SOLUCIONES TRAS DOS CURSOS DE UN NUEVO SISTEMA DE FP

lunes, 18 de mayo de 2026

 


 

El curso llega a su fin y las sensaciones, tras una completa implementación del nuevo sistema de Formación Profesional en los ahora llamados grados D (ciclos formativos de grado básico, medio y superior), nos dejan con un cierto sabor agridulce. Incluso alguno o alguna podría describir cierta amargura a la hora de digerir una necesaria transformación que no siempre ha sido ni bien entendida ni bien acompañada. 

 

En cualquier caso, como docentes, sabemos que los cambios educativos requieren una destilación lenta y que, a pesar de la normativa, si no se comprende la mejora ni se facilitan los medios necesarios, todo suele acabar en un estricto cumplimiento donde todo cabe en un papel fácilmente rellenable por la IA generativa de turno. Y en esas andamos. Seguimos despotricando ante una Administración que no predica con el ejemplo y no revisa toda la documentación inservible que nos hemos acostumbrado a reproducir y multiplicar en los centros educativos. En algún momento asimilamos que la burocracia añadía calidad a un sistema donde la materia prima son personas. Quizás sea ahora un buen momento para eliminar documentos y procesos que, lejos de mejorar procesos, nos siguen distrayendo de lo más importante: desarrollar la educación del alumnado. 

 

Porque, cuando hablamos de educación, a pesar de las temidas acusaciones de adoctrinamiento, bien sabemos que educar supone actuar de un modo integral sobre los jóvenes que pasan cada día por las aulas. En la FP nos debemos tanto a una formación técnica, donde se priorizan las competencias profesionales, como a unas cada vez más relevantes competencias transversales donde además de las manidas soft skills se debieran integrar aquellos valores en los que coincidimos como sociedad y que forman parte del marco de los derechos humanos universales y la propia Constitución Española. La libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo no debieran provocar ningún tipo de autocensura; es deseable entender la educación como un modelo democrático donde los estudiantes participan, debaten y defienden sus ideas desde el respeto a los demás y con el conocimiento como argumento.

 

Aún teniendo clara esta cuestión relativa a los objetivos de la educación luego nos queda saber cómo lograrlos. Y es aquí donde entiendo surgen más dudas y donde cierto debate educativo nos ha llevado a despotricar del actual contexto generado por esa población adulta a la que pertenecemos y no por esos jóvenes que ahora habitan en una sociedad con problemáticas diferentes. Sin olvidar nuestra responsabilidad o falta de autocrítica y anestesia frente aquellas medidas ilusorias basadas en la forma y no en el fondo. Tampoco ayuda esa sensación de carga creciente en número de tareas sin haber obtenido a cambio motivos adicionales para seguir desarrollando una labor educativa cada curso más compleja. Creo que es preciso un rediseño de un sistema donde, además además de buscar la lógica eficiencia de los recursos y con cierta solidaridad, se busque innovar con el fin de mejorar el aprendizaje del alumnado. 

 

Es necesario un profesorado que se apasione los máximo posible por el contenido de sus módulos y que a su vez tenga los recursos necesarios para exponerlos y trabajarlos en las aulas y talleres, sabiendo trasladarlos a los alumnos con las mejores herramientas didácticas posibles. Sin esa caja de herramientas estamos vendidos. Ya no hablo solo de aprender a desarrollar metodologías activas, sino también señalando las carencias de nuestros estudiantes con el fin de poner remedio a esa falta de comprensión lectora, vocabulario, razonamiento matemático o falta de curiosidad por todo aquello que desconocen. Se hace imprescindible, pese a la dificultad de la empresa, mostrarles todo lo que no saben y pueden saber. 

 

Para todo ello disponemos tanto de los recursos que la rigurosa investigación educativa nos aporta: cómo captar la atención del alumnado, cómo evaluar formativamente o cómo diseñar tareas que esquiven ese empobrecimiento cognitivo que acompaña a un mal uso y abuso de la inteligencia artificial generativa.  ¿Nos formamos en ello o seguimos enfocados en las herramientas TIC y una competencia digital meramente instrumental? ¿Leemos al respecto y alimentamos ese trillado pensamiento crítico del docente o seguimos con las ocurrencias y modas de turno?

 

Ya han pasado casi dos cursos desde que comenzamos a implantar la nueva ley de Formación Profesional y ya va siendo hora de que dejemos de poner el foco en esa numerosísima lista de resultados de aprendizaje y criterios de evaluación con el fin de quedar bien en la foto. El extremismo con los RA es todo un padecimiento. Era necesaria una revisión, actualización y ampliación de los módulos profesionales y transversales; pero aún es mas indispensable progresar como docentes en un contexto cambiante donde solo la experiencia acumulada no ayuda a mejorar el sistema. Hace falta una mayor aplicación a la realidad de nuestros módulos junto a una modernización técnica de procedimientos y recursos. La transformación de la FP no se originará desde una hoja de cálculo más o menos enredada.

 

¿Por dónde comenzar? Simplifiquemos tareas administrativas y esas cuantiosas rutinas evaluadoras que nos agobian; compartamos estrategias docentes poniendo el acento en la evocación, la practica espaciada y el rediseño de materiales y actividades a evaluar (con o sin IA); busquemos la atención en las aulas a través de una programación del aula donde la diversidad de tareas sea una constante para sorprender y mantener ocupados a los alumnos; y dotemos de tiempos de conversación y reflexión a los equipos docentes de cada ciclo. Miremos hacia adelante y no caigamos en la trampa que promete resolverlo todo volviendo la vista atrás. Eso sí, siempre va bien mirar de reojo... 

 

Foto de Rocky Xiong en Unsplash

LOS ALUMNOS SON CADA VEZ PEORES

martes, 28 de abril de 2026

 


La afirmación que da título a este artículo podría ser uno de las miles de apreciaciones similares que seguro oímos con demasiada frecuencia en las salas de profesores. Quizás, y es también una percepción, no ha existido jamás época alguna donde se afirmara justo lo contrario: Los alumnos son cada vez mejores. O, tal vez, somos todos de una generación donde los jóvenes alumnos éramos amantes del esfuerzo, la disciplina y una concentración denodada en todas aquellas lecturas que nos proponían. Aunque esta última parte me encaja menos, ya que despotrica igual un joven docente, con poco más de diez años de diferencia sobre sus estudiantes, que cualquier otro u otra docente que peina canas y tiene la jubilación a la vuelta de la esquina. 

 

Criticamos al mismo nivel los que hemos disfrutado la E.G.B. que aquellos que han sido pasto de la E.S.O. Sigo sin ver dónde empezó todo. El mal ha pasado del VHS a las consolas, luego a Internet y ahora a esa perversa inteligencia artificial que parece ser el remate del atontamiento de las masas. A nosotros no nos afectará, por supuesto (modo irónico on). Culpar a la tecnología es fácil, ya que ni siente ni padece. O, en su defecto, nos queda maldecir a esos políticos poco educativos que han venido haciendo reforma tras reforma sin ser capaces de acordar una estabilidad y unos principios básicos donde lo importante sean los alumnos y sus docentes y no solo los potenciales votos. 

