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LOS ALUMNOS SON CADA VEZ PEORES

martes, 28 de abril de 2026

 


La afirmación que da título a este artículo podría ser uno de las miles de apreciaciones similares que seguro oímos con demasiada frecuencia en las salas de profesores. Quizás, y es también una percepción, no ha existido jamás época alguna donde se afirmara justo lo contrario: Los alumnos son cada vez mejores. O, tal vez, somos todos de una generación donde los jóvenes alumnos éramos amantes del esfuerzo, la disciplina y una concentración denodada en todas aquellas lecturas que nos proponían. Aunque esta última parte me encaja menos, ya que despotrica igual un joven docente, con poco más de diez años de diferencia sobre sus estudiantes, que cualquier otro u otra docente que peina canas y tiene la jubilación a la vuelta de la esquina. 

 

Criticamos al mismo nivel los que hemos disfrutado la E.G.B. que aquellos que han sido pasto de la E.S.O. Sigo sin ver dónde empezó todo. El mal ha pasado del VHS a las consolas, luego a Internet y ahora a esa perversa inteligencia artificial que parece ser el remate del atontamiento de las masas. A nosotros no nos afectará, por supuesto (modo irónico on). Culpar a la tecnología es fácil, ya que ni siente ni padece. O, en su defecto, nos queda maldecir a esos políticos poco educativos que han venido haciendo reforma tras reforma sin ser capaces de acordar una estabilidad y unos principios básicos donde lo importante sean los alumnos y sus docentes y no solo los potenciales votos. 

 

Y así seguimos, cada uno desde nuestra atalaya comparándonos con chavales de dieciséis años que, lógicamente, no son honoris causa ni suelen estar interesados en la filosofía hegeliana o en la literatura rusa del siglo XIX. A pesar de que, y esto también puede ser otra percepción personal, son pocos o minoría los centros educativos y los docentes que han apostado por la lectura como centro de su proyecto educativo, o que destacan por una dedicación extraordinaria sobre aquellos que más recursos necesitan por distintas razones. Los que ahora damos clase, no sé qué opinarán los felizmente retirados, también debiéramos ser peores que los que nos preceden según esa misma regla de tres. ¿Y si somos los mejores? Bueno, y qué. 

 

Lo único que tengo algo claro es que nos hemos ido complicando la vida, ya sea por un legalismo creciente o una bienintencionada sobreprotección que entorpece nuestra labor meramente educativa. Quizás es hora de ir centrando los escasos esfuerzos en aquellas tareas que facilitan el aprendizaje del alumnado y siembran además esa falta de curiosidad que se arrastra en una escuela actual no tan diferente en el fondo de la que nosotros vivimos. Innovar también puede ser volver la mirada hacia atrás o retirar lo que estorba pero con la mirada puesta en lo que está por venir y en la sociedad que queremos. Mucha tecnología pero tenemos más tareas que nunca. 

 

A nivel de Formación Profesional, y a pesar del creciente éxito que señalan una cifras récord de matriculación, no sé si los estudiantes son peores que nunca, pero no siempre estos datos deslumbrantes vienen acompañados de más recursos para ofrecerles la mejor formación posible. Sin contar que este crecimiento puede estar derivando hacia un mayor número de alumnos de muy distinto origen que redunda en esa diversidad y complejidad creciente que tenemos en las aulas. Y así el malestar crece al mismo ritmo que empeora nuestra opinión sobre un estudiantado desigual en intereses y en experiencias vitales. 

 

En cualquier caso, más que seguir despotricando de esta dichosa juventud, somos nosotros los que debemos exigir medios y condiciones (al igual que hacen actualmente y con razón los profesionales de la medicina) para facilitar la mejor formación posible a todos y cada uno de nuestros queridos jóvenes sin la necesidad de perecer en el intento por extenuación. Y hoy nos debemos a los actuales jóvenes al igual que ayer debieron deberse a nosotros. 

 

Algo apuntaba al respecto Turgueniev en 1862 en su muy recomendable novela "Padres e hijos": 

Antes los jóvenes tenían que estudiar: como no querían pasar por ignorantes, se esforzaban y estudiaban. Pero ahora les basta con proclamar «¡El mundo entero es una estupidez!» y ya tienen el título. Y los jóvenes, la mar de contentos. 

 

Foto de Raphael Brasileiro en Unsplash

SE VENDEN CLASES

miércoles, 4 de febrero de 2026

 


 

La diversidad en el aula, más allá de la heterogeneidad de alumnado que tenemos, es una realidad cotidiana. No es difícil sorprenderse cada día con las dispares situaciones que nos tocan vivir. Como me comentaba un estudiante el otro día: "Vuestro trabajo es entretenido". Y no le quito la razón. Estamos demasiado amenizados; y no solo con el trabajo que supone la preparación de las clases, la gestión del aula y los ingredientes añadidos que se multiplican. También por ello es fácil caer en el lamento y en ese "cada curso vienen peor". Hasta los propios alumnos ya reniegan de las promociones que les van pisando los talones...

 

Sin embargo, hoy no pasaba por aquí para despotricar sobre el sistema educativa actual, la prohibición de las redes sociales, el incordio de los móviles en el aula o la idiotización que puede provocar el abuso de la inteligencia artificial. Hoy he tenido un día relativamente bueno. Podría lamentarme del exceso de horas lectivas que acusamos o de la sarta de tareas pendientes que arrastro durante el curso. Desafortunadamente siempre hay algo por hacer o mejorar cada semana que arranca. Pero, como decía, no protesto por andar "entretenido" o tener que relacionarme con esa marabunta de jóvenes que nunca envejecen mientras nos ayudan a mantener jóvenes el espíritu y el semblante.

 

Hoy no me voy a quedar con el estrés habitual, las subidas y bajadas de aula, los odiosos conflictos o ese nivel educativo y cortesía que parece decrecer (y no solo en los más jóvenes). Hoy me quedo con las disculpas que me ofrece un alumno, con la escucha atenta (durante un tiempo récord de 7 minutos seguidos) de un grupo de estudiantes, o con las buenas preguntas y respuestas de algunos alumnos que se interesan por la materia a pesar de las aplicaciones de juegos online, las redes sociales, las apuestas o las compras digitales accesibles desde sus cautivadores dispositivos. Hoy he podido competir, a pesar de que ya nunca jugamos en casa, con todas esas distracciones que no facilitan dar clase. 

 

Tampoco voy a desmerecer la responsabilidad que muchos alumnos manifiestan a la hora de entregar sus tareas a tiempo y a pesar de las eternas quejas por el trabajo que acumulan (en eso poco ha cambiado el alumnado). El toma y daca en la negociación a la hora de examinar y exigir trabajos individuales o en equipo siguen siendo un clásico cada curso. Aún así, pese a que la IA ya resuelve decentemente cualquier tarea académica, no quita que exijamos más lectura y estudio. Los centros educativos, además de trabajar valores y aprender a convivir, debemos ser ese gimnasio mental que combate la atrofia del pensamiento. Y sí, también nos toca llamar la atención, dialogar o discutir cuando no hacen bien las cosas o el comportamiento es inadecuado. Está en el sueldo. A pesar de que lo fácil es ponerse de perfil o evitar enfrentamientos. 

 

Por todo ello, además de dar clase, debemos ser buenos comerciales para que valoren este gimnasio donde por una módica cuota les facilitamos los medios para tener mayores oportunidades y una vida más rica. Sin duda, cuando en una jornada lectiva atrapamos a nuestros clientes debemos celebrar ese bonus inestimable que acabamos de merecer. Algún premio debía ofrecernos dar clase. 

CLASES Y CLASES DE FORMACIÓN PROFESIONAL

sábado, 10 de enero de 2026

 


 

Podemos leer muchos manuales o asistir a formaciones sobre metodologías, gestión de aula y conflictos, innovación educativa u otro sucedáneos, pero, en demasiadas ocasiones se nos desmonta el chiringuito cuando te encuentras con una clase donde la diversidad te apabulla o el comportamiento no es el ideal para dar clase convenientemente. La experiencia ayuda a manejar situaciones, así como grandes dosis de paciencia que logran no agriar tu carácter o precipitar una subida de la tensión arterial. 

 

Las conversaciones sobre la necesidad de disciplina o un régimen sancionador más estricto creo que no son nada nuevo en este siglo o en el pasado. La inquietud o el nerviosismo de la juventud no tiene cura. Más todavía en una sociedad acostumbrada a no relajarse y a consumir contenidos y productos sin cesar. La dichosa dopamina. Probablemente en el futuro será una anomalía mantener a los estudiantes tantas horas seguidas cara a una pizarra (digital o tradicional). O quizás el efecto rebote ante la ingente generación de contenidos vía inteligencia artificial nos devuelva a tiempos donde el silencio y el estudio analógico eran la norma. Sin embargo, dudo de nuestra capacidad para ese sosiego, más allá de para un grupo selecto apto para la concentración y vacunado de la inanidad de las redes. 

