EDUCAR PARA NO CONSPIRAR

sábado, 3 de octubre de 2020

Damos por supuestos demasiados conceptos vitales. Luego, nos chocamos con esa fea realidad que descubrimos en ciertas actitudes insensatas a nuestros ojos o esa indolencia que una minoría bulliciosa se empeña en plantarnos en los morros. Es comprensible que algunos jóvenes bailen en la incertidumbre de un pensamiento al compás de vídeos de YouTube o de las habladurías con propios y extraños. No es tan entendible que otros tantos adultos no reparen en la importancia de sus actos para con el bien común; ya sea en un centro de trabajo, en la calle o cualquier otro establecimiento público.

 

Educar para desdeñar teorías conspiratorias, bulos o esas estúpidas fake news que pululan por las redes, es más necesario que nunca cuando la salud es lo que está en juego. Que nadie tenga la tentación de crear una asignatura para ello; sin embargo si es necesario leer más, dar ejemplo con la actitud y acción personal y crear espacios y momentos para reflexionar al respecto. En una sociedad donde la mayoría va a la suya (o como máximo se preocupa de sus allegados), hay que poner el acento en la necedad que supone tragarse conjeturas o creencias sin base científica alguna o sin datos que las respalden. No nos vale solo con colgar carteles informativos o utilizar pasajeras campañas audiovisuales.


Leer periódicos no está de moda. Algo habrán hecho también los medios de comunicación para el desapego que provocan entre la juventud. Desde la escuela tampoco se siente ese interés en la actualidad informativa a través de los medios de información escrita y mediante lecturas sosegadas de los mismo. Somos carne de vídeos de un minuto emitidos en Internet o presa de tertulianos televisivos que vociferan para un público talludito en su canal favorito. La receta, en mi opinión, siempre está en dar qué pensar; salir de la rutina de ese pensamiento que nos lleva a no salir del redil mundano e invita poco más que a pensar en nuestro bienestar personal, alcanzar cierto nivel de consumo y aparentar un felicidad perpetua en esa malla virtual que tejemos en las redes para atraparnos a nosotros mismos.


Leer y leer. Discriminar lecturas y fuentes de información. Tareas engorrosas en los tempos que corren. Mucha tableta, mucha app y poca conexión con esa realidad donde los jóvenes alumnos tienen mucho que decir cuando hablamos desde el conocimiento y no desde la mera opinión o la superficialidad. A todo ello contribuimos con eslóganes breves, frases hechas y una apariencia engañosa (y a menudo ridícula) a través de simples instantáneas que siguen el formato un instagrammer cualquiera. 


Y lo peor puede estar por llegar. Padres y madres que han claudicado a la dictadura de la pantalla; ellos mismos solo creen lo que ven (ya que leen poco). Niños acostumbrados a vivir bajo el clic sin ningún filtro y con la notificación de un me gusta como banda sonora de su existencia. Seguramente, tendremos que esperar a que la generación de aquellos que ahora rondan los dieciocho años sean padres y deshagan el entuerto de una mala educación basada en la barra libre tecnológica que se administra desde la cuna. Ellos son ya conocedores de la idiotez que provocan las redes, de los contenidos intolerables que consumen muchos niños o del postureo que atrapa las vidas de unos chavales que debieran estar jugando con una pelota o deambulando con sus amigos. 


No se trata de sermonear, como frecuentemente hacemos. Dotemos las aulas de recursos e insistamos al profesorado en la necesidad de un conocimiento que sobrepase el libro de texto y ese copio y pego que inunda los trabajos escolares. Leamos, hablemos y perdamos el tiempo en desgranar la información veraz en aquellas cuestiones donde no cabe la opinión. Encendamos el móvil para recibir y cribar los datos contrastados y no solo imágenes intrascendentes para seguidores provisionales. Estamos a tiempo. 


educar para no conspirar

photo credit: DrQ_Emilian Hot Newspaper via photopin (license)

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