martes, 6 de febrero de 2018

¿DIGITALIZAR LA ESCUELA?

Pocos discuten la necesidad de adaptar la escuela a los cambios que se suceden en la sociedad. Es indiscutible que la digitalización abraza inexorablemente todos los ámbitos y entornos por los que transitamos a diario. La escuela hace tiempo que despertó y no quiere ser acusada de retrógrada y, aún con el pie cambiado, pretende no perder el hilo de una red global con intereses dispares que amenaza con engullirlo todo.

Ese ímpetu de la escuela persiguiendo a toda costa una presencia en el mundo digital puede provocar el efecto contrario si no mesuramos bien los fines y objetivos últimos. Pensar en la escuela actual exige una reflexión y una estrategia digital adaptada a cada etapa educativa en función de la edad de los alumnos y la finalidad de los estudios. Una estrategia que no se limite a la implantación de artefactos digitales y que mida si merece la pena la inversión, tanto en tiempo del docente como económicamente, y si seguimos haciendo lo mismo pero con una pantalla. De otro modo, surtiremos de razones a los inmovilistas que aspiran a la vuelta de una escuela basada meramente en la disciplina.
digitalizar la escuela

Podríamos hablar también de la creciente problemática en el "empantallamiento" de niños y jóvenes, y si como escuela hacemos algo para "desconectar" de la virtualidad permanente del alumno o nos dejamos llevar por las modas que pretenden "flipear" deberes, estudiar con tabletas o utilizar plataformas virtuales con unos materiales idénticos a los libros de texto en papel. 

No abogo por desconectar la escuela de Internet ni dejar de lado herramientas que Google u otras corporaciones nos "ceden" gratuitamente. Tampoco creo que el problema sea la amenaza de una "obsolescencia educativa" de la que habla el presidente de Telefónica a propósito del Informe de la Sociedad Digital en España en 2017. Más bien creo que hay que medir mejor los esfuerzos; cada día es más importante tener una buena comprensión lectora, poseer una cultura general amplia, empatizar o tener inquietudes en cualquier ámbito. Y, quizás, tal y como estamos utilizando la tecnología, no estamos colaborando mucho a ello. 

Internet nos ofrece posibilidades infinitas. Perderse entre recursos, novedades educativas, aplicaciones, empresas tecnológicas o gurús, es más fácil que nunca. Hace no mucho tiempo, nuestra única complicación era seleccionar entre una u otra editorial de libros de texto. Ahora, los cambios y un mercado interminable de herramientas, metodologías o técnicas educativas, puede que estén provocando más de un efecto secundario no deseado. Supongo que nos falta tiempo para darnos cuenta de si el camino es o no el correcto, pero ya comienzan a sentirse los primeros críticos hacia un ecosistema digital que perpetua ese "empantallamiento" poco crítico e incluso adictivo: "Los pioneros de Google y Facebook reniegan de su creación". La multitarea es una milonga y necesitamos centrar la atención del alumno, aunque no como antaño asidos a la silla y cara al libro de texto, pero tampoco en un sillón cara a una pantalla. 

Evidentemente, la digitalización de la escuela nos ofrece mejorar la productividad personal, la adquisición y transmisión de competencias digitales o la conexión con personas y entornos con los que antes no habríamos imaginado. En la Formación Profesional es impensable no trabajar con herramientas digitales o no tratar de comprender los cambios que la digitalización está produciendo en todos los sectores económicos. Pero, al igual que debiéramos hacer con el aprendizaje de lenguas extranjeras, ya es hora de dejar de hacer probaturas y plantear un modelo contrastado y con resultados probados a nivel educativo. 

No podemos estar parados y menos aún que todos los centros educativos no dispongan de una conexión a Internet en condiciones. Sin embargo, un constante movimiento sin rumbo definido, o sin pegar algún timonazo a tiempo, no va a producir ese cambio deseado: que los alumnos aprendan y sientan la escuela como una necesidad personal. 

photo credit: Retis Stéphane Querrec, La Complainte, 2016 via photopin (license)

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