 

Quizás no hayamos todos pasado de frenada abrazando una educación permisiva. Para bien y para mal. Las familias, base de los valores de las personas, también patinan independientemente de los recursos que tengan. Y así se van sumando factores que hacen más difícil una profesión que siempre ha sido compleja donde las dificultades se redoblan cuando no sabes qué hacer en una clase para mantener ese clima facilitador del aprendizaje y mantener la motivación propia y ajena. No obstante, también hay clases donde te encuentras estudiantes que te escuchan y agradecen tu empeño, a pesar de que nos solemos quedar con esos cuatro más intensos que estresan la enseñanza y alteran una cotidianidad utópica. Desde luego, mucho mérito (y un sueldo doble) tienen todos esos y esas docentes de Formación Profesional Básica o algunos Grados Medios que tienen una realidad complicada. 

 

Mientras tanto, a los docentes no nos queda otra que capear el temporal y tratar esa diversidad alborotada con la mejor fórmula de siempre: la empatía. Recordar cómo fuimos en aquellos maravillosos años, a menudo olvidados o idealizados, siendo sabedores que cada curso viene con nuevos sobresaltos a pesar de nuestras buenas intenciones iniciales. Desde luego, a pesar de esas clases donde parece que se conjugan las peores circunstancias, vale la pena seguir apostando por unos jóvenes que más tarde que pronto caerán del árbol y se convertirán en buenos profesionales y personas gracias también a nuestra reducida influencia.  

 

Foto de Giuseppe Argenziano en Unsplash

CÓMO MOTIVAR AL ALUMNADO DE FP

domingo, 21 de septiembre de 2025

 


 

Tratar de motivar a nuestro alumnado es un asunto recurrente para el profesorado de cualquier etapa educativa. Ahora, parece que volvemos a enfrentar la disciplina frente a las emociones, retornando al mismo punto de partida donde solo nos queda mantener un ambiente monacal u optar por un sucedáneo de parque de bolas. Sin embargo, en educación todo es mucho más complejo; la mano izquierda, el sentido común, aderezado de los recursos que nos debiera dar una buena formación docente, son siempre buenos aliados que nos garantizan un ambiente ideal para enseñar a esos jóvenes que pueblan nuestras aulas. 

 

En las aulas de Formación Profesional tenemos una diversidad creciente: desde los más jóvenes alumnos en la FP básica hasta adultos de cierta edad que buscan actualizarse a través de una formación reglada que les ofrece un título oficial. Estos últimos, habitualmente más maduros, no tienen problemas con la motivación; poseen motivos de sobra para estar atentos en clase y aprender lo máximo posible con el fin de encontrar un buen empleo. Cuestión diferente son los estudiantes de ciclos formativos de grado medio o superior que todavía no han definido sus intereses o que están creciendo aún a nivel personal. 

 

Los problemas se acentúan con estos otros perfiles con un alto grado de inmadurez o con ciertas dificultades personales o sociales que influyen en su comportamiento y seguimiento del curso. Tenemos multitud de chicos y chicas disruptivos, con ansiedad, distraídos, con poca autoestima, o, simplemente con una mala experiencia educativa en sus años de escolarización obligatoria. La experiencia o las percepciones nos podrían indicar que estamos peor que nunca, y que además, el nivel educativo tiende a empeorar año tras año. Pero nos faltan datos además de percepciones. 

 

Podemos analizar los últimos informes PISA publicados en 2023 que nos indican un empeoramiento en comparación con los resultados de 2015: España ha caído 15 puntos en matemáticas, 22 puntos en lectura y ocho puntos en ciencias. En comparación con los resultados de 2012, España ha caído 11 puntos en matemáticas, 14 puntos en lectura y 11 puntos en ciencias. Aunque, por otro lado, este mismo informe señala: "En España, los adultos de más edad (entre 55 y 65 años) mostraron un nivel de competencia inferior al de los jóvenes de 25 a 34 años en lectura, matemáticas y resolución adaptativa de problemas. En lectura, los adultos de 55 a 65 años obtuvieron 18 puntos menos que los de 25 a 34 años (media de la OCDE: 30 puntos menos). Las brechas competenciales entre los adultos de más edad y los más jóvenes podrían reflejar efectos del envejecimiento, pero también diferencias en la calidad y la cantidad de la educación y la formación entre generaciones."

 

Por tanto, no todo es blanco y negro, a pesar de las deficiencias que arrastra el sistema y que no son motivo de análisis en este artículo. Lo que sí es seguro es que cada generación es fruto de sus circunstancias. En la actualidad, si analizamos el Informe de juventud en España (Injuve, 2024), podemos conocer algo mejor las distintas preocupaciones o problemáticas que tienen nuestros jóvenes y que se resumen en los siguientes puntos en la actual coyuntura:

 

  • Minoría demográfica Vs envejecimiento del país.
  • Diversidad creciente.
  • Cualificación al alza y menor abandono escolar
  • Precariedad vital multidimensional.
  • Salud mental en crisis.
  • Valores (igualdad, sostenibilidad, familia y amistad)
  • Brecha y tensiones de género.
  • Identidad digital y alfabetización desigual.
  • Sentimiento de incertidumbre y reivindicativa.
  • Individualismo pragmático con solidaridad.
  • Trayectorias “zig‑zag” hacia la adultez tardía.

 

Bien sabemos que los problemas de salud mental son crecientes (la soledad no deseada y ansiedad autopercibida alcanza cuotas preocupantes) o que ahora hay más población extranjera en las aulas, así como que el ocio pasa por estar conectado a Internet en cualquier lugar y momento. Pero, ¿qué hacer en el aula ante este panorama? Como profesionales no nos queda otra que adaptarnos sin perder de vista los motivos de siempre que deben dar sentido a la educación: que todos nuestros alumnos y alumnas aprendan para poder labrarse un futuro digno. Ahora bien, para afrontar del mejor modo nuestra enseñanza en el aula y en un contexto complejo, nos podemos ayudar de la psicología del comportamiento y de las estrategias que algunos investigadores nos confirman que son útiles y no requieren demasiados cambios profundos. 

 

Os recomiendo la lectura del libro "Hábitos para una escuela exitosa", de Harry Fletcher-Wood, que nos señala la importancia de las rutinas escolares, la importancia de descomponer las tareas en pasos simples, dividir la clase en tiempos diferenciados y utilizar modelos o ejemplos en aquellas actividades que deben llevar a cabo los alumnos. Simplificando, demasiado quizás, debemos buscar captar la atención a través de pequeños sprints de dificultad creciente, donde el profesorado sea capaz de evaluar y retroalimentar a sus alumnos a través de distintos instrumentos. Este libro va en consonancia de una evaluación formativa que, en Formación Profesional, es uno de los ejes del nuevo sistema a la hora de programar los módulos profesionales o plantear proyectos intermodulares. Es necesario utilizar distintos instrumentos de evaluación (checklists, coevaluación por pares, cuestionarios, rúbricas, evocación, etc.) donde el alumnado además de demostrar su aprendizaje y competencias, sea cada vez más autónomo contando con nuestro apoyo y diseño de unas rutinas en el aula. 

 

En definitiva, como docentes, podemos motivar al alumnado desde distintas acciones que encajan muy bien con esa evalución formativa y la necesidad de establecer rutinas con objetivos específicos, estimulantes y alcanzables:

 

  • Demostrar la importancia y dar valor inmediato de lo que van a aprender.
  • Presentar referentes de quien quieren ser: docentes, compañeros, personalidades, ídolos…
  • No destacar las malas conductas del grupo, enfatizar los cambios y progresos de los alumnos.
  • Establecer prácticas gradualmente más exigentes.
  • Establecer plazos de entrega cercanos, automatizar recordatorios desde las plataformas, checklists. 
  • Miniretos por clase: entregable / evidencia y feedback inmediato
  • Cambiar el contexto en el aula: evitar distractores, parejas de trabajo
  • Normas y consecuencias claras, feedback privado
  • Retos colaborativos y con éxito compartido
  • Retos con responsabilidad económica real

 

Seleccionar y profundizar en alguna de estas acciones, según sean nuestros objetivos como docente, puede ayudarnos a mejorar el clima del aula y, más que dar motivos al alumnado, facilitar su atención a pesar de sus inquietudes o de una edad que no acompaña a la hora de ponerse a trabajar durante varias horas seguidas cada día. El tiempo nos pone a todos en el sitio, pero, con nuestra ayuda, el tránsito de los estudiantes hacia la vida profesional puede ser más llevadero. 


Cito a Meirieu, como así me gusta hacer al final de algunas presentaciones dirigidas al profesorado, porque además de técnicas es fundamental inspirar cierta esperanza hacia esas personas que comienzan a buscar motivos para crecer:

 

 "...nuestro trabajo consiste en convencer a nuestros alumnos, contra toda fatalidad, de que un futuro diferente es posible. Un futuro en el cual, gracias a que habrá conseguido aprender, podrá comprender mejor y comprender el mundo, y así asumir, prolongar y subvertir su propia historia". 

