LOS JÓVENES DE LA FP ACTUAL

domingo, 15 de enero de 2023

Ahora que cunde el pesimismo y cierta alarma ante la juventud que se avecina siempre nos quedan esos testimonios de primea mano que pueden no atesoren la validez de sesudas investigaciones científicas, pero son un ejemplo de que el mundo gira en el sentido correcto. El prisma de los que no pisan las aulas a nivel profesional tiene claroscuros. Sin embargo, nos fijamos más en en esa fracción sombría que parece invalidar la lucidez que también destellan los no docentes. 

 

En prensa salen modelos de hijos y estudiantes ideales, al igual que docentes y padres modélicos; en contraposición a la masa ordinaria que ocupamos el planeta y que, acertada o equivocadamente perseguimos lo mejor para los nuestros. Y por el camino nos dejamos las huellas de los que, discretamente, siguen búscandose la vida pese a su inmadurez o su situación personal y familiar. Este artículo viene al caso de un amigo que, con los cuarenta ya avanzados, ha pasado recientemente como alumno por las aulas de FP en un ciclo formativo de grado medio. 


Como me cuenta, y bien sabemos los que convivimos con la juventud, los estudiantes le parecen más resueltos de lo que él recordaba en su adolescencia; con sus inquietudes y con las ideas claras sobre qué hacer en el futuro. Buenos chavales, espontáneos y sin pelos en la lengua a la hora de hablar con los adultos. Estudiantes de Formación Profesional que también se buscan la vida fuera de las aulas para pagarse sus gastos. Chicas y chicos que saben que necesitan seguir estudiando para no dormitar en esa precariedad laboral del empleo con baja cualificación. Chavales con ilusiones, pese a un entorno que poco acompaña, que desean tener un trabajo bien remumerado. Jóvenes que desean avanzar a lo largo de esa caprichosa e inestable pirámide de Maslow. Una juventud que también es consecuencia de los vaivenes educativos de los adultos que les preceden. Su supuesta indolencia, el consumismo que predican o la deseada falta de atención son problemas causados por los habituales sospechosos pero sin ningún responsable confeso entre sus ascendientes.

 

Los que nos dedicamos a la Formación Profesional bien sabemos que no es oro todo lo que reluce. Que podemos poner muchas pegas a la ordenación académica y a la organización de la actividad docente. Pero somos conscientes, pese al esfuerzo que conlleva tratar de enseñar a jóvenes inquietos (en todos los sentidos), que muchos de ellos son ejemplo para los que abandonaron el sistema educativo por distintas razones o para aquellos que aún no conocen los derroteros de su incipiente vida adulta. Y tenemos la suerte de poder darles ese empujón que necesitan. Animarles a conocer otras geografías, equivocarse, a seguir estudiando, a leer y escuchar antes que opinar, y buscar ese lugar en el mundo que no tiene porque ser convencional e inamovible. 

 

Podemos despotricar de la rémora de las redes sociales, de la música adulterada con autotune o de la falta de modales de una chavalería con pocos prejuicios; pero más nos vale recordar un final del siglo veinte donde el alcohol, las drogas, el sexismo o los excesos en la carretera eran moneda corriente. O una FP donde solo cabían los escolares deshauciados o aquellos que no podían permitirse más años de formación. Ahora tenemos unas aulas variopintas; pobladas también de jóvenes agitados y serenos que necesitan de cada uno de esos docentes que les descubren saberes y nuevos puntos de vista para seguir creciendo. Probablemente más que nosotros. 

 

LOS JÓVENES DE LA FP ACTUAL

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