Finalizo esta serie de cuatro artículos sobre el uso educativo de la IA con una reflexión personal. Quizás estamos alcanzando el punto de saturación en lo que se refiere al empleo educativo y profesional de la IA generativa. Constantemente tratamos de anticipar el uso profesional que harán de la IA nuestros estudiantes en el futuro, qué tipo de tareas acabarán relegadas por su implantación extensiva, o queremos saber si estamos abocados irremediablemente a una mayor pobreza mental. La intriga o desasosiego son permanentes. Y en FP nos preocupa el futuro.
Todo ello sin tener demasiado claro qué hacer para evitar un abuso por parte del alumnado o un mal uso por parte de los docentes. La ley de la selva, a pesar de los titulares y cientos de artículos advirtiéndonos de que pongamos puertas al campo, parece que se ha aprobado por mayoría absoluta. Pero luego viene el día a día en el aula. Los discursos, debates y artículos sesudos, no demasiado seguidos por un profesorado en exceso ocupado, quedan en un segundo plano cuando tienes que lidiar con jóvenes que necesitan ser escuchados; que requieren unas normas claras para seguir una clase con cierto aprovechamiento y evitar así interrupciones o una falta de atención permanente; y además debes justificar cada hora que pasas en tu aula con indicadores, adaptaciones y buenas intenciones de que vas a cumplir cual escribano medieval.
Desafortunadamente la IA no evita las grandes dosis de paciencia que se requieren en el aula. No creo que haya robot que sobreviva a este entorno. La IA tampoco inocula al alumnado las ganas de saber más y culturizarse, así como preocuparse por un futuro profesional que sigue como siempre y más que nunca en entredicho. La IA da respuestas inmediatas pero no comprende la desidia, la inmadurez, el agotamiento, la desigualdad y un sinfín de carencias que arrastran muchos de los que habitan las aulas. Pero aún así, ¡viva la formación en IA! No seré yo quien tire piedras contra mi propio tejado. El variopinto uso de herramientas de inteligencia artificial no parece tener fin en un panorama próximo donde el bienestar docente solo sirve para dar título a un curso estival.
Quizás el alarmismo debiera encenderse ahora que hay muchos profesores exhaustos porque quieren enseñar en mejores condiciones y que llegan con la lengua fuera a cumplir todos y cada una de los requerimientos de una profesión que solía llamarse "enseñanza". Ya no sé si trabajo en educación, en la enseñanza, en formación profesional, soy un técnico o soy un coach personal. Creo que una mayoría, con o sin IA, queremos enseñar mejor, poder dar clase con los contratiempos habituales, y no percibir que esta profesión se ha complicado con buena intención pero sin sentido. Seremos mejores editores, productores, programadores, organizadores o pseudotecnólogos, pero podemos dejarnos el alma por el camino con tanta productividad mejorable. Al final, esa admirada vocación docente, con tan buena prensa, no será puesta en peligro por una IA que parece poderlo todo; sino por unos humanos que nos empeñamos en complicarnos la existencia en lugar de aprender a dar las mejores clases posibles con los recursos necesarios.
Foto de Liudmyla Pashkevych en Unsplash


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