EDUCACIÓN: ¿CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE PEOR O MEJOR?

lunes, 14 de junio de 2021

En la actualidad, para variar, seguimos criticando leyes educativas, el aprendizaje competencial o a través de proyectos, el bajo nivel del alumnado (y profesorado), la exagerada introducción de las emociones en el aula, la formación docente, la introducción de dispositivos, la ratio alumnos-docente, las modas pedagógicas, el gurusismo en las redes o cualquier otro asunto que pueda servir para vender titulares de prensa o incluso un libro propio. 


Algunos lo harán desde la autocrítica como un modo de mejorar las deficiencias de nuestro volátil y remolón sistema educativo. Otros, desde esa atalaya donde se divisa un pasado ideal donde el conocimiento y la cultura fluían acompasadamente entre una juventud esforzada. Unos cuantos se servirán de la crítica para defender su ideología y buscar la confrontación con el gobierno de turno (hasta que administren los suyos). 


Leemos entrevistas o escuchamos ponencias con aseveraciones concluyentes donde nos dejamos obnubilar por un pasado idealizado gracias al cual somos ahora ilustradas personas de bien frente a la barbarie que nos acecha. Parece que, al igual que olvidamos las noches en vela con nuestro primer hijo y seguimos deseando un segundo y un tercero, la mente tiende a arrinconar ciertos infelices recuerdos escolares. Yo no recité la lista de los reyes godos (me parece que ese recital es una leyenda); pero haciendo memoria, recuerdo clases con más de cuarenta y cinco niños (todo varones), algunos capones aleatorios, docentes más severos de lo admisible, desatención emocional y una ley de la selva donde los más débiles e inadaptados acababan rezagados o expulsados del sistema.


El problema lo tenemos en que tras más de cuarenta años parece que seguimos titubeando tanto en relación a los objetivos del sistema educativo como de los medios y métodos a utilizar en las aulas; los docentes tras distintas leyes educativas seguimos a nuestro aire con más o menos acierto y con una praxis influenciada más por el entorno próximo o las modas educativas que por cualquier directiva de la administración. Los equipos directivos tienen, para bien y para mal, un gran efecto en los métodos que el profesorado utiliza normalmente a través de la formación recomendada o de un proyecto educativo cohesionado. Las familias, por su lado, no entienden de didáctica más allá de lo que experimentaron como estudiantes o de lo que su sentido común les puede decir; a menudo son más fuente de conflicto que un agente colaborador de la escuela. 



Pero, ¿no estábamos mejor en el pasado? A nivel didáctico era todo mucho más sencillo: la cotidianidad del enseñante la definía un libro de texto y una instrucción directa donde el docente y el alumno tenían claro su papel. La formación pedagógica brillaba por su ausencia, y la innovación se limitaba a alguna visita extraescolar o al uso del VHS. Como alumno solo te quedaba esperar que te tocara un docente afectuoso y no demasiado intransigente. Ahora, la cosa ha cambiado, la relación no es tan distante; aunque el alumno sigue desconfiando de una figura docente a menudo desbordada o con la paciencia puesta al límite. La familia ofrecía, normalmente, un apoyo incondicional al profesorado; a cambio, el alumno, no tenía presunción de inocencia alguna. Hoy día el panorama es imprevisible. 


Para rematar, la orientación educativa era muy simple: a los catorce años muchos dejaban de estudiar para buscar un oficio o eran encaminados hacia una FP destinada para aquellos que no "valían" para seguir estudiando. Los elegidos seguían con un bachillerato dirigido casi exclusivamente a aquellos con intenciones universitarias. Pese a todo, tenemos mucho que agradecer a esos docentes de FP que lograron dar un futuro a miles de los jóvenes de entonces. Mucho ha cambiado, afortunadamente, el panorama al respecto: tenemos una Formación Profesional donde caben todo tipo de perfiles personales y vocaciones laborales; que permite una transición flexible a otras etapas educativas y donde ya no es motivo de deshonra afirmar que estás cursando un ciclo formativo. 


En el camino puede que nos hayamos dejado cierta exigencia o una amplia cultura general que los mejores estudiantes exprimían durante su escolarización. La importancia de la lectura y escritura, unos valores definidos y los modales eran puntales de un sistema educativo poco dado a pensar en la personalización del aprendizaje o en una inclusión como hoy día la entendemos. Los que más sufrieron esa escuela son los que ahora se rebelan frente a esa tendencia conservadora que entiendo está encabezada por aquellos que fueron brillantes y esforzados estudiantes. Casar exigencia con inclusión es la parte más difícil de este paisaje educativo actual. No dejarnos a nadie en el camino es una obligación que tenemos como sociedad sin obviar que debemos inspirar cuando convivimos en un mundo con un presente disruptivo y un futuro que se antoja precario. 


Ya tenemos suficiente experiencia para saber qué aporta la tecnología y cómo y cuándo debiéramos implantarla en las aulas. Ya debiéramos conocer la mejor forma de introducir las lenguas cooficiales y extranjeras. Ya podríamos tener claro que una buena biblioteca escolar y un equipo de docentes formados en el fomento a la lectura es mucho más importante que cualquier otra innovación. Ya debiera ser evidente que hay que contar con el profesorado y la investigación educativa para llevar a cabo reformas. Ya sabemos que la burocracia escolar es inútil y que necesitamos medios y pocos alumnos para atenderlos convenientemente. Para ello, precisamos líderes educativos que escuchen y actúen sin sesgos, desde la experiencia acumulada en las aulas, con capacidad de consenso y flexibilidad, con decisión y una visión optimista, a la vez que realista, de la educación que queremos. Y que pisen las aulas y lean mucho, si es posible. 


Photo by Paolo Bendandi on Unsplash

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