SE BUSCAN PROFESIONALES NORMALES

miércoles, 9 de marzo de 2022

La medida de lo que significa la normalidad parece difusa y subjetiva en los tiempos que corren. Los embistes del marketing personal, la ausencia de referentes, el exceso (o falta) de autoestima, puede que nos estén llevando a esa esclavitud de las emociones que arrastra masas de gente hacia los lindes del pensamiento. Los tipos normales y corrientes se malvenden como seres grises sin valor diferencial y escasos de títulos (útiles e inútiles); frente a aquellos que hacen ruido, protestan, se encumbran solitos y manejan las artes de la comunicación mientras acumulan seguidores con oídos regalados. 

 

Sin embargo, en cualquier trabajo, los gestores prefieren profesionales con talento pero sin excentricidades. Personas que cumplen, que se relacionan, que aportan, que se implican, que vienen motivados de casa cuando disfrutan de un contrato laboral decente; que se molestan por seguir aprendiendo, congruentes y autocríticos. Gente normal que sabe que, indefectiblemente, las condiciones del entorno laboral afectan, para bien o para mal, al entorno personal; pero que no trasladan sus fobias y filias atípicas a lo profesional. 

 

Tipos corrientes que cumplen con sus obligaciones, incluso alguna más de la cuenta, y que no van llevando el cómputo de cada segundo concedido a su empleador (preferiblemente normal). Sujetos normales que no abusan de sus imprescindibles derechos laborales, conseguidos con el sudor y lágrimas de otros, ni se dedican a buscar argucias para no cumplir con lo mínimo exigido. Personas que hacen y no necesitan hablar; aunque debieran ser más oídas. Mentores de verdad y no solo figuras obvias y virtuales.


Las empresas normales, al fin y al cabo, no buscan currículos de jóvenes hipertitulados o sabelotodos expertos en nada. Prefieren gente que quiera aprender y crecer profesionalmente; gente constante y sabedora de que un trabajo bien hecho redunda en toda la organización, compañeros incluídos. Esos tipos que observan y aprenden de esos antiguos del lugar que no se han vuelto desfasados. Trabajadores que se han críado bebiendo en vasos de Nocilla reciclados de cristal transparente y que no se desviven por esas tazas rotuladas de frases fantasiosas. Porque las empresas, tal vez equivocadamente, no miran las calificaciones de sus títulos; escanean la actitud en busca de personas con ganas y sin dobleces: ni perros verdes, ni fantasmas, ni aficionados al espejo, ni arribistas, ni trepadores sin piolet.

 

Aquella frase tan antigua, "la intención es lo que cuenta", se acopla muy bien a esa gente normal que busca hacer bien su trabajo, sin excusas, protestando solo cuando toca, y que son el antídoto ideal para los tóxicos que tienen soluciones para todo pero no se aplican el cuento. Porque los normales, estadísticamente hablando, debieran ser mayoría; una mayoría que no permita que ese resto de cantamañanas contamine los valores que ahora y siempre se necesitan. Nos acecha un futuro volátil y extraño por el que nos deslizamos perplejos los que valoramos todo aquello conseguido y recibido; y que ya no debiéramos dar por supuesto.

¡Que viva la gente normal! 

 


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