Foto de Masood Aslami en Unsplash

¿CABE EL AMOR EN LA FP?

domingo, 2 de marzo de 2025

 

AMOR Y FP

 

Hay ocasiones que se produce algo cercano a la cuadratura del círculo. Incluso cuando menos te lo esperas. Los que gustamos de leer artículos o ensayos pedagógicos (no se puede ser perfecto) arrastramos a menudo una visión idealizada de la educación. Se nos puede tachar de ilusos, románticos o idealistas. Sin embargo, me considero una persona fundamentalmente pragmática. ¿Y qué tiene que ver el amor y la FP con todo esto? ¿Cabe el amor en la escuela? Algo chirría.

 

Daniel Pennac, en "Mal de escuela" lo expresó muy bien:

Una palabra que no puedes ni siquiera pronunciar en una escuela, un instituto, una facultad o cualquier lugar semejante. 

–¿A saber? 

–No, de verdad, no puedo… 

–¡Vamos, dilo! 

–Te digo que no puedo. Si sueltas esta palabra hablando de instrucción, te linchan, seguro. 

–… 

–… 

–… 

–El amor.

 

O en ese otro precioso libro de Paulo Freire, "Cartas a quien pretende enseñar", donde afirma:

Pero es preciso sumar otra cualidad a la humildad con que la maestra actúa y se relaciona con sus alumnos, y esta cualidad es la amorosidad sin la cual su trabajo pierde el significado. Y amorosidad no sólo para los alumnos sino para el propio proceso de enseñar.


En tiempos donde enfrentamos el conocimiento frente a las emociones; donde el resultadismo es el antónimo perfecto de la sensibilidad; donde los grises no forman parte de la gama de colores escolares; parece haber caído en desuso la búsqueda de la memorabilidad en las experiencias de aprendizaje (como muy bien señala Fernando Trujillo a lo largo de su extensa bibliografía respecto a los activos de aprendizaje). Y el amor es, sin duda alguna, algo que perdura y trasciende cuando se experimenta en la escuela. No es necesario quitar un gramo de esas competencias que harán de nuestros alumnos unas personas preparadas para enfrentarse a un mundo laboral. Justo todo lo contrario. Si logramos embarcar al alumnado en proyectos que supongan un reto personal, donde el docente inspire y comparta sus conocimientos, tendremos más probabilidad de que todos aprendan. A pesar de no ver los resultados a simple vista, de los desencuentros o la falta de motivación con la que reñimos, vale la pena buscar el sentido a lo que hacemos.

 

El amor, el cariño, el afecto, la sensibilidad o la ternura, son los mejores activos en un panorama actual donde los valores morales parecen mutar a la ley del más fuerte como un signo de rebeldía al sistema. Libertad malentendida, abuso de los derechos y una escala de valores que vacila (en todos los sentidos). Sí, los tiempos están cambiando. Ojalá en el sentido que cantaba Bob Dylan en su famosa canción (muy recomendable la recién estrenada película sobre su vida):

Come writers and critics
Who prophesize with your pen
And keep your eyes wide
The chance won’t come again
And don’t speak too soon
For the wheel’s still in spin
And there’s no tellin’ who that it’s namin’
For the loser now will be later to win
For the times they are a-changin’
Venid escritores y críticos
Que profetizáis con vuestra pluma
Y mantened los ojos bien abiertos
La ocasión no se repetirá
Y no habléis demasiado pronto
Pues la ruleta todavía está girando
Y no ha nombrado quién será el elegido
Porque el perdedor ahora será el ganador más tarde
Porque los tiempos están cambiando

 

Estas líneas vienen a colación de la reflexión personal y pública que hizo de forma maravillosa una alumna en el pasado Congreso de FP de la Comunitat Valenciana; donde concluyó que la palabra que mejor representaba el proyecto de voluntariado sobre la Dana que hemos llevado a cabo en el aula, es el AMOR.

¿SON IDIOTAS LOS ESTUDIANTES?

domingo, 29 de septiembre de 2024

 


 

Justo ahora hace casi un año reflexionaba sobre la imbecilidad del alumnado. De nuevo me ha venido a la cabeza, no sé si por la altura del curso en el que nos encontramos, una parecida percepción sobre la idiotez (ojo la amplitud del término) asociada a los jóvenes estudiantes. Quizás olvidamos algunos (no me atrevo a hablar en boca de nadie) la cantidad de gilipolleces y fantasmadas arrastradas desde nuestra juventud más temprana. Con los años, y con mucho camino andado, podemos ser capaces de mirar de reojo la cantidad de tiempo perdido en banalidades, las decisiones equivocadas, las estupideces dichas o la falta de aprovechamiento de ciertas oportunidades por ser un mentecato.

 

Tal vez la verdadera idiotez sobreviene cuando con los años no somos capaces de cambiar y transformar todo ese cretinismo o nos creemos inmunes al despropósito. Evidentemente, si con los años no sabes apreciar los sentimientos, las relaciones personales, el conocimiento, el tiempo disponible, la estabilidad laboral, la salud, la familia..., te debes haber perdido algo. Lo que no podemos pretender es que nuestros jóvenes alumnos tengan ahora esas mismas percepciones. No es difícil entender que una juventud que recibe tantos impactos distractores a través de las redes sociales, de la mano de unos dispositivos con datos casi infinitos, se pierda entre toda esa nadería que solo busca clics. Música, romance, humor, deportes, cotilleo, violencia o sexo están virtualmente en cualquier lugar con cobertura y hay gente forrándose con este invento. No pretendamos que se enganchen de igual modo a los clásicos de la literatura o al arte contemporáneo. Ahí no hay negocio.

 

Como docentes tenemos, ahora más que nunca, mucho trabajo por delante al respecto. No debiéramos seguir culpando al docente de la etapa precedente de la formación de estos supuestos ignorantes. No me atrevo a comparar el nivel educativo de cada nueva generación que pasa por las aulas, pero es evidente que la incultura y la falta de curiosidad campan excitadas por los algoritmos. Ofrecer conocimiento compitiendo con tanto pasatiempo digital es toda una odisea. No podemos competir ni abogar por esa destrucción ilusoria de las pantallas; sin embargo, es posible ofrecer cultura de modo que, como las estalactitas, vaya lentamente dejando poso en sus cabezas y corazones. 

 

El tema siete u ocho de la programación será importante; pero, quizás, la oportunidad de visitar museos, bibliotecas, ver otro cine o acudir al teatro, o incluso leer una novelo o un ensayo en el aula, no son materias menos relevantes para muchos jóvenes que no encuentran atractivas estas opciones o no han tenido la ocasión de disfrutarlas en casa. Incluso, sucede en ocasiones, que hay estudiantes más leídos o cultos que esconden sus intereses para no desentonar en el paisaje escolar. Sacar punta de estos alumnos y ayudar al resto a crecer intelectualmente mediante otro tipo de propuestas me parece fundamental para su educación. Salvarnos de la necedad no tiene precio, como diría el anuncio. Y todos tenemos una faceta que ayudaría, de un modo u otro, a aportar esa erudición que escasea. Educar con el ejemplo no debe ser muy innovador pero es altamente efectivo.


Hacer el idiota a cierta edad tiene disculpa. Asunto distinto es preguntarnos qué hacemos como docentes para que las simplezas a las que llevan la edad y la sociedad de consumo no se perpetúen con los años. Debemos perdonar ese desconocimiento o desinterés y no echar balones fuera buscando culpables en anteriores etapas educativas o en una educación basada en competencias. Y no es tarea fácil.

LA COMPETENCIA INFORMACIONAL DEL ALUMNADO DE FP

jueves, 19 de septiembre de 2024

 


 

 

Como comentaba en un anterior artículo, sobre la oportunidad que puede suponer el módulo del proyecto intermodular, me parece vital trabajar en el aula las competencias informacionales: con el fin, como señala Azahara Cuesta, de identificar, localizar, evaluar, organizar, comunicar y emplear la información de manera efectiva, tanto para la resolución de problemas como para el aprendizaje a lo largo de la vida; más allá de las habilidades para utilizar las TIC en el proceso de búsqueda y de comunicación de la información; teniendo en cuenta el desarrollo de actitudes éticas en la cadena informacional y la capacidad de examinar y comprender las fuentes documentales. No es poca cosa.

 

Incluso ahora, en un momento en que cualquier tipo de dato oficial y verídico se discute o rechaza, es importante que el alumnado base sus opiniones en información contrastada y proveniente de fuentes de información de calidad y confianza. Los famosos factos, o aquellos datos fundamentados en estudios o en la evidencia científica, deben formar parte de su cultura informacional tanto a la hora de emitir opiniones como para tomar decisiones de índole académica y profesional. Algo que no anda reñido con cuestionar la realidad y buscar certezas.


Ofrecer estos datos, trabajarlos con ellos y debatir al respecto de los mismos sin caer en la tertulia de bar, es de interés para ese alumnado que queremos que adquiera la capacidad crítica que tanto se demanda en multitud de foros pero que parece disolverse a la hora de cultivarla. ¿Qué actividades proponemos para elevar este pensamiento crítico? Evidentemente, no se trata de adoctrinar ni hacer comulgar a los estudiantes en nuestras propias suposiciones o ideologías, sino más bien que se pregunten el por qué de las cosas y que no hablen sin conocimiento de causa. Es habitual escuchar comentarios basados en falacias, datos anecdóticos o simples creencias arrastradas por lo que se difunde en las redes sociales o en las conversaciones domésticas. 

