jueves, 27 de marzo de 2014

SE CIERRA LA ESCUELA

Un cartel, en la puerta principal de la escuela, rezaba: "Clases suspendidas hasta nueva orden". Los estudiantes y sus padres se amontonaban junto a las puertas de entrada. Nadie se explicaba la razón de este cierre sin previo aviso. Los alumnos, despreocupados, tenían prisa por encontrarse en el parque más cercano. Mientras, sus familiares, padres y abuelos, comenzaban a ponerse nerviosos con los rumores que ya circulaban por el barrio.

Algunos conjeturaban que el cierre se debía a una aluminosis detectada en el edificio principal. Otros, sospechaban que se había extendido algún tipo de virus estomacal entre el profesorado. Y, unos pocos, culpaban al Gobierno y al ministro, de un cierre premeditado con vistas a implantar la escuela en casa. 

Lo más inquietante es que ningún responsable de la escuela se atrevía a dar la cara. Pese a la insistencia de muchos padres, las puertas seguían cerradas, la página web del centro se había colapsado y en el último tuit de la escuela se podía leer: "Aprobado proyecto educativo innovador y de calidad para el curso próximo". 

Un grupo de tres alumnos, ansiosos, no por retomar las clases, sino por pasar el rato, habían accedido a la escuela saltando la valla que rodeaba la cancha de baloncesto. Consiguieron adentrarse en el aulario donde se encontraba también el salón de actos y la biblioteca. Sigilosamente, tras recorrer las aulas de la primera planta, accedieron a un cuarto desde donde se manejaba el sistema audiovisual del salón de actos. Desde una ventanita de este reducido cuarto, se veía, pero apenas se escuchaba, lo que en esos momentos estaba pasando en el interior de este salón.

Todo el profesorado de la escuela, el jefe de estudios, el administrador y la directora se encontraban reunidos en ese instante. Desde su posición, los muchachos, sólo intuían que estaba hablando la directora académica. Parecía muy enojada por la cantidad de aspavientos que realizaba. El administrador asentía con la cabeza cada una de las palabras que la directora profería. Mientras, los profesores, se limitaban a mirar al suelo. 

Los chavales alcanzaron a entender algunas palabras de la máxima responsable académica: "¿No os da vergüenza? Solo nos faltaba esto. Con el desprestigio que ya tiene el gremio...". El administrador intervino: "Esta situación es intolerable. No podemos escudarnos en un servicio de seguridad deficiente". Uno de los profesores más jóvenes del claustro se atrevió a participar: "Pero, pero... si nosotros únicamente estamos siguiendo la programación. No podemos utilizar otros recursos de los ya planificados". El resto de profesores seguía mirando el suelo. 

Los tres alumnos no entendían nada. Sabían que, Tomás, un exalumno que abandonó la escuela tras pasar por varios grupos de diversificación curricular, había accedido al centro con una llave maestra durante el fin de semana. Siguieron con la oreja pegada a esa pequeña ventana. Hasta que, alucinados, comprendieron el quid del asunto. Rita, una profesora con varios trienios en su haber, puso el grito en el cielo: "¡Os avisé en el último claustro! ¡los libros de texto y sus solucionarios deben ponerse bajo llave!".

photo credit: jaci XIII via photopin cc

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