 

Y así seguimos, cada uno desde nuestra atalaya comparándonos con chavales de dieciséis años que, lógicamente, no son honoris causa ni suelen estar interesados en la filosofía hegeliana o en la literatura rusa del siglo XIX. A pesar de que, y esto también puede ser otra percepción personal, son pocos o minoría los centros educativos y los docentes que han apostado por la lectura como centro de su proyecto educativo, o que destacan por una dedicación extraordinaria sobre aquellos que más recursos necesitan por distintas razones. Los que ahora damos clase, no sé qué opinarán los felizmente retirados, también debiéramos ser peores que los que nos preceden según esa misma regla de tres. ¿Y si somos los mejores? Bueno, y qué. 

 

Lo único que tengo algo claro es que nos hemos ido complicando la vida, ya sea por un legalismo creciente o una bienintencionada sobreprotección que entorpece nuestra labor meramente educativa. Quizás es hora de ir centrando los escasos esfuerzos en aquellas tareas que facilitan el aprendizaje del alumnado y siembran además esa falta de curiosidad que se arrastra en una escuela actual no tan diferente en el fondo de la que nosotros vivimos. Innovar también puede ser volver la mirada hacia atrás o retirar lo que estorba pero con la mirada puesta en lo que está por venir y en la sociedad que queremos. Mucha tecnología pero tenemos más tareas que nunca. 

 

A nivel de Formación Profesional, y a pesar del creciente éxito que señalan una cifras récord de matriculación, no sé si los estudiantes son peores que nunca, pero no siempre estos datos deslumbrantes vienen acompañados de más recursos para ofrecerles la mejor formación posible. Sin contar que este crecimiento puede estar derivando hacia un mayor número de alumnos de muy distinto origen que redunda en esa diversidad y complejidad creciente que tenemos en las aulas. Y así el malestar crece al mismo ritmo que empeora nuestra opinión sobre un estudiantado desigual en intereses y en experiencias vitales. 

 

En cualquier caso, más que seguir despotricando de esta dichosa juventud, somos nosotros los que debemos exigir medios y condiciones (al igual que hacen actualmente y con razón los profesionales de la medicina) para facilitar la mejor formación posible a todos y cada uno de nuestros queridos jóvenes sin la necesidad de perecer en el intento por extenuación. Y hoy nos debemos a los actuales jóvenes al igual que ayer debieron deberse a nosotros. 

 

Algo apuntaba al respecto Turgueniev en 1862 en su muy recomendable novela "Padres e hijos": 

Antes los jóvenes tenían que estudiar: como no querían pasar por ignorantes, se esforzaban y estudiaban. Pero ahora les basta con proclamar «¡El mundo entero es una estupidez!» y ya tienen el título. Y los jóvenes, la mar de contentos. 

 

Foto de Raphael Brasileiro en Unsplash

UNA FP QUE VA PARA LARGO

miércoles, 15 de abril de 2026

 


 

Transcurrida gran parte del actual curso, ya podemos de nuevo hacer cierto balance de las medidas, cambios o acciones que nos ha tocado implementar, con mayor o menor agrado, en el sistema de Formación Profesional recientemente estrenado. Por lo que intuyo, el sentir del profesorado no parece derrochar ilusión al respecto. Incluso se adivina cierta claudicación. 

 

Indudablemente, y entendiendo que toda transformación requiere paciencia, más aún a nivel educativo, creo que hemos dedicado gran parte de los esfuerzos a cumplir con esas nuevas programaciones en las que ya sabemos que el papel todo lo aguanta y con el fin de cumplir cara a la galería con esas decenas de criterios de evaluación que, como bien sabemos, no tendremos tiempo de verificar en unos currículos con un menor número de horas lectivas e incluso sin actualizar en muchos casos. Parece que nos hemos aficionado a jugar a la quiniela. Siendo sabedores que, con suerte, el ChatGPT de turno comprobará este papeleo. 

 

Estos dos cursos nos hemos hecho especialistas en revisar papeles para cumplir con unas exigencias que difícilmente tendrán un impacto positivo si no se emprenden con la motivación e intenciones que proponen las nuevas leyes de Formación Profesional. Programar teniendo en cuenta los resultados de aprendizaje de cada ciclo tiene sentido cuando se revisan y se busca su actualización adaptándonos a la realidad de nuestro entorno y centro educativo. Es un craso error el seguir a pies juntillas unos currículos oficiales que son inabarcables. Además, y entonando el mea culpa, en muchos casos seguimos creyendo fundamental incluir todos y cada uno de los contenidos que hasta ahora veníamos transmitiendo. Coincidimos en la importancia de atesorar unos conocimientos básicos, pero cada vez es más evidente el déficit de competencias personales y sociales del alumnado. 

 

Para más inri, la inteligencia artificial ya impacta de pleno en las aulas y en la forma de trabajar y aprender (o aprobar) del alumnado. Si a ello le sumamos una diversidad creciente del alumnado y dificultades con la salud mental o el comportamiento de los más jóvenes, estamos ante la tormenta perfecta. Pero ahí seguimos, preocupándonos más de una documentación que agobia al profesorado, y que poco o nada afecta a nuestra docencia, o buscando certificarnos en esas mil y una formaciones que se suponen mejorarán nuestra competencia digital o nuestra pericia como programadores profesionales. Nada nuevo bajo el sol. ¿Dónde quedó la innovación? 

 

En muchos casos, la innovación, y tras muchos años peleándonos por implementar metodologías activas, se ha quedado en un proyecto intermodular descafeinado donde incluso alguna que otra comunidad autónoma permite seguir entregando trabajos individuales para superar este nuevo módulo. Un módulo que, con buena intención, pretende que el profesorado trabaje en equipo junto a su alumnado, buscando acercar la realidad profesional a través de proyectos o retos colaborativos. Pero el agobio, la falta de motivación o una mala interpretación de la norma, lleva a muchos docentes a quedarse solos ante el peligro con un módulo que no habían pedido. 

 

Poco más de lo mismo pasa con una sostenibilidad y digitalización cuando solo se entiende desde la lectura de unos apuntes o un libro de texto estandarizado para todo tipo de ciclos. La aplicación de estos asuntos al sector profesional o productivo parece a menudo ser una coletilla que molesta. De nuevo, se cae en la tentación de volver a una FP que destaca los contenidos en lugar de buscar una aplicación real a un entorno digital o a esa economía verde que ya no es opcional en el mundo del trabajo. 

 

¿Y qué decir de la Formación en Empresa? Las FCT pasaron a mejor vida, pero en muchos casos poco a cambiado en relación a esa dualización exprés que ahora sufren con escasos recursos los tutores de este renombrado módulo. Los esfuerzos para su implementación son enormes, pese a la poca flexibilidad o incluso falta de adaptación o de rectificación en aquellos aspectos que así requieren sus gestores. Cambios que debieran haber venido de la mano de mayor información y sensibilización dirigida hacia unas empresas acostumbradas a participar en la FP tanto por su responsabilidad social como para captar talento. 

