FP AMARGA

domingo, 8 de marzo de 2026

 


 

Como docente en la plenitud de la vida, por no decir otra cosa, hay ciertos sabores amargos que me encantan e incluso me retrotraen a unos felices tiempos pasados. El Bitter Kas, una pinta de Guinness, la tónica Finley, las endivias, unas aceitunas partidas o un café espresso, los encuentro deliciosos gracias a ese gusto amargo que se fija en el paladar. Aviso: contenido no patrocinado. A pesar de que esa tendencia por lo amargo dicen los estudios que tiene algo de antisocial (no sé qué dirán al respecto los irlandeses e italianos) y casi hay que esconderla. 

 

En cualquier caso, el motivo de estas líneas no tienen nada que ver con mi dieta personal ni pretende ser una terapia regresiva. Venía a despotricar de la amargura que a menudo desprendemos a nivel profesional. Hay personas que han convertido en un hábito el destile de notas amargas. Y no hablo de los baches en el trabajo o de aquellas penosas circunstancias personales que todos atravesamos en algún momento; ni de esos altibajos que nos desmoralizan en ocasiones puntuales y que nos llevan a un desánimo pasajero. El aula es intrínsecamente intensa. Hay quien parece haber convertido la queja y el "cualquier mundo pasado fue mejor" en su modus vivendi para fastidio o hastío de sus colegas. 

 

Sinceramente, parece que la amargura se extiende entre el profesorado, a pesar de que vivimos en una época con relativamente un buen nivel de empleo docente (aunque con una salario que ha perdido poder adquisitivo), como consecuencia de una saturación en las tareas que no son meramente docentes o de una mayor complejidad o falta de comprensión de la juventud que habita las aulas. Quizás no estamos bien preparados para unos cambios que se pronosticaban hace demasiado tiempo y que, debido a una generalizada complacencia, no hemos sabido prevenir. Hemos querido ofrecer las mismas recetas cuando los ingredientes nos los estaban cambiando. Y hay quienes, con ese amargor perenne, pretenden culpar a unos padres y madres que bien pudieran ser ellos mismos por la edad de sus alumnos, mientras no manifiestan ninguna querencia por el cambio como si la parálisis fuera obligatoria y deseable.

 

Cuanto más se nos complica la profesión más amargura se destila. La correlación parece evidente. Los tiempos (inexistentes) donde todo era corrección y atención en el aula son un paraíso perdido que todos añoramos varias veces a la semana. A pesar de que también hay buenas jornadas lectivas donde te acuestas con la sensación de haber sido escuchado durante un buen rato. Ya sabemos que la solución no está en endulzarlo todo y tratar de camuflar esta complejidad con una capa de dulce buenismo. El azúcar parece ser que aumenta la ansiedad. Pero tampoco podemos caer en el desánimo mientras pasan las jornadas como si atravesáramos un páramo interminable que solo finaliza cuando nos aproximamos a la jubilación. 

 

Tenemos estos mimbres, y a pesar de las múltiples iniciativas, cambios, formaciones o novedades legislativas, me parece que nos hemos mirado mucho el ombligo demandando mejoras personales para desarrollar nuestros cargos, pero sin poner el acento en esas iniciativas colectivas que transforman la educación. Nos ponemos difícilmente de acuerdo en la burocracia a cumplimentar. Por no hablar de los bandazos educativos que en los últimos tiempos hemos cometido. Seguimos anclados en nuestras parcelas, y, aunque la digitalización ha supuesto la aceleración de muchos procesos de enseñanza y aprendizaje, despotricamos por igual de una administración aletargada que suele llegar mal y tarde y unos centros educativos que se paralizan porque prima la defensa de los statu quo individuales. 

 

La creciente carga de trabajo no disminuye con mayores dosis de amargor. Como en cualquier asunto humano, la subjetividad en el gusto marca nuestra reacción ante situaciones que nos resultan ásperas y que exigen lo mejor de nosotros mismos. Nos han tocado vivir unos tiempos que, sin duda alguna, pueden empeorar en todos los niveles. Pero, pecar de agoreros no nos suavizará esa travesía que a ratos nos resulta desoladora. Compartir avíos y apoyarse mutuamente, sin rehuir nuestro cumplimiento y evolución, es necesario para seguir dando oportunidades a nuestros alumnos y no caer en la amargura. Hoy toca bíter. Feliz semana.  