 

Para estos casos, además de seleccionar buenas fuentes de información que ayudan a sostener opiniones o teorías, más allá de nuestros gustos o tendencias, podemos también hacer uso de la inteligencia artificial como medio de contraste. Un estudio reciente parece indicar que la teorías conspirativas de las personas pueden ser contrarrestadas a través de chatbots de IA que refutan los argumentos con evidencias. Tal vez la IA generativa puede resultarnos útil para desmontar fakes, sesgos o la conspiranoia que tan fácilmente se contagia. Un ejemplo personal para un negacionista del cambio climático realizado con Gemini: https://g.co/gemini/share/3eeafc4e643e 

 

En cualquier caso, podemos acudir a las fuentes originales (que también puede suministrar la IA) que conocemos como docentes y debatir con lecturas, vídeos o podcasts con información relevante y de calidad contrastada. Todo sea por seguir formando a esos jóvenes que, como consecuencia de la edad, suelen ser escépticos con los medios oficiales o presa fácil de influencers que solo influyen en búsqueda de la monetización de clics. Los medios de comunicación tradicionales, con los informativos en televisión, la radio o la prensa escrita, no son tampoco compañía habitual de los más jóvenes. Parece que incluso la actualidad ha dejado de tener interés en favor del entretenimiento continuo de las redes sociales u otras ocupaciones menos informativas. En esta arena tenemos la oportunidad de dar la batalla contra el desconocimiento. Las actividades culturales, el acercamiento a cualquier tipo de expresión artística, son también posibilidades que podemos contemplar en las aulas de FP como un medio de acrecentar esas otras competencias que conforman nuestra personalidad.


Más lecturas, buenas fuentes seleccionadas, prensa, artículos; plantear con frecuencia debates y conversaciones con el alumnado, junto una gran dosis de paciencia para dialogar; son necesarios para provocar la reflexión y combatir todos esos prejuicios u opiniones sin fundamento que arrastra no solo la juventud actual.


Foto de Egor Vikhrev en Unsplash

SER NORMALES CON LOS ALUMNOS

miércoles, 29 de mayo de 2024

 



Más allá de las competencias digitales o de la cacareada necesidad del conocimiento de metodologías activas, hay actitudes llenas de sentido común o comportamientos presumiblemente normales que, incluso en un tiempo donde nos llenamos la boca con terminología inclusiva, parecen brillar por su ausencia. Me refiero al trato hacia el alumnado. Observo con cierta pena la mirada despectiva hacia chicos o chicas que, por el hecho de ser personas inmaduras o con poco interés para ciertos adultos, no son tenidos en cuenta o tratados con el aprecio debido.


Todo esto viene a colación de un comentario de una alumna; así como a ciertas opiniones escuchadas en conversaciones domésticas. Nada científico, desde luego. Leo con simpatía las siguiente líneas de una alumna valorando el curso actual: "(...) es genial tanto dentro del aula como fuera cuando deja la bici". La anécdota, obviando la dudosa genialidad de un servidor, viene de la importancia que le da el estudiante a ser saludado o iniciar una conversación informal fuera del aula. Puede parecer (o tal vez lo sea) una idiotez esta anécdota, pero si la encajamos con otras situaciones donde el alumno se nos torna invisible en cuanto cruza la puerta de su clase, o donde normalizamos los comentarios despectivos o desafortunados hacia estudiantes con problemáticas o comportamientos complejos, tal vez no sea para ellos tan irrelevante una actitud amable y considerada en público o en privado. Por mucho que sea el incordio, la falta de educación o la paciencia infinita a la que nos obliga a menudo la enseñanza.


En los estudios postobligatorios, como es en la Formación Profesional (a excepción de la FP Básica), damos por supuesto una voluntariedad en la asistencia y unas ganas por aprender por parte del estudiante. Sin embargo, bien sabemos que la realidad es bien diferente; en las aulas nos encontramos personas más o menos maduras, con distintas edades o recursos personales, con motivaciones y capacidades diversas. Lidiar con esa marabunta es complejo y difícil de llevar si no empatizas con esas mentes dispersas con prioridades habitualmente ajenas a nuestra realidad familiar o profesional. Y no hablo de permisividad ni dejadez de funciones, ni mucho menos. Me quedo con intentar recordar esa misma simpleza que nosotros un día traspirábamos cuando no éramos tan serios ni responsables como ahora. Además, ese incordio martilleante no quita de ningún modo un buen trato.


Hay docentes que, sin conocer cómo son dentro del aula, puedes casi asegurar, por su trato o comentarios, qué tipo de profesionales son; sin entrar a valorar sus competencias técnicas ni esas titulaciones que engordan nuestros currículums y alimentan egos. En un mundo laboral donde la tendencia es acreditar todo tipo de competencias y resultados de aprendizaje, tal vez no sea tan difícil remarcar la necesidad de tratar con normalidad a los demás, sin suficiencia y con un lenguaje afectuoso, desde la exigencia pero con el respeto debido. Y si metemos la pata, como suele ser también normal, disculparnos sin problema alguno. No importan los certificados, las canas ni el linaje. Ser normales con los demás, aunque pueda sonar políticamente incorrecto, es hoy día un valor añadido. Por suerte, he tenido, y tengo cerca, buenos modelos de esa normalidad. 

 

Foto de Ihor Malytskyi en Unsplash

HABLAR MAL DEL ALUMNO

lunes, 26 de febrero de 2024

 

hablar mal del alumno

Un buen indicador de la profesionalidad del docente está en la forma de referirse hacia su alumnado. No se trata de valorar las filias o fobias de cada uno, ni medir la mayor o menor bondad que cada uno atesora. La forma habitual que tenemos de calificar o adjetivar a los estudiantes, cómo valoramos sus acciones personales o académicas, o qué palabras utilizamos para dirigirnos hacia ellos dice más de nosotros que de ellos mismos. Y no me refiero a las formas, que pueden ser más o menos coloquiales o correctas según el entorno en el que estamos hablando. A casi todos se nos ha podido ir la lengua en alguna ocasión o no somos lo políticamente correctos que debiéramos. 

 

Afortunadamente, en las aulas no es habitual encontrar situaciones donde el desconsiderado o inoportuno sea el docente. Tal vez los alumnos, por inmadurez o falta de educación familiar, son más propensos a faltar el respeto hacia sus compañeros o profesores. Sin duda, hemos pasado de una escuela donde el temor reinaba en las aulas a estar en un contexto más laxo y cercano que favorece las impertinencias. Difícil equilibrio. En estos casos, como docentes, no nos queda otra que educar con todo lo que conlleva este término; porque no solo instruimos sino que constantemente tenemos la oportunidad de valorar aquellos actos que consideramos moralmente adecuados o inapropiados. Aún así, seguimos dando por sentados muchos de estos comportamientos, como si ser una persona correcta e instruida viniera de fábrica en nuestros jóvenes o niños. 

 

Sin embargo, el objeto de este artículo alude hacia la forma de hablar que utilizamos en público para referirnos a nuestros estudiantes, aún no estando ellos presentes. Hacer comedia o ridiculizar cualquiera de sus actuaciones no tiene excusa alguna. Tal vez nos pueden resultar graciosas ciertas respuestas o comportamientos e incluso nos sonríamos con la boca pequeña con las ocurrentes contestaciones de algunos; pero nunca es apropiada la chanza sobre aquellos para los que trabajamos. La burla o las odiosas comparaciones sobre la juventud actual tampoco son justas ni aportan nada en un contexto bien diferente al que tuvimos en nuestra época. Además de la desmemoria que solemos padecer, sin caer en la cuenta que no siempre fuimos esas personas formales y diligentes que ahora somos...

 

Al final, un truco infalible para saber cómo hablar sobre nuestros alumnos, es imaginar cómo me gustaría que hablaran sobre mí o sobre mis hijos; independientemente de las idioteces, las insolencias, la ineptitud o la ignorancia que suele venir de serie por edad o procedencia de esa valiosa materia prima con la que ocupamos nuestras jornadas lectivas. Ser bienhablado, cuando mencionamos a un alumno o alumna, también es educativo.


Foto de Dmitry Vechorko en Unsplash

FP A MEDIDA DEL ALUMNADO

martes, 23 de enero de 2024

 

FP A LA MEDIDA DEL ALUMNO

La FP es una etapa compleja en muchos aspectos, y uno de ellos está relacionado con la diversidad de alumnos que nos encontramos en las aulas. La creciente demanda de estudios de Formación Profesional tiene como consecuencia, además de grupos más numerosos, una extensa variedad de estudiantes que provienen de otros ciclos formativos, de estudios reglados tipo la ESO o el Bachillerato, titulados universitarios o personas que vienen del mundo laboral buscando un cambio de sector o una certificación profesional. Una amalgama en toda regla. 