 

A pesar de todo ello, y sabedores de que las Administraciones son lentas e inexorables, me quedo con esa enorme potencial mejora que tenemos a nuestro alcance; y que todo progreso requiere de una mayor inversión junto a un reajuste de los recursos heredados. Son muchos los aspectos que pueden ser mejorados tanto a nivel normativo y presupuestario como a nivel de centro. Una vez hayan transcurridos estos dos primeros cursos con el nuevo sistema, parece evidente que esa transformación deseada, al igual que las iniciativas a las que insta la normativa pertinente, deben desarrollarse con los objetivos que inicialmente se buscaban y tomando en cuenta la experiencia sufrida. Y, tal vez, cohesionar o buscar sinergias entre las comunidades autónomas. 

 

Creo que debemos continuar o comenzar a darle sentido a las programaciones buscando mejorar las competencias del alumnado haciendo un uso inteligente de los currículos y los resultados de aprendizaje que demandan. Debemos mantener la mente abierta, cumpliendo la norma pero sin convertirnos en fariseos de su observancia. Es preciso explicar mejor la ley que soporta todos estos cambios y divulgar las razones y los medios para una implementación provechosa. Desde los despachos, a través de buenas prácticas y docentes referentes que pueden servir de modelo a aquellos que ahora andan deambulando sin un rumbo. Afortunadamente, hay entidades, dirigentes y profesores anónimos que siguen cimentando la FP con su apoyo constante y mirada puesta en el alumnado. Tenemos grandes activos. 

 

No podemos caer en la desesperanza o en la crítica constante a una burocracia que hay que sortear inteligentemente (y artificialmente si es necesario), ni despotricar de la juventud que ahora puebla nuestros centros educativos. No sé si tenemos la mejor juventud posible, pero es a la que nos debemos. Mirar con los mismos ojos que antaño no aporta demasiado a un debate donde es necesaria una orientación y formación pedagógica adecuada. Hemos perdido demasiado tiempo con ocurrencias sin evidencia alguna o creyendo que alguna herramienta digital cambiaría nuestra enseñanza magistral. Necesitamos más reflexión educativa, más lecturas sosegadas, más debate con sentido y una selecta formación continua para no perder el escaso tiempo que nos queda para preparar bien las clases y atender a sus ocupantes. 

 

También es preciso recordar(nos) la función social que hacemos, pese al estancamiento de las condiciones laborales del profesorado, y, como indica la ley, promover una carrera profesional con recursos para investigar y acercarnos físicamente a la realidad de las empresas de nuestro sector. Desterremos lo meramente académico, sin desdeñar las humanidades, para que nuestra etapa siga siendo ejemplar para la mejora de la empleabilidad de su alumnado y para el crecimiento económico de nuestro país. No nos convirtamos en un surtidor barato de títulos o en simple negocio que vende un humo muy costoso.

 

Además, nuevas y anteriores generaciones de docentes pueden seguir aportando y combinando formas de enseñar y aprender. Escuchando sin pontificar y buscando el bien común. Con experimentos y experiencia, junto a pedagogías contrastadas. Ahora, además de hacer y transformar esta FP, corresponde hacer una parada para convencernos de la senda que queremos tomar con el fin de seguir dando clase con los mejores motivos y el mayor confort posible. Porque esto va para largo. 

 

Foto de Max Zhang en Unsplash

CLAVES PARA FUTUROS PROYECTOS INTERMODULARES

sábado, 28 de marzo de 2026

 

claves de proyectos intermodulares FP

 

En el evento online que tuvo lugar el pasado jueves dentro del MOOC sobre Proyecto Intermodular en FP, promovido por Caixabank Dualiza, tuvimos la suerte de contar con la presencia de Ricardo Fernández y Núria Ferré como invitados y docentes experimentados en este tipo de proyectos o retos intermodulares que tantas dudas e inquietudes están suponiendo para muchos docentes de Formación Profesional desde el pasado curso académico debido a su obligatoriedad. 

 

Además de recomendar la escucha atenta de sus intervenciones, me gustaría destacar algunos aspectos que también creo que son claves para programar un módulo que solo tiene sentido si se diseña con la colaboración del equipo docente de cada ciclo formativo y buscando un sentido real a las tareas que demandamos. A pesar de las distintas normativas, las diferencias existentes a nivel de centro educativo, el entorno socioeconómico o los recursos disponibles, la actual ley de FP nos lleva obligatoriamente hacia un modelo donde es imprescindible no solo un trabajo colaborativo del profesorado y sus estudiantes, sino también una forma de enseñar y aprender vinculada lo máximo posible a las demandas de las empresas del sector. 

 

Sin duda, idear proyectos teniendo en cuenta los intereses del alumnado, sobre todo en ciclos de grado medio o básico, nos facilitará la implicación del alumnado. Al igual que la introducción de la tecnología aplicada a nuestros módulos profesionales o ese acercamiento real a las empresas vinculando los proyectos a sus necesidades. También es una buena idea buscar la difusión de los proyectos llevados a cabo por el alumnado a través de medios de comunicación locales o buscando su promoción en los canales oficiales de nuestro centro educativo. El uso profesional de la inteligencia artificial, la incorporación de las nuevas o las básicas competencias que precisarán, el acercamiento a la empresa o un planteamiento sugerente del desafío que deben superar, son buenos ingredientes para este tipo de proyectos intermodulares.

 

Asimismo, como Núria y Ricardo mencionan, es recomendable comenzar a diseñar este tipo de proyectos antes del verano; estos próximos meses son ideales para que los equipos docentes tengan diseñados sus proyectos de cara al curso inmediato. Comenzar su diseño en septiembre no es lo más adecuado. También es deseable mantener cierta estabilidad en los equipos de trabajo y comenzar, en su caso, con al menos dos o tres profesores y módulos, que se coordinen y programen aquellas tareas o entregables que interesa trabajar para la adquisición de las competencias y resultados de aprendizaje del ciclo formativo. Buscar esa complicidad con los compañeros para hacer más grato este tipo de aprendizaje facilitará su desarrollo en el futuro. El compañerismo y la transigencia son fundamentales frente a esa forma de trabajar individualista que solemos arrastrar.

 

Podemos comenzar con retos o proyectos intermodulares pequeños y desde esa flexibilidad a la que alude insistentemente el nuevo sistema de Formación Profesional. No podemos caer en el error de enfrascarnos en tablas interminables, como si fuera un sudoku, donde el principal objetivo es cumplir con una programación imposible a efectos prácticos. En mi opinión, es vital acercar todas las tareas demandadas en los retos a la realidad profesional de cada titulación técnica. Pensar como empresa, y no solo a nivel académico, es fundamental para dar sentido a este tipo de proyecto intermodulares. Estos retos son una buena oportunidad para desarrollar esas otras competencias personales que ya diferencian a los profesionales en el actual entorno tecnológico: actitud, curiosidad, resolución, perseverancia, comprensión, modales, etc. 

 

Por todo ello, es necesaria la colaboración del profesorado de Itinerario Personal para la Empleabilidad (IPE) o de esas otras transversales (idiomas, digitalización o sostenibilidad) que se acoplan a la perfección a las necesidades de nuestros proyectos. No tiene sentido el desempeño de estos módulos profesionales a través de unos contenidos enlatados y sin una vinculación específica con el sector productivo al que va destinado nuestro alumnado.  Por todo ello, también es imprescindible reflexionar sobre la evaluación del proceso, tanto a nivel individual o de los equipos de trabajo, sistematizando la calificación y la mejora de unos proyectos que con el tiempo iremos perfeccionando. 

