A CONTRACORRIENTE

lunes, 9 de diciembre de 2019
Damos muchas cosas sentadas en educación. Demasiadas modas o costumbre asociadas a un consumo o gasto irresponsable en una sociedad en la que parece despertarse ahora una conciencia medioambiental que esperemos no sea cosa de cuatro días y afronte de verdad los efectos científicamente demostrados del calentamiento global.

a contracorriente
Aún así, seguimos imprimiendo miles de hojas sin ningún tipo de miramiento; encendemos calefacciones pero no nos molestamos en apagarlas o en cerrar puertas y ventanas para que no se pierda ese calor generado; iluminamos pasillos, adornos o fachadas para alegrar la vista, más que para ver mejor; estimulamos la compra de artículos inservibles o a bajo precio como una afición más; y así un largo etcétera de ejemplos que, por acción u omisión, reflejan nuestra incongruencia con esa sensibilidad ecológica.

Y la tecnología. Esa necesidad creada de tener el último dispositivo electrónico; smartphones que cuestan cientos de euros en manos de chavales que simplemente, en su mayoría, wasapean o toman fotos para sus redes sociales. Hemos pasado de aprovechar cualquier PC durante varios años a invertir en tabletas o chromebooks con una vida útil más limitada, como aquellos Netbooks de un pasado no muy lejano. Y no es por ser abuelo cebolleta, pero, más de uno, allá en los años ochenta, programaba, editaba y sacaba provecho de unos ordenadores personales que andaban con pedales y requerían una paciencia infinita.

Luego viene el tema económico. Gastos superfluos o cero empatía con aquellos que o no quieren o no pueden gastarse ciertos importes en salidas extraescolares, festivales, costosos regalos o cualquier otro evento donde parecemos arrastrados por una multitud más o menos anónima que te observa con recelo si no contribuyes a su causa. Aquí la escuela también educa. No es educativo organizar actividades si todo el alumnado no puede o le supone un elevado esfuerzo poder asumirlas. Y no hablo de prohibir salidas ni excursiones. Me refiero a ese sentido común por el cual no es necesario plantear ciertas actividades costosas para las familias y que no redundan en un aprendizaje o experiencia vital esencial en los alumnos. Y cuando hablamos de cierto costes también hablamos de inclusión. Y no me meto con las graduaciones escolares para no salir trasquilado.

Hace tiempo que se perdió el oremus con ciertos gastos. Resulta que nuestros mayores fueron más ecologistas y responsables, seguramente a la fuerza o por la carestía vivida, que cualquiera de los viejóvenes, millenials o adolescentes actuales. Que aquello de ir apagando luces, comprando ropa duradera, aprovechando la comida sin desperdiciar nada o haciendo un viaje de fin de curso solo al final de la secundaria o del bachillerato, y reutilizar los libros de texto, era algo adelantado a su tiempo. Y eso que el planeta aún estaba por calentar... Aquello de "el detalle es lo que importa" parece haber pasado a mejor vida, pese a la emergencia climática o el estancamiento económico.

photo credit: ImageMD Pier Textures via photopin (license)

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