Según el último estudio de CaixaBank Dualiza, 1 de cada 3 estudiantes que finaliza la ESO estudia FP, pero solo un 62,74% de los estudiantes en el curso 2021-2022 finalizaron sus estudios de Formación Profesional. Tal vez, estos porcentajes son una muestra más de la dificultad añadida que nos encontramos en aulas con estudiantes que presentan motivaciones dispares o necesidades variopintas por cuestiones personales. Alrededor de un 8%, sobre el total de FP, son estudiantes extranjeros y un 1,59% tienen discapacidad y trastornos graves. En definitiva, el maremágnum que hay en las aulas, por diversos motivos, precisa una atención más específica en cada nuevo curso.

 

Luego, si nos fijamos en otros datos estadísticos del Ministerio de Educación, FP y Deportes, relativos al seguimiento educativo posterior del alumnado de FP, podemos destacar que: de los graduados en FP Básica en 2020-2021, el 58,8% accede a un ciclo de FP Grado Medio en 2021-2022; el 50,2% de los graduados en FP Grado Medio en 2018-2019 inició un Ciclo Formativo de Grado Superior en los tres años siguientes; o que el 25,5% de los graduados en FP Grado Superior en 2018-2019 cursan estudios universitarios en los tres años siguientes. Observamos de nuevo una gran disparidad a la hora de continuar estudios o buscar salida en el mercado laboral. 

 

De nuevo, la labor orientadora es más necesaria que nunca tanto antes de comenzar un ciclo formativo como al final del mismo; incluso durante su formación, en aquellos casos donde se abandona prematuramente la titulación cursada. Todo ello también nos lleva a plantearnos la atención que damos en las aulas, no solo en cuanto a la formación en competencias técnicas sino también a la hora de transmitir esas otras competencias personales y sociales que suelen ser las más costosas de trasladar al alumnado. Pero, ¿estamos debidamente preparado para ello? El fortalecimiento necesario de los servicios de orientación específicos para los centros de FP es una buena medida (en aquellas comunidades autónomas que así lo contemplan), pero el resto de recursos de atención a la diversidad o una gestión del aula con estudiantes de muy diferentes perfiles, no puede hacerse solo con el sentido común que se nos supone; se precisa una formación específica al respecto. 

 

Por el momento, seguiremos tratando de dar esa formación a medida para cada uno de esos perfiles que abundan en las aulas: aquellos que estudian por obligación, los que toman la FP como una vía para otros estudios, los que están porque no sabían qué hacer, los faltos de motivación personal o valoración de sí mismos, los que buscan un trabajo, los que quieren reciclarse o reinventarse, los disruptivos o los atentos, los responsables o los indolentes, o los que exigen aprendizajes frente a los que solo quieren que el curso pase cuanto antes. 

 

Ante esta disparidad de actitudes, intenciones o capacidades, no nos queda otra que mantener un espíritu constructivo donde el diálogo y la paciencia son nuestros mejores aliados. Es sencillo quemarse en un ambiente escolar que suele caldearse con frecuencia y donde la exigencia profesional es alta si quieres que todos tus alumnos aprendan. Encontrar esos equilibrios en el aula, donde la tolerancia y el respeto caben, y sin necesidad de amargarse la existencia diaria a la par que tratamos de cumplir con las responsabilidades propias, hacen de la docencia una ocupación imprevisible, por no decir inefable.

IGNORANCIA PROFESIONAL Y EJEMPLARIDAD DOCENTE

lunes, 11 de diciembre de 2023

 

IGNORANCIA PROFESIONAL Y EJEMPLARIDAD DOCENTE

 

Damos por sentadas muchas normas de cortesía o de elegancia en el trato profesional. Queremos creer que cualquiera tiene ese sentido común a la hora de relacionarse o comunicarse con los demás en un entorno laboral. El casi extinto módulo de RET (Relaciones en el Entorno del Trabajo) así como el de FOL, incluidos transversalmente en todos los ciclos formativos de Formación Profesional, tienen entre sus objetivos facilitar la comunicación en un entorno profesional o tener una actitud positiva hacia la búsqueda o desempeño de un empleo. Esperemos que no se pierdan estos propósitos en los nuevos módulos de la FP que viene. 


Es difícil abordar ciertos asuntos que nos pueden parecer de sentido común o que debieran haberse tratado desde la familia o en cursos anteriores. Sin embargo, a menudo resulta inevitable tratar de abordar cuestiones relativas a esa corrección antes mencionada para guiar el comportamiento y no meter la pata en ciertas situaciones (entrevistas laborales, comunicación digital personal, reuniones profesionales, etc.). Aunque suene anecdótico, no es raro conocer casos de personas que se enfrentan a un primer trabajo o prácticas con una vestimenta inadecuada o con falta de aseo, gente que no atiende o devuelve llamadas o correos electrónicos laborales, empleados que no saludan o se despiden adecuadamente, que toman o dejan un trabajo sin la debida cordialidad o incluso exhalan suficiencia desde que acceden a su puesto.


Como mencionaba en un artículo anterior, el ejemplo y la filosofía de vida de aquellos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida profesional, trasciende mucho más de lo que nos pensamos. A pesar de toda la empatía que podamos atesorar, no hay quien no se vea influenciado negativa o positivamente, por esa falta de actitud de los que nos rodean y que a menudo recriminamos al alumnado. Disfrutar de un ambiente constructivo y estimulante es toda una fortuna en cualquier entorno laboral. Porque algunos han confundido esa popular resiliencia, y el saber decir que no, con un "porque yo lo valgo", caiga quien caiga. Conversar, aportar, crear, añadir, debatir, y enseñar, se pueden hacer desde el afecto y la profesionalidad. Sin miedo a tomarse los conflictos de un modo personal y sabedores de nuestras torpezas.


Afortunadamente, es mayoría el profesorado que se responsabiliza y preocupa por ser coherente con esa huella educativa que dejamos. Los que nos dedicamos a la docencia, bien sabemos que no solo transmitimos conocimientos sino que también aportamos referencias morales. Por eso, la figura del docente, es insustituible en cualquier sistema educativo que se precie. Ni la formación online ni cierto tipo de academias ofrecen esa valor añadido que un profesor o profesora ejemplar trasladan. No somos infalibles ni omnipotentes, ni podemos (ni debemos) pretender ser todos como la profesora de Diarios de la calle, pero es posible aspirar a trascender no solo a través de nuestra materia. 

 

La ignorancia, a cierta edad, es totalmente disculpable; y adelantarnos a la inexperiencia de los estudiantes es una de nuestras misiones. Otro asunto, más peliagudo, se nos presenta cuando abordamos esas otras relaciones del entorno profesional donde la mirada vital, la disposición, las creencias o la energía personal son harto complicadas en este maremágnum terrenal donde la vulgaridad y la excelencia habitan. 


El hombre selecto o excelente está constituido por una íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone. Recuérdese que al comienzo distinguíamos al hombre excelente del hombre vulgar diciendo que aquél es el que se exige mucho a sí mismo, y éste, el que no se exige nada, sino que se contenta con lo que es y está encantado consigo. Contra lo que suele creerse es la criatura de selección, y no la masa, quien vive en esencial servidumbre. No le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente. Por eso no estima la necesidad de servir como una opresión. Cuando ésta, por azar, le falta, siente desasosiego e inventa nuevas normas más difíciles, más exigentes, que le opriman. Esto es la vida como disciplina –la vida noble-. La nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos. Noblesse oblige.

La rebelión de las masas
Ortega y Gasset

LA INCLUSIÓN EDUCATIVA ES RENTABLE

martes, 30 de mayo de 2023

 

LA INCLUSIÓN EDUCATIVA ES RENTABLE

Cuando hablamos de incluir al alumno supuestamente debiéramos referirnos al significado que la RAE otorga al término: Poner a alguien dentro de un conjunto, o dentro de sus límites. Ese alguien que engloba a todos y cada uno de los alumnos que tenemos en clase, nuestro conjunto, y dentro de esos límites que marcan una ratio, una forma de acceso, una etapa educativa, una localidad o una edad determinada.

 

Y la inclusión nunca ha sido una moda. Todos conocemos escuelas que invitaban (e invitan) a sus jóvenes estudiantes a darse de baja de colegios o institutos por falta de nivel o a causa de un comportamiento inadecuado. Ahora, al igual que está pasando con el feminismo, hemos llegado a caricaturizar un término, la inclusión, que simplemente nos recuerda que la escuela no debe dejar nadie atrás. El buenismo sin herramientas específicas, los mensajes simplistas, la polarización en todos los ámbitos o la adoración del pasado, pueden haber influido en una malentendida inclusión. El esfuerzo por incluir siempre ha sido una opción necesaria y adoptada por educadores y docentes aún cuando no figuraba en las leyes educativas. 