 

No menos importante es plantear estos retos para que puedan ser reutilizados en cursos posteriores. Si somos capaces de acordar e idear proyectos, si somos flexibles y solidarios con los compañeros del ciclo, acabaremos simplificando unos proyectos que en un primer momento nos resultan desafiantes frente a nuestra forma habitual de dar clase. Como también apuntaban, es imprescindible una formación pedagógica para trabajar de otra forma a nivel intermodular; así como visitar y conocer otros centros educativos y experiencias de aprendizaje relacionadas con la puesta en marcha de este tipo de retos. Afortunadamente, tenemos cada vez más referencias inspiradoras para aprender y adaptar estas prácticas a la realidad de nuestras aulas. 

 

Foto de goffredo crollalanza en Unsplash

FP AMARGA

domingo, 8 de marzo de 2026

 


 

Como docente en la plenitud de la vida, por no decir otra cosa, hay ciertos sabores amargos que me encantan e incluso me retrotraen a unos felices tiempos pasados. El Bitter Kas, una pinta de Guinness, la tónica Finley, las endivias, unas aceitunas partidas o un café espresso, los encuentro deliciosos gracias a ese gusto amargo que se fija en el paladar. Aviso: contenido no patrocinado. A pesar de que esa tendencia por lo amargo dicen los estudios que tiene algo de antisocial (no sé qué dirán al respecto los irlandeses e italianos) y casi hay que esconderla. 

 

En cualquier caso, el motivo de estas líneas no tienen nada que ver con mi dieta personal ni pretende ser una terapia regresiva. Venía a despotricar de la amargura que a menudo desprendemos a nivel profesional. Hay personas que han convertido en un hábito el destile de notas amargas. Y no hablo de los baches en el trabajo o de aquellas penosas circunstancias personales que todos atravesamos en algún momento; ni de esos altibajos que nos desmoralizan en ocasiones puntuales y que nos llevan a un desánimo pasajero. El aula es intrínsecamente intensa. Hay quien parece haber convertido la queja y el "cualquier mundo pasado fue mejor" en su modus vivendi para fastidio o hastío de sus colegas. 

 

Sinceramente, parece que la amargura se extiende entre el profesorado, a pesar de que vivimos en una época con relativamente un buen nivel de empleo docente (aunque con una salario que ha perdido poder adquisitivo), como consecuencia de una saturación en las tareas que no son meramente docentes o de una mayor complejidad o falta de comprensión de la juventud que habita las aulas. Quizás no estamos bien preparados para unos cambios que se pronosticaban hace demasiado tiempo y que, debido a una generalizada complacencia, no hemos sabido prevenir. Hemos querido ofrecer las mismas recetas cuando los ingredientes nos los estaban cambiando. Y hay quienes, con ese amargor perenne, pretenden culpar a unos padres y madres que bien pudieran ser ellos mismos por la edad de sus alumnos, mientras no manifiestan ninguna querencia por el cambio como si la parálisis fuera obligatoria y deseable.

 

Cuanto más se nos complica la profesión más amargura se destila. La correlación parece evidente. Los tiempos (inexistentes) donde todo era corrección y atención en el aula son un paraíso perdido que todos añoramos varias veces a la semana. A pesar de que también hay buenas jornadas lectivas donde te acuestas con la sensación de haber sido escuchado durante un buen rato. Ya sabemos que la solución no está en endulzarlo todo y tratar de camuflar esta complejidad con una capa de dulce buenismo. El azúcar parece ser que aumenta la ansiedad. Pero tampoco podemos caer en el desánimo mientras pasan las jornadas como si atravesáramos un páramo interminable que solo finaliza cuando nos aproximamos a la jubilación. 

 

Tenemos estos mimbres, y a pesar de las múltiples iniciativas, cambios, formaciones o novedades legislativas, me parece que nos hemos mirado mucho el ombligo demandando mejoras personales para desarrollar nuestros cargos, pero sin poner el acento en esas iniciativas colectivas que transforman la educación. Nos ponemos difícilmente de acuerdo en la burocracia a cumplimentar. Por no hablar de los bandazos educativos que en los últimos tiempos hemos cometido. Seguimos anclados en nuestras parcelas, y, aunque la digitalización ha supuesto la aceleración de muchos procesos de enseñanza y aprendizaje, despotricamos por igual de una administración aletargada que suele llegar mal y tarde y unos centros educativos que se paralizan porque prima la defensa de los statu quo individuales. 

 

La creciente carga de trabajo no disminuye con mayores dosis de amargor. Como en cualquier asunto humano, la subjetividad en el gusto marca nuestra reacción ante situaciones que nos resultan ásperas y que exigen lo mejor de nosotros mismos. Nos han tocado vivir unos tiempos que, sin duda alguna, pueden empeorar en todos los niveles. Pero, pecar de agoreros no nos suavizará esa travesía que a ratos nos resulta desoladora. Compartir avíos y apoyarse mutuamente, sin rehuir nuestro cumplimiento y evolución, es necesario para seguir dando oportunidades a nuestros alumnos y no caer en la amargura. Hoy toca bíter. Feliz semana.  

¿CÓMO DAR CLASE DE FP EN LA ACTUALIDAD?

miércoles, 4 de marzo de 2026

 


 

El proceso de evaluación, pese a los cambios en la normativa y todos esos criterios y resultados de aprendizaje que llevamos manejando, no parece haberse transformado sustancialmente. Quizás, y bienintencionadamente, hemos pecado de cumplidores con las directrices que nos marcaba una  malentendida ley de FP y nos hemos embrollado aún más con multitud de instrumentos o elementos con la pretensión de actualizar un sistema que requiere una mejora pero no a costa de un padecimiento estéril de cara a la galería. 

 

Si aún nos parecían poco estos cambios en la programación y en un nuestra actividad evaluadora y calificadora diaria, nos faltaba la irrupción de la inteligencia artificial. Una IA que todo lo abarca y que hace complicada una valoración donde confiemos de la autoría del alumnado. Y ese recelo es mutuo. Es innegable, pese a los alegatos en pro de un uso ético de la inteligencia artificial, que el uso y abuso de esta tecnología es imparable además de inadecuado o insensato en demasiadas ocasiones. Así es el ser humano: el camino fácil suele ser la senda más transitada. 

 

Por tanto, y siendo sabedores de que hay un uso intensivo de la IA a nivel académico (y profesional), nos toca diseñar situaciones de aprendizaje donde el estudiante se las vea y se las desee para defender cualquier tipo de actividad, tarea o trabajo a entregar al docente.  Solicitar documentos de texto con más o menos páginas, enlaces o imágenes, no es garantía de aprendizaje alguno ni de un trabajo reflexivo por parte del estudiante. Hay que reconocer que, al igual que antaño se copiaban trabajos o se trampeaba por otros medios, ahora existen infinidad de aplicaciones de inteligencia artificial generativa capaces de producir de forma suficiente cualquiera de nuestras demandas. Y van camino de una generación aún más sobresaliente. 