¿CÓMO DAR CLASE DE FP EN LA ACTUALIDAD?

miércoles, 4 de marzo de 2026

 


 

El proceso de evaluación, pese a los cambios en la normativa y todos esos criterios y resultados de aprendizaje que llevamos manejando, no parece haberse transformado sustancialmente. Quizás, y bienintencionadamente, hemos pecado de cumplidores con las directrices que nos marcaba una  malentendida ley de FP y nos hemos embrollado aún más con multitud de instrumentos o elementos con la pretensión de actualizar un sistema que requiere una mejora pero no a costa de un padecimiento estéril de cara a la galería. 

 

Si aún nos parecían poco estos cambios en la programación y en un nuestra actividad evaluadora y calificadora diaria, nos faltaba la irrupción de la inteligencia artificial. Una IA que todo lo abarca y que hace complicada una valoración donde confiemos de la autoría del alumnado. Y ese recelo es mutuo. Es innegable, pese a los alegatos en pro de un uso ético de la inteligencia artificial, que el uso y abuso de esta tecnología es imparable además de inadecuado o insensato en demasiadas ocasiones. Así es el ser humano: el camino fácil suele ser la senda más transitada. 

 

Por tanto, y siendo sabedores de que hay un uso intensivo de la IA a nivel académico (y profesional), nos toca diseñar situaciones de aprendizaje donde el estudiante se las vea y se las desee para defender cualquier tipo de actividad, tarea o trabajo a entregar al docente.  Solicitar documentos de texto con más o menos páginas, enlaces o imágenes, no es garantía de aprendizaje alguno ni de un trabajo reflexivo por parte del estudiante. Hay que reconocer que, al igual que antaño se copiaban trabajos o se trampeaba por otros medios, ahora existen infinidad de aplicaciones de inteligencia artificial generativa capaces de producir de forma suficiente cualquiera de nuestras demandas. Y van camino de una generación aún más sobresaliente. 

 

Quizás es necesario, volviendo a esa ambicionada evaluación formativa, solicitar menos pero mejores tareas con el fin de que tengamos el tiempo suficiente tanto para su corrección como para una argumentación sosegada donde el alumnado es capaz de defender oralmente los resultados obtenidos y el trabajo llevado a cabo sin chuleta alguna. La única forma de demostrar que hay una lectura detrás de cada tarea demandada es a través de una defensa oral o de un cuestionamiento público del trabajo presentado. Todo ello requiere un tiempo que es cada vez más escaso en las aulas, así como una tarea de filtrado y curación de contenidos con la ayuda de un profesorado que debe exigir ese manido pensamiento crítico. Nuestra labor docente nos exige, más que generar un sinfín de tareas, tener la capacidad de seleccionar lecturas o materiales de interés para nuestros módulos profesionales y colaborar con el estudiante a su criba y comprensión. 

 

Personalmente, me gusta publicar tareas donde leemos artículos de actualidad en clase y donde es necesario cierta atención y defensa tanto por escrito como oralmente de unas cuestiones planteadas. Asimismo, me resulta también útil exigir al alumno que todas las respuestas al trabajo solicitado se soporten a través de evidencias: capturas de pantalla, fragmentos de texto o enlaces donde poder contrastar la argumentación presentada. Obligar a este tipo de defensa no elimina la posibilidad de plagio pero sí implica un mayor esfuerzo por parte del alumnado para demostrar un trabajo bien hecho y unos aprendizajes alcanzados. 

 

Todo ello no quita que hablemos con sinceridad y abiertamente acerca del uso que hacemos de la IA como docentes o las bondades que aportan a nivel profesional las herramientas que van surgiendo. Tal vez, debiéramos primero comprender mucho mejor cómo funciona la IA y cuál es el mejor modo posible para facilitar tanto competencias técnicas como personales más allá de una visión colegial o escolar de la Formación Profesional; y centrar nuestra labor docente en la búsqueda de la atención del estudiante y en la adquisición de hábitos de trabajo que precisaran en su próximo futuro profesional. 

 

El futuro próximo parece dirigirse hacia un estudiante tipo que sabe dónde puede obtener o generar respuestas dignas de un aprobado sin necesidad de una clase magistral. Cada vez ando más convencido de que la IA nos facilitará ciertas tareas que requieren mucha carga de trabajo (preparación de exámenes, diseño de materiales, correcciones, etc.) pero a su vez nos va a suponer saber dar clase de un modo auténtico y conectando con el alumnado a la vez que somos resolutivos con esa disrupción y diversidad creciente. Cosa nada sencilla y a la que nadie nos preparara pedagógicamente (a pesar de los másteres). Los tiempos donde un docente se podía sentar mientras leía un libro durante una hora lectiva son ahora garantía de desconexión e intrascendencia para el alumnado. Y en FP aún tiene menos sentido. 

 

Foto de Mwesigwa Joel en Unsplash
Con la tecnología de Blogger.

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