Parece que nunca es el momento adecuado para hacernos las preguntas idóneas. Cuando arrancamos el curso debemos coger carrerilla y dejar todo listo para una primera semana donde lo primordial es tener los módulos listos para su presentación y reordenar ideas olvidadas tras un verano que siempre se antoja corto. Luego viene ese primer trimestre que nos pone a prueba con nuevos grupos y alumnos que suelen deparar alguna que otra sorpresa transformada en nuevas y viejas preocupaciones que es necesario salvar; sin contar con la fortuna de tener que preparar un módulo nuevo y encajar su correspondiente programación con sus respectivos resultados de aprendizaje. Tras las navidades el nivel de agotamiento o saturación se ha nivelado un poco, pero también es habitual afrontar una ligera cuesta donde comienzan las urgencias por un currículo que se torna inalcanzable o porque resulta complicado tener empresas para formar a todo el alumnado. Más adelante se aproxima ese tercer trimestre donde debiéramos tener más tiempo para trabajar o reflexionar sobre aquello que no pudimos terminar en su momento, pero que acaba siendo un período donde el papeleo ocupa demasiado tiempo mientras las fuerzas se agotan.
Y ahora, cuando ya estamos cerrando el curso con evaluaciones extraordinarias o se cierra la formación en las empresas de buena parte del alumnado, seguimos enfrascados en la incertidumbre o con dudas sobre cómo cumplir con la normativa mientras pasamos de refilón por aquello que más importa. Y así continuamos ocupados sin esa necesaria reflexión o afincados en la crítica a la organización académica y a una legislación que llega tarde y/o mal y que impide centrarnos en cómo enseñar mejor para que nuestro alumnado aprenda en un entorno que cambia a pesar nuestro. Estamos en este momento a punto de poner el piloto automático con la vista en un verano que haga borrón y cuenta nueva antes de un septiembre donde volveremos a ese curso de la marmota que poco ayuda a recordarnos la relevancia social que tiene nuestra labor docente. Salvo en momentos puntuales.
E insistimos con las prisas y camuflando la falta de dedicación a un trabajo en equipo sostenido con demasiadas ocurrencias y poco sosiego. Escasas lecturas y mucha inteligencia artificial para automatizar tareas en una profesión que requiere diálogo con conocimiento y menos eslóganes donde todo tiempo pasado fue mejor pero que no me quiten la IA. Continuamos requiriendo formación presencial de calidad que abra debates y nos ayude a colaborar con el profesorado de nuestro ciclo. Sin olvidar esa parte técnica que ahora, con toda la tecnología facilitadora de por medio, requiere tomar decisiones pedagógicas y formativas de peso para dar el valor añadido que requieren los estudiantes ante unos powerpoints con garantía depresora. La elocuencia, la escucha, el diálogo, la lectura y el debate son magníficas alternativas en un mundo que demanda profundidad frente a la estulticia y aceleración de las redes; y como consecuencia de esas herramientas generadoras de contenidos que nos mejoran como productores pero no como personas.
Las profecías de un entorno cambiante y convulso nos han cogido con el pie cambiado. Y mira que en FP estábamos advertidos tras decenas de congresos donde nos congratulábamos con este porvenir inquietante del que ahora protestamos. Pese a las alarmas, tengo la sensación de que seguimos actuando a base de lemas pero sin referencias clarificadoras e inspiradoras mientras buscamos encajar lo que ya veníamos haciendo con unas normas que se suponía venían a mejorar lo hasta ahora practicado. Demasiado desconcierto y fragmentación. De hecho, tras dos cursos con el nuevo sistema de Formación Profesional, seguimos más preocupados en cómo reflejar una calificación final que en la manera de hacer más competentes y mejor personas a todos esos chicos y chicas que nos eligen para sortear un futuro incierto. Seguimos sin guías claras para trabajar las competencias para la empleabilidad, motivar al alumnado, encauzar una evaluación formativa sin caer un una guerra de filas y columnas, gestionar un proyecto intermodular o aplicar esas técnicas para el aprendizaje que tampoco parecen resolver los másteres del profesorado. La innovación se quedó en concursos para obtener recursos. SOS.
En mi opinión, nuestro futuro como docentes sigue pasando por comprender al alumnado y hacerles entender la necesidad de ser personas autónomas y resolutivas con las herramientas que la tecnología nos ofrece; pero resaltando la faceta social que precisarán en un mundo que tiende al ensimismamiento mientras les promete un empleo para malvivir entretenidos con una oferta de ocio interminable donde solo cabe el ahorro por herencia. Los afortunados de cuna mantendrán el estatus pero la gran mayoría de jóvenes requieren una FP que les abra puertas y les haga caer en la cuenta de que necesitan invertir en conocimiento y valores como forma de evitar esa estafa en forma de pantalla que todos acusamos. Una FP que cargue sus alforjas para facilitar su desarrollo personal, motive su autenticidad y les encamine a buscar un propósito de servicio que, junto a un sueldo decente, nos ayuda a dar sentido a la vida.
Foto de Thomas Griggs en Unsplash


0 COMENTARIOS:
Publicar un comentario
Disculpa las molestias si se demora la publicación de tu comentario. Se revisan para evitar el spam habitual. Muchas gracias.