 

Quizás es necesario, volviendo a esa ambicionada evaluación formativa, solicitar menos pero mejores tareas con el fin de que tengamos el tiempo suficiente tanto para su corrección como para una argumentación sosegada donde el alumnado es capaz de defender oralmente los resultados obtenidos y el trabajo llevado a cabo sin chuleta alguna. La única forma de demostrar que hay una lectura detrás de cada tarea demandada es a través de una defensa oral o de un cuestionamiento público del trabajo presentado. Todo ello requiere un tiempo que es cada vez más escaso en las aulas, así como una tarea de filtrado y curación de contenidos con la ayuda de un profesorado que debe exigir ese manido pensamiento crítico. Nuestra labor docente nos exige, más que generar un sinfín de tareas, tener la capacidad de seleccionar lecturas o materiales de interés para nuestros módulos profesionales y colaborar con el estudiante a su criba y comprensión. 

 

Personalmente, me gusta publicar tareas donde leemos artículos de actualidad en clase y donde es necesario cierta atención y defensa tanto por escrito como oralmente de unas cuestiones planteadas. Asimismo, me resulta también útil exigir al alumno que todas las respuestas al trabajo solicitado se soporten a través de evidencias: capturas de pantalla, fragmentos de texto o enlaces donde poder contrastar la argumentación presentada. Obligar a este tipo de defensa no elimina la posibilidad de plagio pero sí implica un mayor esfuerzo por parte del alumnado para demostrar un trabajo bien hecho y unos aprendizajes alcanzados. 

 

Todo ello no quita que hablemos con sinceridad y abiertamente acerca del uso que hacemos de la IA como docentes o las bondades que aportan a nivel profesional las herramientas que van surgiendo. Tal vez, debiéramos primero comprender mucho mejor cómo funciona la IA y cuál es el mejor modo posible para facilitar tanto competencias técnicas como personales más allá de una visión colegial o escolar de la Formación Profesional; y centrar nuestra labor docente en la búsqueda de la atención del estudiante y en la adquisición de hábitos de trabajo que precisaran en su próximo futuro profesional. 

 

El futuro próximo parece dirigirse hacia un estudiante tipo que sabe dónde puede obtener o generar respuestas dignas de un aprobado sin necesidad de una clase magistral. Cada vez ando más convencido de que la IA nos facilitará ciertas tareas que requieren mucha carga de trabajo (preparación de exámenes, diseño de materiales, correcciones, etc.) pero a su vez nos va a suponer saber dar clase de un modo auténtico y conectando con el alumnado a la vez que somos resolutivos con esa disrupción y diversidad creciente. Cosa nada sencilla y a la que nadie nos preparara pedagógicamente (a pesar de los másteres). Los tiempos donde un docente se podía sentar mientras leía un libro durante una hora lectiva son ahora garantía de desconexión e intrascendencia para el alumnado. Y en FP aún tiene menos sentido. 

 

Foto de Mwesigwa Joel en Unsplash

SE VENDEN CLASES

miércoles, 4 de febrero de 2026

 


 

La diversidad en el aula, más allá de la heterogeneidad de alumnado que tenemos, es una realidad cotidiana. No es difícil sorprenderse cada día con las dispares situaciones que nos tocan vivir. Como me comentaba un estudiante el otro día: "Vuestro trabajo es entretenido". Y no le quito la razón. Estamos demasiado amenizados; y no solo con el trabajo que supone la preparación de las clases, la gestión del aula y los ingredientes añadidos que se multiplican. También por ello es fácil caer en el lamento y en ese "cada curso vienen peor". Hasta los propios alumnos ya reniegan de las promociones que les van pisando los talones...

 

Sin embargo, hoy no pasaba por aquí para despotricar sobre el sistema educativa actual, la prohibición de las redes sociales, el incordio de los móviles en el aula o la idiotización que puede provocar el abuso de la inteligencia artificial. Hoy he tenido un día relativamente bueno. Podría lamentarme del exceso de horas lectivas que acusamos o de la sarta de tareas pendientes que arrastro durante el curso. Desafortunadamente siempre hay algo por hacer o mejorar cada semana que arranca. Pero, como decía, no protesto por andar "entretenido" o tener que relacionarme con esa marabunta de jóvenes que nunca envejecen mientras nos ayudan a mantener jóvenes el espíritu y el semblante.

 

Hoy no me voy a quedar con el estrés habitual, las subidas y bajadas de aula, los odiosos conflictos o ese nivel educativo y cortesía que parece decrecer (y no solo en los más jóvenes). Hoy me quedo con las disculpas que me ofrece un alumno, con la escucha atenta (durante un tiempo récord de 7 minutos seguidos) de un grupo de estudiantes, o con las buenas preguntas y respuestas de algunos alumnos que se interesan por la materia a pesar de las aplicaciones de juegos online, las redes sociales, las apuestas o las compras digitales accesibles desde sus cautivadores dispositivos. Hoy he podido competir, a pesar de que ya nunca jugamos en casa, con todas esas distracciones que no facilitan dar clase. 

 

Tampoco voy a desmerecer la responsabilidad que muchos alumnos manifiestan a la hora de entregar sus tareas a tiempo y a pesar de las eternas quejas por el trabajo que acumulan (en eso poco ha cambiado el alumnado). El toma y daca en la negociación a la hora de examinar y exigir trabajos individuales o en equipo siguen siendo un clásico cada curso. Aún así, pese a que la IA ya resuelve decentemente cualquier tarea académica, no quita que exijamos más lectura y estudio. Los centros educativos, además de trabajar valores y aprender a convivir, debemos ser ese gimnasio mental que combate la atrofia del pensamiento. Y sí, también nos toca llamar la atención, dialogar o discutir cuando no hacen bien las cosas o el comportamiento es inadecuado. Está en el sueldo. A pesar de que lo fácil es ponerse de perfil o evitar enfrentamientos. 

 

Por todo ello, además de dar clase, debemos ser buenos comerciales para que valoren este gimnasio donde por una módica cuota les facilitamos los medios para tener mayores oportunidades y una vida más rica. Sin duda, cuando en una jornada lectiva atrapamos a nuestros clientes debemos celebrar ese bonus inestimable que acabamos de merecer. Algún premio debía ofrecernos dar clase. 

CALCULAR LO IMPORTANTE EN LA ESCUELA

martes, 20 de enero de 2026

 


 

La medición de todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida, o esos KPI y big data que tanto se llevan ahora, creo que nos están tarando más que facilitando la vida. Hemos normalizado en nuestra vida todo tipo de cálculos: cuántas kilocalorías debo comer o qué número de almendras crudas es más saludable, cuántos segundos me cuesta recorrer un kilómetro, cuántos minutos de música escucho al año, cuántos mililitros de agua consumo, cuántos likes y seguidores acumulo, etc. Todo son números para mirarse el ombligo o librarse de uno mismo. Adoramos el número de títulos, las escalas, los bonus, los trienios, los récords...

 

A nivel educativo no andamos a la zaga. También le hemos cogido gusto a esas preciosas rúbricas donde creemos tener todo controlado y ajustado a una tabla de valores que busca calificar a un alumnado que solo quiere saber su nota final. Rellenamos tablas con porcentajes perfectos que siempre validan lo que hacemos cada curso para tener una enmarcable foto finish. O como ahora mismo, que andamos encajando esos resultados de aprendizaje y criterios de evaluación en interminables tablas donde a la fuerza todo encaja de cara a la galería. Y si no lo hace, para eso esta la IA y, en su defecto, el auditor consiguiente que hará uso de ella para saber si todo no se acopla a la perfección. Y vuelta a empezar. 

