SE VENDEN CLASES

miércoles, 4 de febrero de 2026

 


 

La diversidad en el aula, más allá de la heterogeneidad de alumnado que tenemos, es una realidad cotidiana. No es difícil sorprenderse cada día con las dispares situaciones que nos tocan vivir. Como me comentaba un estudiante el otro día: "Vuestro trabajo es entretenido". Y no le quito la razón. Estamos demasiado amenizados; y no solo con el trabajo que supone la preparación de las clases, la gestión del aula y los ingredientes añadidos que se multiplican. También por ello es fácil caer en el lamento y en ese "cada curso vienen peor". Hasta los propios alumnos ya reniegan de las promociones que les van pisando los talones...

 

Sin embargo, hoy no pasaba por aquí para despotricar sobre el sistema educativa actual, la prohibición de las redes sociales, el incordio de los móviles en el aula o la idiotización que puede provocar el abuso de la inteligencia artificial. Hoy he tenido un día relativamente bueno. Podría lamentarme del exceso de horas lectivas que acusamos o de la sarta de tareas pendientes que arrastro durante el curso. Desafortunadamente siempre hay algo por hacer o mejorar cada semana que arranca. Pero, como decía, no protesto por andar "entretenido" o tener que relacionarme con esa marabunta de jóvenes que nunca envejecen mientras nos ayudan a mantener jóvenes el espíritu y el semblante.

 

Hoy no me voy a quedar con el estrés habitual, las subidas y bajadas de aula, los odiosos conflictos o ese nivel educativo y cortesía que parece decrecer (y no solo en los más jóvenes). Hoy me quedo con las disculpas que me ofrece un alumno, con la escucha atenta (durante un tiempo récord de 7 minutos seguidos) de un grupo de estudiantes, o con las buenas preguntas y respuestas de algunos alumnos que se interesan por la materia a pesar de las aplicaciones de juegos online, las redes sociales, las apuestas o las compras digitales accesibles desde sus cautivadores dispositivos. Hoy he podido competir, a pesar de que ya nunca jugamos en casa, con todas esas distracciones que no facilitan dar clase. 

 

Tampoco voy a desmerecer la responsabilidad que muchos alumnos manifiestan a la hora de entregar sus tareas a tiempo y a pesar de las eternas quejas por el trabajo que acumulan (en eso poco ha cambiado el alumnado). El toma y daca en la negociación a la hora de examinar y exigir trabajos individuales o en equipo siguen siendo un clásico cada curso. Aún así, pese a que la IA ya resuelve decentemente cualquier tarea académica, no quita que exijamos más lectura y estudio. Los centros educativos, además de trabajar valores y aprender a convivir, debemos ser ese gimnasio mental que combate la atrofia del pensamiento. Y sí, también nos toca llamar la atención, dialogar o discutir cuando no hacen bien las cosas o el comportamiento es inadecuado. Está en el sueldo. A pesar de que lo fácil es ponerse de perfil o evitar enfrentamientos. 

 

Por todo ello, además de dar clase, debemos ser buenos comerciales para que valoren este gimnasio donde por una módica cuota les facilitamos los medios para tener mayores oportunidades y una vida más rica. Sin duda, cuando en una jornada lectiva atrapamos a nuestros clientes debemos celebrar ese bonus inestimable que acabamos de merecer. Algún premio debía ofrecernos dar clase. 

CALCULAR LO IMPORTANTE EN LA ESCUELA

martes, 20 de enero de 2026

 


 

La medición de todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida, o esos KPI y big data que tanto se llevan ahora, creo que nos están tarando más que facilitando la vida. Hemos normalizado en nuestra vida todo tipo de cálculos: cuántas kilocalorías debo comer o qué número de almendras crudas es más saludable, cuántos segundos me cuesta recorrer un kilómetro, cuántos minutos de música escucho al año, cuántos mililitros de agua consumo, cuántos likes y seguidores acumulo, etc. Todo son números para mirarse el ombligo o librarse de uno mismo. Adoramos el número de títulos, las escalas, los bonus, los trienios, los récords...