Evidentemente, requerimos recursos específicos para atender muchas de esas necesidades especiales que conlleva una aula diversa donde cuando no fallan las capacidades cognitivas de uno, la salud mental de otros se desmorona, o la inmadurez de otra se refleja en comportamientos disruptivos. Y la mayoría hacemos lo que podemos, mejor o peor, a pesar de esos medios escasos o inexistentes. Sin embargo, la intención cuenta, y, a pesar de la ineficacia e ineficiencias del sistema educativo, la mirada que ponemos sobre cada uno de nuestros alumnos es vital. Lo que no quita que sigamos demandando servicios de orientación profesionales, atención psicológica y formación pedagógica para abordar determinadas problemáticas. 


Es fácil hablar de incluir cuando no tienes a un chaval incapaz de sentarse durante más de treinta minutos a una silla; o mientras no tienes a una chica totalmente abstraída a causa de problemas personales; o si no sufres una mayoría que solo piensa en terminar la jornada escolar, salir al patio y buscar el móvil para desconectar de la rutina escolar. Lo de (casi)siempre. Y la dureza de la docencia no está en reproducir nuestros conocimientos, sino en ser capaces de transmitirlos a todos y cada uno de los alumnos, sin perder la paciencia, desde el respeto y sin cejar en el empeño; pese a los fracasos, desagradecimientos, abandonos y conflictos que surgen. Empatía y profesionalidad deben ir de la mano. 


Pese a que hablar de inclusión rentable parezca un oxímoron, no podemos dejar de recordar todos esos chicos y chicas que, tras una trayectoria escolar complicada, consiguieron, gracias al acompañamiento de sus docentes, finalizar unos estudios y emplearse dignamente. Por no hablar de aquellos que encontraron motivos para seguir estudiando y regenerar sus expectativas personales y profesionales. No hay mayor rentabilidad que lograr, como decía Philippe Meirieu en "Carta a un joven profesor", convencer a nuestros alumnos contra toda fatalidad y subvertir su propia historia.


Foto de Justice Amoh en Unsplash

¿LOS JÓVENES NO SALEN DE CASA?

viernes, 19 de mayo de 2023

 

LOS JÓVENES NO SALEN DE CASA

La efectos secundarios de la postpandemia o la creciente atracción por la vida hogareña pueden ser alguna de las causas del inmovilismo que atenaza a muchos jóvenes. El confort digital que conlleva que prácticamente todos los hogares con hijos tengan acceso a Internet puede ser otro motivo para atrincherarse en un dormitorio que necesita no mucho más que un ordenador personal. Empezamos a correr el riesgo de importar una especie de hikikomori donde jóvenes y no tan jóvenes opten por una vida envasada al vacío. 

 

Como docentes, y como escuela, tenemos mucho que decir al respecto. Animarles a perder el miedo a lo ignorado o a vencer la falsa comodidad de su cuarto o entorno inmediato puede no entrar dentro del currículo pero es seguro una buena enseñanza. Los tiempos en los que solo queríamos huir de casa han pasado a mejor vida. La conectividad disponible 24/7 no invita a salir ni obliga a desconectarse de una familia que solía ser vista como desfasada. Ya hemos normalizado que cada uno de los habitantes de una casa disponga de varios dispositivos de uso privativo en su dormitorio. Las casas se parcelan alrededor de puntos de conexión. ¿Para qué salir del cuarto si nadie me incordia ni agobia?


Como enseñantes o profesores tutores tenemos cierta obligación moral para que aprendan a abrir los ojos. El arte, la música, la literatura o el cine son buenas aliadas para encontrar una ocasión donde hablar de otras culturas, otros países,  gente aventurera, nuevos paisajes, etc. Son muchas las novelas que podemos recomendar para que sientan esa curiosidad necesaria para lanzarse a conocer otras realidades. Por no mencionar películas fascinantes o incluso cuentas en las redes sociales o canales en YouTube que incitan a explorar otras geografías: chavales como YoSoyPlex o las clásicas guías de Lonely Planet  y las expediciones de National Geographic. Afortunadamente, siempre les queda la opción de solicitar una plaza con un programa Erasmus+ o un voluntariado europeo para abrir la mente con nuevos proyectos fuera del domicilio habitual. Aunque no hace falta comenzar como un Shackleton...


La sensación de peligro permanente, en una sociedad no más insegura que hace décadas, también hace mella en unas familias que sobreprotegen con todos los medios a su alcance; de nuevo la hiperconexión nos limita los movimientos con geolocalizadores y aplicaciones para comunicar cualquier contratiempo insignificante. Un whatsapp sin responder puede ser un drama hoy en día. La tecnología nos ha facilitado infinidad de trámites que antes eran tediosos, así como nos permite organizar cualquier ruta dejando todo bien atado de antemano; la comodidad nos impide aventurarnos y la incertidumbre no se tolera como antaño. Cuestión aparte son las dificultades económicas propias de la edad que se solían suplir con menores miramientos hacia las incomodidades de salir de casa con un presupuesto ajustado.

Además, nuestra capacidad de asombro se ha ido reduciendo. ¡Qué importante es conocer las odiseas que han sufrido otros jóvenes viajeros o personajes históricos y contemporáneos! A la vuelta de cada andadura nos damos cuenta de que casi todo permanece como lo dejamos. Nos perdemos mucha vida anhelando continuidad.


El confort que nos ofrece lo conocido es una traba habitual para no plantearse los enredos que ocasionan viajes y nuevas aventuras personales. Es necesario darles un empujón, si las circunstancias lo permiten, para emprender esas andanzas de las que seguro no se arrepentirán. La juventud y el atrevimiento deben seguir yendo de la mano. Todo no pueden ser peripecias virtuales o en realidad aumentada y bajo techo. Las experiencias vitales que reciben estudiando o trabajando en el extranjero son tan valiosas como cualquier acción formativa. Sigamos animándoles a conectar con lecturas, aventureros, migrantes y planes que les aporten mundología.


Foto de Mantas Hesthaven en Unsplash

LOS MALOS ALUMNOS

jueves, 11 de mayo de 2023

Si eres mal enfermo necesitarás la comprensión de tu médico. Sin embargo, si eres mal alumno no resulta tan evidente el remedio. Es alta la probabilidad de que tu caso personal acabe relegado en el jaleo habitual del aula. Puede que no existan recursos suficientes para ser atendido, sea cual sea la causa de tus dificultades, o que seas una molestia para el resto de compañeros por tu conducta o rezagamiento habitual. Y tendrás el sambenito del mal estudiante, el impertinente, el movidito, el contestón, el enjugazado (qué palabrita), el de ACI, el maleducado...Y pocos preguntarán qué te pasa, qué problema tienes o no entenderán esa adolescencia o inmadurez sobrevenida pero previsible a tu edad.


Luego vendrán quienes afirmen que esto que ocurre ahora son cosas de la modernidad actual, que antes todos éramos estudiantes estupendos, maravillosos y educadísimos. Que la comprensión y la armonía campaba por esas aulas de tiza cuadrada y tarima. La palabra disrupción no existía, parece ser. Ni los vándalos, impertinentes o gandules. 

 

Hay quien no parece darse cuenta de que la educación es para todos. Y más aún para quienes no estimamos que la merecen. Lo que no quita que ofrezcamos atención a los que en silencio pasan, curso tras curso, una escolarización discreta. Pero son los que más incordian, los que menos comprenden, los que más suspenden, aquellos que más recursos requieren. No podemos dejarlos a su buena o mala suerte familiar y personal. Las buenas escuelas brillan por su atención prioritaria a los alumnos que más lo necesitan. Los buenos estudiantes suelen progresar de forma autónoma pese a que también requieren de aliento y afecto como todos. No podemos tacañear con la empatía, a no ser que nos hayamos confundido en la elección profesional.


Puedes tener genio, afabilidad, ternura, carácter, sentido del humor, sobriedad, ironía o rectitud. Cada uno aportamos una personalidad distinta en la aulas con la que también transmitimos y educamos; por mucho que ahora algunos deseen una escuela mera transmisora de conocimientos. Podemos dejar huella e influir, como adultos, sobre unas personas que están en crecimiento y que absorben y sienten con mayor pasión que nosotros. Muchos están más horas con sus profesores que con su padre o madre. Incluso puede que nos escuchen o hablen más que a ellos. Merecen conversaciones, consejos, apoyo y todo eso que nos quita un estresante estilo de vida. 

 

Y la escuela, pese a los maldecidores de leyes educativas o los agoreros de la innovación educativa, sigue como casi siempre. Continuamos corriendo para acabar un sinfín de temas que son vistos superficialmente, mientras fingimos que todo lo comprenden pero no damos abasto con las correcciones y esos porcentajes que ponderamos a ojo. No hay tiempo para pensar en qué estudiar, en qué trabajar, qué lecturas criticar, sobre qué podemos conversar, descubrir el mundo y la cultura, quiénes somos... Y se multiplican las jornadas infantiles y juveniles interminables donde la única pausa es una pantalla inseparable. Todo se centra en una serie de calificaciones, en avanzar por cada etapa educativa sin demasiados daños colaterales, o en aterrizar donde las circunstancias, el esfuerzo o las capacidades han querido que te poses.  


Disfrutar de una escuela amable, considerada y afectuosa con todos es una obligación que tenemos como sociedad y un deber de nuestra condición docente. Luego ya podremos discutir de currículos, didáctica o tecnología.  