 

De tanto calcular nos hemos olvidado de innovar con creatividad y cabeza y dar cabida a aquello que consideramos importante en nuestras aulas. Quizás nunca nos hayamos puesto de acuerdo en lo que realmente importa. Unos apuestan por esa disciplina perdida, otros por la paciente tolerancia, algunos por el afecto y la empatía, muchos por la exigencia académica... como si todas ellas fueran incompatibles en esa calculada sociedad donde medimos a los centros en rankings engañosos o premiamos a los docentes según una escala difícil de entender. Para luego, al fin y al cabo, dar clase como buenamente podemos. A pesar de metodologías e investigación educativa que tienen poca concurrencia entre el profesorado. 

 

Antaño solo medíamos quiénes tenían problemas verdaderos, de cualquier tipo, para seguir con normalidad en las clases. Ahora, paradójicamente, la normalidad es contar con un alto porcentaje de estudiantes con ciertos problemas o más bajas médicas del profesorado. Tenemos todo medido pero andamos más liados que nunca. Tal vez no hayamos entendido que lo importante no se puede medir. Que por más tareas que acumulemos no hacemos mejor nuestro trabajo. Que en la educación las operaciones aritméticas no funcionan. Que la mejora de ciertas variables cuantitativas no implica mayor satisfacción personal. 

 

Encima, parece que vayamos por dos vías incomparables, donde están los que acumulan exhaustos horas y minutos de dedicación personal frente a aquellos que se han rendido y solo esperan la campana de una jubilación o prestación con sueldo y sin empleo. Y así deambulamos, con (auto)exigencias varias y tratando de calcular quién hace más o menos en esta agotadora profesión docente. No caben más indicadores para medir el desempeño de las competencias del alumno, y, en breve, el profesorado también acabará enrubricado para justificar su sueldo en base a un trabajo imposible de medir. Solo nos falta ser remunerados en base a una escala de estrellitas: ⭐⭐⭐⭐⭐

 

Cuánto aprenden nuestros estudiantes se solía medir solo, y engañosamente, en base a un examen. Ahora tenemos más instrumentos, pero no debiéramos perder la cabeza en medir decenas de variables que además de subjetivas no son tan relevantes como para que ofusquen nuestras prioridades. Volvamos a lo importante. Retomemos una educación que destaque el conocimiento sobre una ignorancia que los alumnos desconocen. Retomemos el diálogo en el aula para entrenar a unos alumnos, acostumbrados solo a mirar una pantalla a la carta, a escuchar y conversar sin que parezca un reality televisivo. Dejemos esa obsesión por una programación de aula donde simulamos saber qué tarea o actividad debemos llevar a cabo cada hora lectiva.

 

El avance de la IA nos debiera devolver ese tiempo que perdemos en tratar de justificar nuestro trabajo acumulando registros que nadie valora con autenticidad. Apostemos por leer sin aceleramiento ni buscando una síntesis generada con un número límite de palabras. Dejemos los números para encajar magnitudes técnicas imprescindibles en cada sector profesional. Entendámonos en el aula sin las prisas que exige el cumplimiento de un plan imposible. Planifiquemos para que quepa lo fundamental y no para batir estadísticas como si fuéramos una multinacional o una macrogranja. De tanto calcular variables, espero no hayamos olvidado la más importante: convivir. 

 

Foto de Ryoji Iwata en Unsplash

LA NECESIDAD DE PRESTIGIAR CIERTOS EMPLEOS (Y NO SOLO LA FP)

viernes, 16 de enero de 2026

 

prestigiar empleo en fp

 

Batimos récords de alumnado matriculado en Formación Profesional. Tal y como señalan los últimos datos del Ministerio de Educación y FP: "el alumnado de Formación Profesional ha aumentado significativamente en los últimos cinco cursos, un 30,0% en su conjunto. Destacando el incremento de un 39,1% del Grado Superior. El Grado Medio se ha incrementado en un 24,0% y el Grado Básico en un 6,8% en este periodo. Hay que destacar la muy importante subida del régimen a distancia, 144,7%." Es evidente que el desprestigio de esta etapa educativa ha caído y la FP se contempla como una salida interesante para el futuro académico y profesional de sus estudiantes. 

 

Cuestión aparte, que también señalan estos datos a nivel macro para el curso 2023-2024, son aquellas familias profesionales que acumulan la mayor parte del alumnado matriculado en FP: 

 

En Grado Básico, las familias profesionales con mayor peso son: Informática y Comunicaciones (17,3%), Administración y Gestión (15,6%), Electricidad y Electrónica (12,4%), Imagen Personal (9,1%) y Transporte y Mantenimiento de Vehículos (9,0%). Para cinco familias su peso no alcanza el 1,0% y en siete familias no existen ciclos en este nivel.

 

En Grado Medio la familia con mayor peso es Sanidad (26,4%), seguida de Administración y Gestión (12,9%), Informática y Comunicaciones (11,4%), Transporte y Mantenimiento de Vehículos (6,7%) y Electricidad y Electrónica (6,5%). Existen once familias que no alcanzan un peso del 1,0%, y una familia no tiene ciclos en este grado.

 

En Grado Superior las familias con más matriculación corresponden a Sanidad (18,2%), Informática y Comunicaciones (15,5%), Servicios Socioculturales y a la Comunidad (13,0%), Administración y Gestión (12,8%) y Comercio y Marketing (8,3%). Asimismo, existen nueve familias que no alcanzan un peso del 1,0% y para una familia no existen ciclos en este nivel.

 

Luego, según la Estadística de seguimiento educativo y rendimiento académico del alumnado que accede a FP, también podemos observar datos interesantes sobre el porcentaje de alumnado que acceden a otros estudios tras cursar una titulación de FP

 

El 65,2 % de las personas tituladas en Formación Profesional de Grado Básico en el curso 2020-2021 accedió, en los tres años siguientes, a un Ciclo Formativo de Grado Medio. Las mayores tasas de continuidad se registraron en las familias profesionales de Informática y Comunicaciones (71,0 %), Electricidad y Electrónica (70,4 %) y Administración y Gestión (69,1 %). Al tercer año (curso 2023-2024), el 8,9 % de las personas tituladas de Grado Básico accedió a un Ciclo Formativo de Grado Superior. Entre las personas graduadas de 2022-2023, el 60,3 % continuó su formación, casi en su totalidad en ciclos de Grado Medio (59,2 %).

 

En el caso de la FP de Grado Medio, el 51,9 % de las personas tituladas de 2020-2021 inició un Ciclo Formativo de Grado Superior en los tres años siguientes. Las familias con mayores tasas de progresión académica fueron Informática y Comunicaciones (79,3 %), Actividades Físicas y Deportivas (75,4 %), Imagen y Sonido (75,0 %) y Química (72,6 %). Por el contrario, las menores tasas se observaron en Seguridad y Medio Ambiente (31,3 %), Sanidad (32,3 %), Industrias Alimentarias (34,5 %) y Madera, Mueble y Corcho (36,3 %). 


