El curso llega a su fin y las sensaciones, tras una completa implementación del nuevo sistema de Formación Profesional en los ahora llamados grados D (ciclos formativos de grado básico, medio y superior), nos dejan con un cierto sabor agridulce. Incluso alguno o alguna podría describir cierta amargura a la hora de digerir una necesaria transformación que no siempre ha sido ni bien entendida ni bien acompañada.
En cualquier caso, como docentes, sabemos que los cambios educativos requieren una destilación lenta y que, a pesar de la normativa, si no se comprende la mejora ni se facilitan los medios necesarios, todo suele acabar en un estricto cumplimiento donde todo cabe en un papel fácilmente rellenable por la IA generativa de turno. Y en esas andamos. Seguimos despotricando ante una Administración que no predica con el ejemplo y no revisa toda la documentación inservible que nos hemos acostumbrado a reproducir y multiplicar en los centros educativos. En algún momento asimilamos que la burocracia añadía calidad a un sistema donde la materia prima son personas. Quizás sea ahora un buen momento para eliminar documentos y procesos que, lejos de mejorar procesos, nos siguen distrayendo de lo más importante: desarrollar la educación del alumnado.
Porque, cuando hablamos de educación, a pesar de las temidas acusaciones de adoctrinamiento, bien sabemos que educar supone actuar de un modo integral sobre los jóvenes que pasan cada día por las aulas. En la FP nos debemos tanto a una formación técnica, donde se priorizan las competencias profesionales, como a unas cada vez más relevantes competencias transversales donde además de las manidas soft skills se debieran integrar aquellos valores en los que coincidimos como sociedad y que forman parte del marco de los derechos humanos universales y la propia Constitución Española. La libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo no debieran provocar ningún tipo de autocensura; es deseable entender la educación como un modelo democrático donde los estudiantes participan, debaten y defienden sus ideas desde el respeto a los demás y con el conocimiento como argumento.
Aún teniendo clara esta cuestión relativa a los objetivos de la educación luego nos queda saber cómo lograrlos. Y es aquí donde entiendo surgen más dudas y donde cierto debate educativo nos ha llevado a despotricar del actual contexto generado por esa población adulta a la que pertenecemos y no por esos jóvenes que ahora habitan en una sociedad con problemáticas diferentes. Sin olvidar nuestra responsabilidad o falta de autocrítica y anestesia frente aquellas medidas ilusorias basadas en la forma y no en el fondo. Tampoco ayuda esa sensación de carga creciente en número de tareas sin haber obtenido a cambio motivos adicionales para seguir desarrollando una labor educativa cada curso más compleja. Creo que es preciso un rediseño de un sistema donde, además además de buscar la lógica eficiencia de los recursos y con cierta solidaridad, se busque innovar con el fin de mejorar el aprendizaje del alumnado.
Es necesario un profesorado que se apasione los máximo posible por el contenido de sus módulos y que a su vez tenga los recursos necesarios para exponerlos y trabajarlos en las aulas y talleres, sabiendo trasladarlos a los alumnos con las mejores herramientas didácticas posibles. Sin esa caja de herramientas estamos vendidos. Ya no hablo solo de aprender a desarrollar metodologías activas, sino también señalando las carencias de nuestros estudiantes con el fin de poner remedio a esa falta de comprensión lectora, vocabulario, razonamiento matemático o falta de curiosidad por todo aquello que desconocen. Se hace imprescindible, pese a la dificultad de la empresa, mostrarles todo lo que no saben y pueden saber.
Para todo ello disponemos tanto de los recursos que la rigurosa investigación educativa nos aporta: cómo captar la atención del alumnado, cómo evaluar formativamente o cómo diseñar tareas que esquiven ese empobrecimiento cognitivo que acompaña a un mal uso y abuso de la inteligencia artificial generativa. ¿Nos formamos en ello o seguimos enfocados en las herramientas TIC y una competencia digital meramente instrumental? ¿Leemos al respecto y alimentamos ese trillado pensamiento crítico del docente o seguimos con las ocurrencias y modas de turno?
Ya han pasado casi dos cursos desde que comenzamos a implantar la nueva ley de Formación Profesional y ya va siendo hora de que dejemos de poner el foco en esa numerosísima lista de resultados de aprendizaje y criterios de evaluación con el fin de quedar bien en la foto. El extremismo con los RA es todo un padecimiento. Era necesaria una revisión, actualización y ampliación de los módulos profesionales y transversales; pero aún es mas indispensable progresar como docentes en un contexto cambiante donde solo la experiencia acumulada no ayuda a mejorar el sistema. Hace falta una mayor aplicación a la realidad de nuestros módulos junto a una modernización técnica de procedimientos y recursos. La transformación de la FP no se originará desde una hoja de cálculo más o menos enredada.
¿Por dónde comenzar? Simplifiquemos tareas administrativas y esas cuantiosas rutinas evaluadoras que nos agobian; compartamos estrategias docentes poniendo el acento en la evocación, la practica espaciada y el rediseño de materiales y actividades a evaluar (con o sin IA); busquemos la atención en las aulas a través de una programación del aula donde la diversidad de tareas sea una constante para sorprender y mantener ocupados a los alumnos; y dotemos de tiempos de conversación y reflexión a los equipos docentes de cada ciclo. Miremos hacia adelante y no caigamos en la trampa que promete resolverlo todo volviendo la vista atrás. Eso sí, siempre va bien mirar de reojo...
Foto de Rocky Xiong en Unsplash


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