 

LOS MALOS ALUMNOS

CÓMO ESTUDIAR Y APRENDER MEJOR SEGÚN LA CIENCIA

domingo, 19 de febrero de 2023

Parece mentira, pero tengo la sensación de que no se dedica el tiempo suficiente para que los alumnos desde bien pequeños sepan cómo estudiar mejor, cómo aprender de un modo competente y rumiando, más que regurgitando, los conocimientos. Más allá de hacer resúmenes, subrayar o hacer esquemas, parece que no hemos avanzado mucho en la escuela al respecto, salvando las excepciones. El "a mí me funciona" sigue imperando y muchos estudiantes acaban buscando clases de refuerzo extraescolares o un apoyo personal para su organización académica. Y eso quienes se lo pueden pagar. 

 

Las técnicas de estudio siempre han sido ese grial que cualquier chaval escolarizado ha deseado poseer para mejorar sus calificaciones o simplemente aprobar más fácilmente. Son multitud los que no ven recompensadas sus horas de estudio por no saber enfocar un examen o ignorar cómo se aprende mejor. Por no mencionar la cantidad de exámenes realizados que acaban archivados y no se revisan ni rehacen por los estudiantes. O los esquemas y resúmenes coloreados, algunos con maravillosas y laboriosas caligrafías exigidas, que no cuentan con el pertinente feedback.Y así curso tras curso, durante al menos los diez años de la educación obligatoria. 

 

Los más talentosos suelen mejorar su eficacia en el aprendizaje, no solo por una mayor capacidad memorística, sino también por ese prueba y error que les convierte en estudiantes productivos a la hora de examinarse. Otros incluso tienen esa ayuda externa, por parte de docentes o familiares, que les transmiten los métodos que dan resultados. Pero una gran mayoría de escolares sigue arrastrando inercias inútiles y frustraciones con su desempeño. El fracaso escolar también se nutre de los que no saben estudiar y no encuentran el apoyo para enderezar su vida académica. Y aprender a estudiar mejor puede ser sin duda uno de esos puntales.


Utilizar la evocación, la práctica espaciada, la necesidad de olvidar y volver a recordar los conceptos, relacionar contenidos, ayudarse de materiales externos, colaborar para estudiar, dormir bien para retener mejor... son magníficos consejos que, avalados por distintas investigaciones nos ofrece Héctor Ruiz Martín en su libro "Conoce tu cerebro para aprender a aprender". Esclarecedoras estrategias para que nuestro cerebro retenga mejor esa información que tendemos a olvidar y que necesitamos recuperar en esos siempre temidos exámenes. Una indudable ayuda para mejorar la autoestima de los alumnos y obtener esos resultados que motivan a seguir estudiando. 

 

En cualquier caso, espero que desde los centros educativos se apoyen y difundan más este tipo de materiales, que se incluyan en las programaciones anuales, y se forme a los alumnos y alumnas a formas de aprender a aprender efectivas y eficaces. 

 


LOS PROFESORES NO SIEMPRE TENEMOS RAZÓN

jueves, 16 de febrero de 2023

Voy a lanzar una buena piedra a mi propio tejado. El malentendido corporativismo hace que nos mordamos la lengua con demasiada frecuencia. Somos poco dados tanto a la autocrítica personal como a la crítica pública sobre el trabajo de otros docentes. No queremos cogernos los dedos, herir sensibilidades o, peor aún, dar motivos a los alumnos para quejarse con razón. Pero no somos infalibles (aunque haya quien así lo crea). 

 

Algunos educamos a nuestros hijos e hijas a que sepan encajar la crítica hacia sus mayores (profesorado incluido) y respondan desde la educación y el respeto a cualquier conflicto o desacuerdo. Quizás seamos los últimos de Filipinas que tragamos sapos con tal de mantener la concordia y evitar consecuencias en el boletín de notas de nuestros descendientes. Actualmente, la percepción mayoritaria parece derivar hacia una falta de consideración de las familias sobre el trabajo docente. Sí es cierto que la censura pública se ha vuelto una afición que trasciende de los campos de fútbol. La gente no se corta. La sinceridad mal entendida es un plus mal adoptado de los realities televisivos. Pero, ¿esa falta de apoyo familiar o crítica endémica hacia la escuela es una sensación infundada o realmente estamos haciendo algo mal a nivel comunicacional y en nuestra docencia? 

 

Lo cierto es que todos nos confundimos, metemos la pata, hablamos más de la cuenta o reaccionamos con falta de acierto en más de una ocasión. Es fácil errar, tras cientos de horas lectivas al año, en muchas de las decisiones o acciones que tomamos en un curso que a menudo se hace largo. El problema, en mi opinión, radica en lo que nos cuesta disculparnos, en privado y a nivel personal o públicamente en el aula, y reconocer sin rubor esa equivocación cualquiera que todo profesional comete. Podemos refunfuñar sobre lo mal que nos ha atendido un dependiente, reclamar la falta de atención de nuestra oficina bancaria, protestar sobre el corte de nuestro peluquero o lamentarnos por el trato recibido en un restaurante; sin embargo, ¿somos ajenos, o consideramos del mismo modo en el sector educativo, las decepciones o disgustos de nuestros estimados usuarios para con nosotros? ¿tienen alguna razón cuando protestan sobre nuestros ademanes, correcciones, métodos o negligencias?


Más aún cuando somos sabedores de la falta de madurez, la ineducación o la carencia de referentes personales que acusan muchos de nuestros alumnos. Y no estoy tratando de justificar lo que en ocasiones entendemos injustificable. Me refiero a comprender y empatizar con el alumno, buscando esa formación integral de la que presumimos, siendo conscientes de que también patinamos y que nos honra reconocerlo. No siempre tenemos razón. No lo sabemos todo al respecto de nuestra materia. No siempre cumplimos todos con lo que se nos exige en nuestro puesto. Al final y al cabo somos humanos y el despotismo es un seguro para perder la estima del alumno. La generosidad, la falta de rencor, la tolerancia y el saber disculparse con nuestros alumnos nos diferencian como docentes. Perdonad mi atrevimiento. 

 

LOS PROFESORES NO SIEMPRE TENEMOS RAZÓN

Foto de CHUTTERSNAP en Unsplash

LOS JÓVENES DE LA FP ACTUAL

domingo, 15 de enero de 2023

Ahora que cunde el pesimismo y cierta alarma ante la juventud que se avecina siempre nos quedan esos testimonios de primea mano que pueden no atesoren la validez de sesudas investigaciones científicas, pero son un ejemplo de que el mundo gira en el sentido correcto. El prisma de los que no pisan las aulas a nivel profesional tiene claroscuros. Sin embargo, nos fijamos más en en esa fracción sombría que parece invalidar la lucidez que también destellan los no docentes. 

 

En prensa salen modelos de hijos y estudiantes ideales, al igual que docentes y padres modélicos; en contraposición a la masa ordinaria que ocupamos el planeta y que, acertada o equivocadamente perseguimos lo mejor para los nuestros. Y por el camino nos dejamos las huellas de los que, discretamente, siguen búscandose la vida pese a su inmadurez o su situación personal y familiar. Este artículo viene al caso de un amigo que, con los cuarenta ya avanzados, ha pasado recientemente como alumno por las aulas de FP en un ciclo formativo de grado medio. 


Como me cuenta, y bien sabemos los que convivimos con la juventud, los estudiantes le parecen más resueltos de lo que él recordaba en su adolescencia; con sus inquietudes y con las ideas claras sobre qué hacer en el futuro. Buenos chavales, espontáneos y sin pelos en la lengua a la hora de hablar con los adultos. Estudiantes de Formación Profesional que también se buscan la vida fuera de las aulas para pagarse sus gastos. Chicas y chicos que saben que necesitan seguir estudiando para no dormitar en esa precariedad laboral del empleo con baja cualificación. Chavales con ilusiones, pese a un entorno que poco acompaña, que desean tener un trabajo bien remumerado. Jóvenes que desean avanzar a lo largo de esa caprichosa e inestable pirámide de Maslow. Una juventud que también es consecuencia de los vaivenes educativos de los adultos que les preceden. Su supuesta indolencia, el consumismo que predican o la deseada falta de atención son problemas causados por los habituales sospechosos pero sin ningún responsable confeso entre sus ascendientes.

 

Los que nos dedicamos a la Formación Profesional bien sabemos que no es oro todo lo que reluce. Que podemos poner muchas pegas a la ordenación académica y a la organización de la actividad docente. Pero somos conscientes, pese al esfuerzo que conlleva tratar de enseñar a jóvenes inquietos (en todos los sentidos), que muchos de ellos son ejemplo para los que abandonaron el sistema educativo por distintas razones o para aquellos que aún no conocen los derroteros de su incipiente vida adulta. Y tenemos la suerte de poder darles ese empujón que necesitan. Animarles a conocer otras geografías, equivocarse, a seguir estudiando, a leer y escuchar antes que opinar, y buscar ese lugar en el mundo que no tiene porque ser convencional e inamovible. 