Respecto a las personas tituladas en FP de Grado Superior en 2020-2021, el 23,9 % se matriculó en Educación Universitaria en los tres años posteriores. Por familia profesional, destacan Servicios Socioculturales y a la Comunidad (45,3 %), Actividades Físicas y Deportivas (39,4 %) y,  a cierta distancia, Sanidad (29,9 %). Las familias con menores tasas de acceso universitario fueron Transporte y Mantenimiento de Vehículos (8,3 %), Imagen Personal (8,7 %), Fabricación Mecánica (10,4 %) e Instalación y Mantenimiento (11,3 %). Además, una parte relevante de las personas graduadas de Grado Superior inicia otro ciclo del mismo nivel: el 8,3 % de las tituladas de 2022-2023 se matriculó en 2023-2024 en un nuevo ciclo de Grado Superior, especialmente en Comercio y Marketing (14,0 %), Artes Gráficas (11,8 %) y Hostelería y Turismo (11,0 %). 

 

En definitiva, podemos sacar alguna que otra conclusión sobre una FP que concentra sus titulados en determinadas familias profesionales, muchas de ellas relacionadas con el sector servicios, así como un porcentaje relevante de estudiantes que, en Grado Básico, Medio y Superior deciden continuar sus estudios.

 

También resulta interesante observar las tasas de afiliación de cada familia profesional y que están condicionados por aquellos estudiantes que cursan estudios tras finalizar su titulación:

 

Por familia profesional, en Grado Medio, la inserción laboral presenta diferencias
significativas. Así, en el primer año, los valores más altos para las tasas de afiliación media se observan en Sanidad (46,7%), seguida de Transporte y Mantenimiento de Vehículos (46,3%), Fabricación Mecánica (45,0%) e Instalación y Mantenimiento (40,7%). Destaca el crecimiento en la inserción en los dos años posteriores en Seguridad y Medioambiente, 32,5 puntos porcentuales, hasta situarse en el 64,7% en el tercer año, presentando el cuarto valor más alto por detrás de Transporte y Mantenimiento de Vehículos (70,6%), Fabricación Mecánica (70,1%) e Instalación y Mantenimiento (68,9%). En el extremo inferior en el tercer año se sitúan Artes Gráficas (44,5%), Imagen y Sonido (44,7%) y Textil, Confección y Piel (48,1%).

 

Por familia profesional, la inserción laboral en Grado Superior también presenta diferencias significativas. En el primer año, destacan Informática y Comunicaciones (65,8%), seguida de Fabricación Mecánica (65,5%), Instalación y Mantenimiento (64,6%), y Transporte y Mantenimiento de Vehículos (62,4%), coincidiendo algunas de estas familias con las de mayor inserción también en Grado Medio. Algunas de estas familias se mantienen en el tercer año con las tasas de afiliación media más altas: Informática y Comunicaciones (76,8%), Fabricación Mecánica (74,5%), Instalación y Mantenimiento (74,2%), y Transporte y Mantenimiento de vehículos (72,3%). En el extremo inferior se sitúan Imagen y Sonido (36,3% en el primer año y 54,1% en el tercer año), Seguridad y Medioambiente (44,4% que aumenta hasta el 59,1% en el tercer año), Sanidad (44,4% y 54,9%) y Artes Gráficas (45,9% y 60,9%). También se observa un valor bajo en el tercer año en Marítimo-Pesquera (57,9%). 

 

A pesar de unas tasas de afiliación creciente (mayor empleabilidad de los titulados de FP), no tengo claro que se esté facilitando al mercado laboral la oferta que se precisa. El sector servicios sigue atrayendo a mucho alumnado en detrimento de otras familias profesionales que no parecen persuadir a los más jóvenes: electricistas, fontaneros, albañiles, mecánicos, carpinteros, instaladores, etc. Tal vez ahora corresponda prestigiar este tipo de profesiones que, gracias a su insuficiente oferta de titulados, debiera mejorar sus condiciones laborales. De hecho, no es raro observar técnicos con salarios no demasiado lejanos o superiores a lo que cobra un docente, por poner un ejemplo. A pesar del arrase actual de la inteligencia artificial, es evidente que este tipo de profesionales seguirán teniendo un hueco tanto a nivel industrial como en los hogares. De momento, no hay una IA que repare la caldera, solucione una gotera o cambie un azulejo. Cuestión aparte es el poco encanto que destilan estas profesiones, a pesar de su mayor empleabilidad en comparación con otros sectores profesionales y un abanico de ofertas superior que permite cierta elección personal. Por todo ello, es fundamental eliminar ciertos prejuicios que no existen en países de nuestro entorno. Por no hablar de la brecha de género en alguna de estas familias profesionales donde las mujeres no suponen ni un 5% de los estudiantes matriculados. 

 

Además, probablemente, el boom de la oferta universitaria parece haber facilitado la consideración de la FP como una pasarela de acceso a este otro tipo de estudios superiores. Un boom que se retroalimenta con una creciente oferta privada de grados superiores donde son muchos los estudiantes que prefieren continuar sus estudios en lugar de trabajar en su sector. Sinceramente, no creo que debamos limitar las posibilidades de los estudiantes, pero tal vez sí podríamos vender mejor y prestigiar esos oficios tan necesarios que además facilitan el crecimiento económico y nuestra actividad diaria. Afortunadamente, por poner un ejemplo, hay mucha demanda de titulados en Cuidados Auxiliares de Enfermería; una profesión exigente y no muy bien pagada que, a pesar de todo, tiene una alta matrícula de estudiantes para asumir unos puestos de trabajo imprescindibles en nuestra sociedad. La vocación, las posibilidades de empleo público, el boca-oreja o la estabilidad son factores que facilitan la demanda de titulaciones como esta. Quizás, falte cierto estímulo y una labor comunicativa más intensa para atraer estudiantes hacia esas otras ocupaciones que ahora no encuentran candidatos suficientes. 

 

Cuestión aparte es la falta de flexibilidad en la oferta de titulaciones por distintos problemas: carencia de perfiles docentes específicos, escasa inversión en recursos materiales, normativa estricta y rígida, etc. Arrastramos, pese a la novedosa ley de FP, muchas inercias en los centros o hemos generado taifas difíciles de desmontar que no facilitan una necesaria actualización de la oferta. Se ha pregonado mucho en favor de la salida de la zona de confort, pero, en relación a la oferta formativa o los currículos de FP, parece que andamos con más de lo mismo desde hace demasiados años. Incluso ahora, deambulamos algo perdidos tratando de justificar resultados de aprendizaje como si nada más importara por miedo a perder algún tren. Ojalá volvamos a un confort bien entendido. 

 

Por ser positivos, si hemos logrado un mayor reconocimiento de la FP gracias al trabajo demostrado ya en el siglo pasado por muchos centros educativos que decidieron apostar por esta etapa; y gracias también al apoyo inversor de la administración pública; debe ser posible ahora prestigiar ciertas profesiones donde el trabajo de los técnicos y técnicas a nivel económico y social es fundamental, además de ofrecer una buena calidad de vida a las personas que así lo deciden. 


