PALABRAS PROFESIONALES

sábado, 22 de enero de 2022

Si hay algo inadmisible e inexcusable a nivel docente es la utilización de un vocabulario denigrante hacia el alumno, ya sea en público o en privado. Dirigirse hacia el alumno a través de calificativos que tachan de anormal o "cortito" a un chaval, dice mucho de la calidad humana y profesional de un docente. Si en caliente no tiene excusa, menos la tiene aún en frío; cuando en alguna reunión puedes oír risotadas o esas gracias sin gracia hacia ese alumno que no llega. 

 

En tiempos donde las redes sociales y la mensajería instantánea son el nuevo boletín oficial del estado; donde la imagen camufla los hechos con frases grandielocuentes; donde se valora la persuasión de los jóvenes (y mayores) inmaduros a través de la propia estampa; continúa siendo intolerable esa falta de sensibilidad con el vocabulario. Algunos, no sé si muchos o pocos, estamos hartos de la titulitis, del escaparate narcisista, del quejido si luego no cumples, de la incongruencia profesional que destilan las palabras. Desencantados de la inacción de quienes siempre tienen razón o se acogen a los derechos y a su articulado, pero nunca exigen el cumplimiento escrupuloso de los deberes que acogen al alumno o que facilitan el trabajo de los compañeros. 


Siempre, pese al exhibicionismo actual, han pesado más los que trabajan como hormigas, dando el callo aunque caigan chuzos de punta; ofreciendo lo mejor sin amiguismo o sin buscar prebendas envueltas de humo. También en educación. Los imponderables, los intangibles con los que trabajamos como docentes no siempre pueden medirse en procedimientos de calidad. Sin embargo, las palabras se pueden calibrar todo lo que deseemos. Luego, el corporativismo nos silencia por no entrar en conflicto, pese a la vergüenza ajena que padeces y a la mirada agria de unos pocos que debieran haberse decantado por la acuicultura o el mundo del espectáculo. ¿Debemos transigir con ese lenguaje y la banalidad permanente en el entorno escolar?

 


 

Es curioso que, en tiempos donde se busca tanto la protección de datos, inundemos las redes de imágenes y palabras poco profesionales con frivolidades de la vida cotidiana y personal, empujando a los alumnos (menores incluidos) a seguirnos y darle a un me gusta tu careto y la frase de tu tazón de café con leche. El problema se agrava con una escuela o sistema cómplice que favorece no solo la banalidad, sino también la pérdida de tiempo como un meme reciclado. Una escuela que debiera ser dique de contención de esa tromba digital que adormece al público de todas las edades. Un dique que podemos construir con hechos y palabras sinceras, con sentimientos y profesionalidad; con contenidos preciosos no solo esteticamente.

 

Los centros educativos no están para calificar ni colgar sambenitos. La escuela debe ser un espacio para dar oportunidades, que algunos desgraciadamente rechazarán, pese a la escasez de recursos y las trabas que encontramos cada curso. La escuela debe respirar palabras de aliento, de escucha; pese a los impertinentes que aún están creciendo y buscando su espacio. Recordar la finalidad de la escuela nos da motivos para no caer en la fatiga profesional o poner en marcha un piloto autómatico en busca de la jubilación soñada. La escuela necesita gente ilusionada, implicada en un proyecto común, con lo pies en la tierra, cargada de palabras amables y sabedora de que la larga andadura valdrá la pena. Y no solo a uno mismo.


Photo by Possessed Photography on Unsplash

1 COMENTARIOS:

Anónimo dijo...

Sabias palabras que debería oir el profesorado cada mañana antes de du jornada.Y practicar, claro

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