Con el mes de agosto pisándonos los talones, poco queda por decir de este curso pasado. Para variar casi no ha dado tiempo a reflexionar sobre el trabajo realizado en el aula y siempre queda ese sinsabor de que más se podría haber hecho de cara al curso que esta por venir. Incluso estas líneas son fruto de las escasas ideas o propósitos que ahora mismo tengo en mente. O de la falta de orden de estas mismas o de la ausencia de inspiración cuando te alejas del aula o dejas de leer sobre asuntos educativos.
Entiendo que la mayoría de los docentes andamos en estas fechas en otros menesteres poco profesionales. Con la excepción de aquellos que, por sus cargos, todavía andan bregando con la planificación y esas normas que se apuran para no perder la costumbre. Y el tiempo pasa demasiado veloz. En la vida, como en la educación y en el trabajo, importa más el hacer que el decir. Acostumbramos a divagar demasiado y concretar poco esas ideas o propósitos que rumiamos constantemente. O, en su defecto, cargamos lamentos constantes en busca de un horizonte mejor que nunca llega o nos desesperamos por una gestión ineficaz de un sistema que tiende al egoísmo.
Profesionalmente es difícil mantener la ilusión y esos motivos con lo que uno comienza al inicio de la docencia. Un primer salario y un trabajo lleno de retos suelen ser más que suficientes para mantener esa motivación original que, con los años, decae por distintas razones. Ahora, en verano, algunos andarán ya calculando sus días de cotización, otros no querrán pensar en los módulos nuevos que tendrán en septiembre o esos horarios que nos mediatizan, mientras que otros tantos habrán cerrado toda vía de comunicación para no pensar en un temido septiembre. Incluso habrá quien no haya dejado de programar soñando con el bochorno que despide cada resultado de aprendizaje. Y así, entre ola y ola de calor, seguiremos hablando del tiempo y de ese aire acondicionado por el que suspiran los centros educativos de un país amante de los patios con cemento.
Pese al manido mantra de la desconexión, es cierto que saber desconectar permite despreocuparte de la ingente cantidad de tareas que quedan pendientes para el inicio del curso. De otro modo, no podríamos disfrutar de estas próximas y fugaces semanas sabiendo que además de poder mejorar muchos aspectos como docente, nos tocará lidiar con aquellas otras cargas burocráticas que desmotivan a gran parte del profesorado. Incluso podríamos caer en el desespero de una carrera profesional donde no solo parece que surgen demasiados baches por el camino sino que además no se atisban mejoras para un género humano que suele rozar la insatisfacción permanente.
Por todo ello, creo que ahora toca dedicarse a lo que nos interesa de verdad: perder el tiempo en esas aficiones que luego enriquecen nuestra relación con el alumnado y nuestro modo de ver la vida; alimentarse de cultura y relaciones personales que provocan esa empatía que ahora escasea gracias al artificio fácil y la tirria al extraño. Y esa diversidad del profesorado hace grande la escuela. Porque muchos soñamos una escuela que provoque interés, acogida, conocimiento y valores frente a la alienación que designa un sistema con prioridades dudosas. Pese al calor, la fugacidad existencial, las impertinencias o la negligencia acumulada, seguiremos en septiembre teniendo la oportunidad de mejorar esa parcela que hemos heredado.

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