 

Foto de Benjamin Thomas en Unsplash

CLASES Y CLASES DE FORMACIÓN PROFESIONAL

sábado, 10 de enero de 2026

 


 

Podemos leer muchos manuales o asistir a formaciones sobre metodologías, gestión de aula y conflictos, innovación educativa u otro sucedáneos, pero, en demasiadas ocasiones se nos desmonta el chiringuito cuando te encuentras con una clase donde la diversidad te apabulla o el comportamiento no es el ideal para dar clase convenientemente. La experiencia ayuda a manejar situaciones, así como grandes dosis de paciencia que logran no agriar tu carácter o precipitar una subida de la tensión arterial. 

 

Las conversaciones sobre la necesidad de disciplina o un régimen sancionador más estricto creo que no son nada nuevo en este siglo o en el pasado. La inquietud o el nerviosismo de la juventud no tiene cura. Más todavía en una sociedad acostumbrada a no relajarse y a consumir contenidos y productos sin cesar. La dichosa dopamina. Probablemente en el futuro será una anomalía mantener a los estudiantes tantas horas seguidas cara a una pizarra (digital o tradicional). O quizás el efecto rebote ante la ingente generación de contenidos vía inteligencia artificial nos devuelva a tiempos donde el silencio y el estudio analógico eran la norma. Sin embargo, dudo de nuestra capacidad para ese sosiego, más allá de para un grupo selecto apto para la concentración y vacunado de la inanidad de las redes. 

 

Quizás no hayamos todos pasado de frenada abrazando una educación permisiva. Para bien y para mal. Las familias, base de los valores de las personas, también patinan independientemente de los recursos que tengan. Y así se van sumando factores que hacen más difícil una profesión que siempre ha sido compleja donde las dificultades se redoblan cuando no sabes qué hacer en una clase para mantener ese clima facilitador del aprendizaje y mantener la motivación propia y ajena. No obstante, también hay clases donde te encuentras estudiantes que te escuchan y agradecen tu empeño, a pesar de que nos solemos quedar con esos cuatro más intensos que estresan la enseñanza y alteran una cotidianidad utópica. Desde luego, mucho mérito (y un sueldo doble) tienen todos esos y esas docentes de Formación Profesional Básica o algunos Grados Medios que tienen una realidad complicada. 

 

Mientras tanto, a los docentes no nos queda otra que capear el temporal y tratar esa diversidad alborotada con la mejor fórmula de siempre: la empatía. Recordar cómo fuimos en aquellos maravillosos años, a menudo olvidados o idealizados, siendo sabedores que cada curso viene con nuevos sobresaltos a pesar de nuestras buenas intenciones iniciales. Desde luego, a pesar de esas clases donde parece que se conjugan las peores circunstancias, vale la pena seguir apostando por unos jóvenes que más tarde que pronto caerán del árbol y se convertirán en buenos profesionales y personas gracias también a nuestra reducida influencia.  

 

Foto de Giuseppe Argenziano en Unsplash

DOS PROPÓSITOS PARA LA FP

sábado, 3 de enero de 2026

 


 

 

Corren tiempos extraños. Vivimos en una paradoja constante tanto a nivel educativo como social. La tecnología y las nuevas metodologías, ahora impuestas por real decreto, debieran impulsarnos hacia una mejor Formación Profesional; pero a su vez se oyen cada vez más voces que desaprueban la obligatoriedad de unos métodos que antes eran solo cosa de algunas regiones, centros puntuales o docentes motivados. Vende ahora más la vuelta atrás a un mundo que ya no existe y que algunos imaginan como una suerte de paraíso perdido. Transitamos marcha atrás desde formaciones docentes que prometían bondades sin posibilidad de objeción de conciencia y mucha vergüenza ajena, a otro sistema donde la soberbia y la pedantería se confunden con la cultura y las ganas de hacer las cosas bien. 

 

Coincido con Pablo Peñalver en su análisis de las dificultades que arrastra la FP: falta de decisión y de diseño sistémico. En lugar de transformar hemos agudizado ciertas carencias que en la FP sobrellevábamos: trabajo en equipo de los docentes, actualización técnica (y tecnológica), motivación y comportamiento del alumnado... y ese multitasking que ya hace tiempo se demostró ineficaz. Y no, no hace falta caer en la dóciles manos del mindfulness, sino quizás valdría la pena que nos centráramos en lo que realmente importa y gestionar de otro modo esa programación diaria que nos abruma con demasiadas tareas que no son importantes para nuestra profesión. Pero no. Seguiremos un año más poniendo parches sin dar la vuelta a un sistema que nos agota y nos alienta a poner la mirada en cuántos años nos quedan para jubilarnos. 

 

Y ahí seguimos con las paradojas. Centros educativos con patios de cemento y un gotelé preconstitucional junto a otros centros donde la realidad virtual y aumentada ayudan a transitar hacia un mejor futuro profesional. Queremos ser sostenibles mientras la impresión de exámenes vuelve a las andadas en busca de resultados de aprendizaje no mediatizados por una inteligencia artificial que nos adoctrina mientras consume energía a espuertas. Más alumnado matriculado en FP que en la historia pero no demasiada inversión en determinados ciclos o inequidad entre centros y comunidades autónomas. Abundantes iniciativas y premios a la innovación pero poca gestión novedosa que reorganice y replantee procesos obsoletos y onerosos. 

 

Comenzamos el año, y este artículo que pretendía contar dos deseos para sus majestades de Oriente, ha desembocado en una suerte de soflama autoterapéutica. Aún así, mis deseos, o más bien mis propósitos personales para este nuevo año son las siguientes:

 

1. Más tiempo para lo que realmente importa. Quitando las prioridades del ámbito personal y familiar, espero poder dedicar más tiempo a los alumnos por encima de esas otras tareas que poco aportan. Aprender a simular o camuflar ese tiempo que nos roban esas programaciones ficticias o esos certificados para aparentar ante propios y extraños. Nuestra apreciada IA debería librarnos de esas faenas insustanciales, antes de que lleguen esos humanoides que prometen quitar el polvo de la casa, y no solo llevarnos a la mendicidad cognitiva. 

 

2. Lecturas. Además de despotricar de lo que nos quitan las pantallas y de la estulticia que ha contagiado a todos los públicos, hay que poner medios para esa desconexión digital que nunca llega. Competir con las redes o dejar de escrolear se ha vuelto misión imposible. Por todo ello, me prometo más dedicación a esas novelas, cómics o ensayos que aportan algo más que un vocabulario nuevo o entretenimiento. Sin duda, descubrir y amar la lectura seguirá siendo la asignatura pendiente de una educación que decidió tomar otras rutas más vistosas.

 

En fin, espero que vuestros deseos también se cumplan, coincidan o no con los míos. Aún así, estoy convencido de que, pese a la complejidad, embrollo y desnortamiento actual, la gran mayoría seguimos apostando por una Formación Profesional que suponga una etapa educativa vital para transformar las vidas de nuestros jóvenes. Démosles razones para seguir creciendo a nivel personal y profesional en un mundo que parece no ofrecer certezas ni referentes caracterizados por su humanidad y amor por la cultura. 

 

Foto de Yaniv Knobel en Unsplash
Con la tecnología de Blogger.

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