 

A nivel educativo no andamos a la zaga. También le hemos cogido gusto a esas preciosas rúbricas donde creemos tener todo controlado y ajustado a una tabla de valores que busca calificar a un alumnado que solo quiere saber su nota final. Rellenamos tablas con porcentajes perfectos que siempre validan lo que hacemos cada curso para tener una enmarcable foto finish. O como ahora mismo, que andamos encajando esos resultados de aprendizaje y criterios de evaluación en interminables tablas donde a la fuerza todo encaja de cara a la galería. Y si no lo hace, para eso esta la IA y, en su defecto, el auditor consiguiente que hará uso de ella para saber si todo no se acopla a la perfección. Y vuelta a empezar. 

 

De tanto calcular nos hemos olvidado de innovar con creatividad y cabeza y dar cabida a aquello que consideramos importante en nuestras aulas. Quizás nunca nos hayamos puesto de acuerdo en lo que realmente importa. Unos apuestan por esa disciplina perdida, otros por la paciente tolerancia, algunos por el afecto y la empatía, muchos por la exigencia académica... como si todas ellas fueran incompatibles en esa calculada sociedad donde medimos a los centros en rankings engañosos o premiamos a los docentes según una escala difícil de entender. Para luego, al fin y al cabo, dar clase como buenamente podemos. A pesar de metodologías e investigación educativa que tienen poca concurrencia entre el profesorado. 

 

Antaño solo medíamos quiénes tenían problemas verdaderos, de cualquier tipo, para seguir con normalidad en las clases. Ahora, paradójicamente, la normalidad es contar con un alto porcentaje de estudiantes con ciertos problemas o más bajas médicas del profesorado. Tenemos todo medido pero andamos más liados que nunca. Tal vez no hayamos entendido que lo importante no se puede medir. Que por más tareas que acumulemos no hacemos mejor nuestro trabajo. Que en la educación las operaciones aritméticas no funcionan. Que la mejora de ciertas variables cuantitativas no implica mayor satisfacción personal. 

 

Encima, parece que vayamos por dos vías incomparables, donde están los que acumulan exhaustos horas y minutos de dedicación personal frente a aquellos que se han rendido y solo esperan la campana de una jubilación o prestación con sueldo y sin empleo. Y así deambulamos, con (auto)exigencias varias y tratando de calcular quién hace más o menos en esta agotadora profesión docente. No caben más indicadores para medir el desempeño de las competencias del alumno, y, en breve, el profesorado también acabará enrubricado para justificar su sueldo en base a un trabajo imposible de medir. Solo nos falta ser remunerados en base a una escala de estrellitas: ⭐⭐⭐⭐⭐

 

Cuánto aprenden nuestros estudiantes se solía medir solo, y engañosamente, en base a un examen. Ahora tenemos más instrumentos, pero no debiéramos perder la cabeza en medir decenas de variables que además de subjetivas no son tan relevantes como para que ofusquen nuestras prioridades. Volvamos a lo importante. Retomemos una educación que destaque el conocimiento sobre una ignorancia que los alumnos desconocen. Retomemos el diálogo en el aula para entrenar a unos alumnos, acostumbrados solo a mirar una pantalla a la carta, a escuchar y conversar sin que parezca un reality televisivo. Dejemos esa obsesión por una programación de aula donde simulamos saber qué tarea o actividad debemos llevar a cabo cada hora lectiva.

 

El avance de la IA nos debiera devolver ese tiempo que perdemos en tratar de justificar nuestro trabajo acumulando registros que nadie valora con autenticidad. Apostemos por leer sin aceleramiento ni buscando una síntesis generada con un número límite de palabras. Dejemos los números para encajar magnitudes técnicas imprescindibles en cada sector profesional. Entendámonos en el aula sin las prisas que exige el cumplimiento de un plan imposible. Planifiquemos para que quepa lo fundamental y no para batir estadísticas como si fuéramos una multinacional o una macrogranja. De tanto calcular variables, espero no hayamos olvidado la más importante: convivir. 

 

Foto de Ryoji Iwata en Unsplash
Con la tecnología de Blogger.

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