 

Podemos despotricar de la rémora de las redes sociales, de la música adulterada con autotune o de la falta de modales de una chavalería con pocos prejuicios; pero más nos vale recordar un final del siglo veinte donde el alcohol, las drogas, el sexismo o los excesos en la carretera eran moneda corriente. O una FP donde solo cabían los escolares deshauciados o aquellos que no podían permitirse más años de formación. Ahora tenemos unas aulas variopintas; pobladas también de jóvenes agitados y serenos que necesitan de cada uno de esos docentes que les descubren saberes y nuevos puntos de vista para seguir creciendo. Probablemente más que nosotros. 

 

LOS JÓVENES DE LA FP ACTUAL

¿CÓMO TENER MEJORES ESTUDIANTES?

lunes, 9 de enero de 2023

Cada uno cuenta la película según su punto de vista. No necesitamos que nos hagan spoiler para saber si fuimos buenos o malos estudiantes; si pencamos lo suficiente para sacar el curso sin problemas o si nos dedicamos a deambular por las aulas para no desencantar a nuestros progenitores o evitar conflictos. Ahora (como siempre) el profesorado se queja de la inmadurez de los chavales, de la excesiva complacencia del profesorado o de los padres y madres malcriadores. Parece que en ese cercano ayer no hubo lugar al despiporre con los aprobados y las calificaciones no se engordaban con dietas caras.

 

Pero eso fue antes de ayer. Ahora somos unos 47 millones de personas en España frente a los pocos más de 30 millones que había en los años sesenta del siglo pasado. Todo ha cambiado mucho desde entonces. Tanto a nivel de masificación en las aulas, como la filosofía educativa reinante o el nivel de recursos disponibles. Sin embargo, seguimos protestando de los alumnos que nos han tocado en suerte. Mala o buena, según como lo veamos. Y atendemos poco a las causas y a los remedios para que nuestros estudiantes sean mejores de lo que nosotros, según cada promedio particular, fuimos. Tendemos a recetar las mismas soluciones que nos ofrecieron antaño y según la película que vivimos: la del buen, mal o regular estudiante (no confundir con "El bueno, el feo y el malo"). 

 

¿Y qué podrían hacer nuestros jóvenes estudiantes para mejorar? ¿Y qué significa mejorar? La mayoría optará por el sentido de obtener buenas calificaciones; otros se conformarán con no suspender; y los menos preferirán hablar de motivación por el aprendizaje y descubrimiento de sus talentos. Incluso habrá quien se incline por la búsqueda del equilibrio emocional y la adquisición de herramientas para afrontar la vida adulta y ser mejor persona. Y creo que todo es factible y deseable. Y comprensible.


Sin embargo, a mi parecer, deberíamos comenzar con no quitar las ganas por aprender; así como no desmotivar a esos críos motivados que conforme avanzan los cursos van cayendo en el desengaño de un sistema educativo que abarca un exceso de contenidos con los que no encuentran una relación directa en sus vidas. Pese a los que creen que vivimos en páramos escolares alejados del libro de texto y los exámenes convencionales. Siempre me he preguntado porque no se aprenden más ciencias naturales en nuestros parques, porque no se conoce más la historia del arte a través de nuestro entorno urbano, o porque no se lee a mansalva en nuestros centros educativos. Supongo que habrá centros que así lo hagan, pero me temo que no son la norma. Y en FP, una feliz anomalía en el sistema educativo, corremos también el riesgo de teorizar en exceso sin atender a la práctica indispensable de cada oficio. Otro asunto, que merece muchas más líneas, es la digitalización descontrolada.


Entiendo las dificultades que afrontamos. Sin duda es necesaria la exigencia, esa que algunos demandan como si hubiera quien gustase vivir en el caos, pero es aún más innegable que los alumnos requieren una atención personal y unos recursos a la medida de nuestros requerimientos. Si hay carencias en la lectoescritura, como solemos lamentar, ahí tenemos mucho margen de mejora en todas y cada una de las etapas educativas. Porque, ¿hacemos individual y colectivamente algo al respecto? Lo mismo con las competencias numéricas. Luego está la falta de conocimientos sobre cómo estudiar mejor. Avanzar de las típicas técnicas de estudio o de los métodos que creemos funcionan a nuevas formas que sabemos a ciencia cierta que son eficaces (muy útil la guía para estudiantes de Héctor Ruiz Martín). 

 

Aún así, seguiremos probablemente con nuestra crítica peliculera, aportando datos u opiniones en un debate educativo poco centrado y que tiende al desencuentro. Continuaremos como figurantes con limitada capacidad de cambio, más allá de nuestro ámbito inmediato, y alabando o despotricando de la cartelera que nos ha tocado vivir a nosotros y a los nuestros. Espero, al menos, aportar alguna posibilidad de cambio para esos estudiantes que merecen ser protagonistas de sus propias vidas. Y sean mejores personas, además de estudiantes. 

 

CÓMO TENER MEJORES ESTUDIANTES

LA EDUCACIÓN, LOS ESTUDIANTES Y LOS DOCENTES DE ANTES ERAN MEJORES

jueves, 5 de enero de 2023

La nostalgia lo invade todo. Los recuerdos gratos de los tiempos de la EGB se multiplican en las redes. Ya no hay nostalgias como las de antes, reza la web de "Yo fui a EGB". Y la nostalgia vende. Y mucho. Lo retro y lo de segunda mano es ahora más dabuti que cualquier producto o servicio actual. La autenticidad está en el ayer y el futuro solo ofrece copias baratas carentes de originalidad. Y en educación más de lo mismo. Se ha viralizado un artículo en un tono ochentero sobre la calamidad de estudiantes que pasan hoy en día por los aularios de la universidad; engañados a causa de una confabulación del sistema educativo.

 

Podemos poner muchos peros a la educación actual. Sin embaro, no estoy seguro si esos emperos son más numerosos o críticos que los que pondríamos a la educación de antaño. Podríamos listar numeros ejemplos de falta de educación en aquellos tiempos añorados. Lo cual quizás no justifique el nivel (más o menos limitado) de la oferta educativa existente. Algunos tal vez recuerden la educación básica con simpatía: los castigos humillantes y estériles, los reglazos ocasionales, las gamberradas violentas, la falta de educación sexual y afectiva, el fácil acceso al alcohol y las drogas (duras también), la masificación en las aulas, la ley del más fuerte, el estigma de los repetidores... O añoren sus años universitarios donde la sapiencia era omnipresente: la cafetería era el aula más poblada, las fiestas universitarias dentro de las facultades eran foros de distinción, el dictado de apuntes maravilloso y el debate o la relación directa con el profesorado se obviaba por motivos superiores. Y nadie copiaba, por supuesto. 

 

Supongo que todos esos estudiantes, ahora viejunos y entre los que me encuentro, habrán sido capaces de dejar un mejor legado que sus antecesores. Si tan buena educación recibimos, los ahora docentes de secundaria o universitarios, debiéramos estar sembrando valores, exigencia y erudición a raudales. ¿No somos parte todos de ese sistema educativo tan criticado? ¿Hacemos lo indispensable para elevar ese nivel deseado y esa atención educativa donde los alumnos mantengan o acrecienten la curiosidad por el aprendizaje? ¿Quiénes son los responsables de esa supuesta bajada de nivel: las familias, los educadores de la etapa infantil, primaria, secundaria o universidad...? ¿O a partir de que década comenzamos a culpar a los enseñantes y progenitores? ¿Los nacidos en los años sesenta, setenta u ochenta... del siglo pasado?

 

Los sesgos de nuestras percepciones personales son el caldo de cultivo perfecto para opinólogos y detractores nostálgicos. Solemos recordar, más aún si fuimos buenos estudiantes, los tiempos pasados como parte de esos tiempos dichosos donde todo eran parabienes para unos jóvenes preparadísimos pero sin empleo a la vista. Seguramente ahora nos enfrentamos a problemas distintos. La falta de atención provocada por los dispositivos móviles, la escasa autonomía fomentada por padres y madres ausentes pero sobreprotectores o un panorama educativo y económico con mayores oportunidades, acaba cambiando las aulas. Y no solo para mal. Poder conversar con los alumnos, sin barreras, es un oportunidad para quien la quiere aprovechar; tener menos alumnos en el aula es un logro a menudo olvidado (pese al margen de mejora de la ratio); o disponer de recursos digitales practicamente infinitos es posible desde hace cuatro días. Sin contar con las posibilidades personales que tenemos para la autoformación o el debate educativo con otros profesionales de la misma o distinta cuerda. 

 

Tal vez, para variar y empezar el año, cada uno podríamos revisar nuestras prácticas: cómo enseñamos, qué nos parece realmente importante para nuestros alumnos y alumnas, en qué podemos estar fallando, cómo lo hacen los mejores docentes, qué cuentan otros profesionales de mi etapa educativa, qué piensan los estudiantes de mi enseñanza, dónde tenemos margen de mejora o reflexionar si realmente todo la responsabilidad la tiene una sociedad de la que también formamos parte.  

 

La educación, los estudiantes y los docentes de antes eran mejores.

Con la tecnología de Blogger.

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