LOS ALUMNOS SON CADA VEZ PEORES

martes, 28 de abril de 2026

 


La afirmación que da título a este artículo podría ser uno de las miles de apreciaciones similares que seguro oímos con demasiada frecuencia en las salas de profesores. Quizás, y es también una percepción, no ha existido jamás época alguna donde se afirmara justo lo contrario: Los alumnos son cada vez mejores. O, tal vez, somos todos de una generación donde los jóvenes alumnos éramos amantes del esfuerzo, la disciplina y una concentración denodada en todas aquellas lecturas que nos proponían. Aunque esta última parte me encaja menos, ya que despotrica igual un joven docente, con poco más de diez años de diferencia sobre sus estudiantes, que cualquier otro u otra docente que peina canas y tiene la jubilación a la vuelta de la esquina. 

 

Criticamos al mismo nivel los que hemos disfrutado la E.G.B. que aquellos que han sido pasto de la E.S.O. Sigo sin ver dónde empezó todo. El mal ha pasado del VHS a las consolas, luego a Internet y ahora a esa perversa inteligencia artificial que parece ser el remate del atontamiento de las masas. A nosotros no nos afectará, por supuesto (modo irónico on). Culpar a la tecnología es fácil, ya que ni siente ni padece. O, en su defecto, nos queda maldecir a esos políticos poco educativos que han venido haciendo reforma tras reforma sin ser capaces de acordar una estabilidad y unos principios básicos donde lo importante sean los alumnos y sus docentes y no solo los potenciales votos. 

 

Y así seguimos, cada uno desde nuestra atalaya comparándonos con chavales de dieciséis años que, lógicamente, no son honoris causa ni suelen estar interesados en la filosofía hegeliana o en la literatura rusa del siglo XIX. A pesar de que, y esto también puede ser otra percepción personal, son pocos o minoría los centros educativos y los docentes que han apostado por la lectura como centro de su proyecto educativo, o que destacan por una dedicación extraordinaria sobre aquellos que más recursos necesitan por distintas razones. Los que ahora damos clase, no sé qué opinarán los felizmente retirados, también debiéramos ser peores que los que nos preceden según esa misma regla de tres. ¿Y si somos los mejores? Bueno, y qué. 

 

Lo único que tengo algo claro es que nos hemos ido complicando la vida, ya sea por un legalismo creciente o una bienintencionada sobreprotección que entorpece nuestra labor meramente educativa. Quizás es hora de ir centrando los escasos esfuerzos en aquellas tareas que facilitan el aprendizaje del alumnado y siembran además esa falta de curiosidad que se arrastra en una escuela actual no tan diferente en el fondo de la que nosotros vivimos. Innovar también puede ser volver la mirada hacia atrás o retirar lo que estorba pero con la mirada puesta en lo que está por venir y en la sociedad que queremos. Mucha tecnología pero tenemos más tareas que nunca. 

 

A nivel de Formación Profesional, y a pesar del creciente éxito que señalan una cifras récord de matriculación, no sé si los estudiantes son peores que nunca, pero no siempre estos datos deslumbrantes vienen acompañados de más recursos para ofrecerles la mejor formación posible. Sin contar que este crecimiento puede estar derivando hacia un mayor número de alumnos de muy distinto origen que redunda en esa diversidad y complejidad creciente que tenemos en las aulas. Y así el malestar crece al mismo ritmo que empeora nuestra opinión sobre un estudiantado desigual en intereses y en experiencias vitales. 

 

En cualquier caso, más que seguir despotricando de esta dichosa juventud, somos nosotros los que debemos exigir medios y condiciones (al igual que hacen actualmente y con razón los profesionales de la medicina) para facilitar la mejor formación posible a todos y cada uno de nuestros queridos jóvenes sin la necesidad de perecer en el intento por extenuación. Y hoy nos debemos a los actuales jóvenes al igual que ayer debieron deberse a nosotros. 

 

Algo apuntaba al respecto Turgueniev en 1862 en su muy recomendable novela "Padres e hijos": 

Antes los jóvenes tenían que estudiar: como no querían pasar por ignorantes, se esforzaban y estudiaban. Pero ahora les basta con proclamar «¡El mundo entero es una estupidez!» y ya tienen el título. Y los jóvenes, la mar de contentos. 

 

Foto de Raphael Brasileiro en Unsplash

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