayoría absoluta. Pero luego viene el día a día en el aula. Los discursos, debates y artículos sesudos, no demasiado seguidos por un profesorado en exceso ocupado, quedan en un segundo plano cuando tienes que lidiar con jóvenes que necesitan ser escuchados; que requieren unas normas claras para seguir una clase con cierto aprovechamiento y evitar así interrupciones o una falta de atención permanente; y además debes justificar cada hora que pasas en tu aula con indicadores, adaptaciones y buenas intenciones de que vas a cumplir cual escribano medieval. 

 

Desafortunadamente la IA no evita las grandes dosis de paciencia que se requieren en el aula. No creo que haya robot que sobreviva a este entorno. La IA tampoco inocula al alumnado las ganas de saber más y culturizarse, así como preocuparse por un futuro profesional que sigue como siempre y más que nunca en entredicho. La IA da respuestas inmediatas pero no comprende la desidia, la inmadurez, el agotamiento, la desigualdad y un sinfín de carencias que arrastran muchos de los que habitan las aulas. Pero aún así, ¡viva la formación en IA! No seré yo quien tire piedras contra mi propio tejado. El variopinto uso de herramientas de inteligencia artificial no parece tener fin en un panorama próximo donde el bienestar docente solo sirve para dar título a un curso estival. 

 

Quizás el alarmismo debiera encenderse ahora que hay muchos profesores exhaustos porque quieren enseñar en mejores condiciones y que llegan con la lengua fuera a cumplir todos y cada una de los requerimientos de una profesión que solía llamarse "enseñanza". Ya no sé si trabajo en educación, en la enseñanza, en formación profesional, soy un técnico o soy un coach personal. Creo que una mayoría, con o sin IA, queremos enseñar mejor, poder dar clase con los contratiempos habituales, y no percibir que esta profesión se ha complicado con buena intención pero sin sentido. Seremos mejores editores, productores, programadores, organizadores o pseudotecnólogos, pero podemos dejarnos el alma por el camino con tanta productividad mejorable. Al final, esa admirada vocación docente, con tan buena prensa, no será puesta en peligro por una IA que parece poderlo todo; sino por unos humanos que nos empeñamos en complicarnos la existencia en lugar de aprender a dar las mejores clases posibles con los recursos necesarios. 

 

Foto de Liudmyla Pashkevych en Unsplash
Con la tecnología de Blogger.

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