lunes, 14 de enero de 2019

MOTIVAR AL PROFESORADO

Motivar a los alumnos no es tarea fácil, pero motivar al profesorado tampoco parece una fácil misión. Percibo, en los últimos tiempos, una mayor desmotivación, o tal vez cierta dejadez profesional, provocada por ese goteo constante de cambios coyunturales que se reflejan de diferente modo en las acciones o actitudes de algunos docentes. No son falta de ánimos, es falta de tener motivos y encontrarlos, como diría @Yoriento.

Nuestra profesión es a menudo ingrata, más aún si no la observamos desde cierta perspectiva o relativizando los sinsabores consustanciales al ejercicio de la docencia. El cúmulo de horas, la ausencia de expectativas en la carrera profesional, las comparativas con las condiciones laborales de otros compañeros, el mínimo prestigio social, la percepción de enfrentarse a alumnos más complicados cada curso que pasa, la desunión del sector educativo (administración, colegas, centros educativos...) o el creciente pragmatismo profesional que considera este empleo como otro cualquiera; parece que nos aboca a esa falta de energía suplementaria que necesitamos para cumplir con cierto éxito nuestro trabajo.

motivar docentesLa enseñanza, como se acostumbraba antes a denominar nuestro sector, precisa una implicación -a mi parecer- muy superior a la que se precisa en otras profesiones. Gusta comparar la labor de los profesionales de la medicina con la de los docentes, y, en cierto modo, es así en el sentido que trabajamos con una misma materia prima: las personas. No se entiende un buen profesor/a al que no le importen sus alumnos o que anteponga su comodidad al beneficio o aprendizaje de sus estudiantes; no se trata de sacrificios personales, es una cuestión de coherencia, profesionalidad y de ver más allá de las circunstancia personales que cada uno tenemos. Y, sobre todo, esa dignidad profesional que hace que hagamos lo que debemos, o, al menos, lo intentemos sin tomar la salida fácil.

Las escuelas están llenas, afortunadamente, de profesores que trabajan y cumplen exquisitamente su función docente; profesionales en los que algunos intentamos reflejarnos y que han compartido muchas horas de trabajo con nosotros. No se trata de no reivindicar derechos o no buscar cambios que redunden en la mejora de la escuela y, por ende, del alumno; es una cuestión personal donde cada uno pone en juego su profesionalidad pese a las circunstancias que le tocan sufrir o disfrutar. Todos tenemos ejemplos de compañeros implicados buscando mejorar en su trabajo, cumpliendo a rajatabla su horario y lo que puedan necesitar sus alumnos, creadores de un buen ambiente, congruentes con lo que demandan al alumnado y lo que transmiten con sus acciones, sin despotricar permanentemente de todo lo que ocurre en su órbita.

Las escuelas solo progresan adecuadamente -como así se calificaba hace unos años a los niños- cuando esta forma de hacer y de enseñar se transmite de una generación a otra. Ni los más innovadores ni aquellos que poseen más títulos acaban transformando la escuela; la escuela cambia a mejor, paso a paso, gracias a todos esos implicados que, pese a las circunstancia siguen al pie del cañón persiguiendo que sus alumnos estén preparados para afrontar su presente y futuro, listos para no perder las pocas o muchas oportunidades que les brinde la sociedad.

Dejemos la queja estéril y permanente, persigamos esa escuela ideal que tenemos en mente, pese a las adversidades y el sobresfuerzo, porque cada alumno lo merece -aunque haya días que mandarías a freír espárragos a más de uno- independientemente de las posibilidades que nos ofrece el sistema educativo.

Como dice la canción de Sabina, "nos sobran los motivos". Y siguiendo las palabras de Daniel Pennac, en su libro "Mal de escuela": Es verdad, entre nosotros está mal visto hablar de amor en materia de enseñanza. Intentadlo y veréis, es como mencionar la soga en casa del ahorcado; tal vez, el motivo principal para dar lo mejor de nosotros mismos es ese: el amor; por mal que suene decirlo en público y más aún por escrito.

photo credit: rocor Wayne Thiebaud via photopin (license)

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