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LOS BUENOS CENTROS EDUCATIVOS PARECEN ISLAS

jueves, 20 de abril de 2023

Utilizando metafóricamente la frase del poeta inglés John Donne, ningún hombre es una isla por sí mismo, creo que un buen centro educativo no debieran ser oasis perdido en el panorama actual de la enseñanza. Desafortunadamente, no abundan las escuelas donde los estudiantes muestren una satisfacción plena o una realización con lo que hacen la mayoría de esas 30 horas semanales. Supongo que se repite la misma historia cada generación. Los Z o los boomers no tenemos un relato escolar demasiado distinto, por mucho que algunos se empeñen en negarlo o a pesar de esas insularidades de carácter excepcional.


Hoy en día, tal vez por un exceso de exigencia y la creciente oferta educativa, resulta todavía más difícil seleccionar un centro en busca de esa escuela sugerente, afectuosa y estimulante. La competencia entre los centros educativos ha desembocado en una pugna por ofrecer unos servicios adicionales muy similares entre sí; donde los idiomas, lo digital o las instalaciones son los reyes del mambo. Si hablamos de Formación Profesional el mantra recae forzosamente en la FP Dual, el programa Erasmus+ o las posibilidades de emprendimiento; además de unas instalaciones que puedan suplir el renombre que ofrece la experiencia acumulada de otros centros; por no mencionar el manido reclamo de una innovación educativa de imposible medición. Lugares comunes que hacen difícil esa selección de centro en un rico desierto. Pero todos queremos conocer donde se encuentra ese oasis anhelado más allá de una colección de imágenes sugerentes en Instagram o un vídeo seductor en YouTube. 


Podemos navegar por las webs de los centros educativos, sus redes sociales, hacer visitas presenciales... Todo con el fin de tratar de acertar en esta árida búsqueda. ¿Y cómo atinar? La respuesta, pese a las dudas que tenemos con las evaluaciones que hacen los estudiantes (Los efectos perniciosos de la evaluación docente de Francisco J. Abad), podemos encontrarla en esa subjetividad que ofrecen los alumnos que han pasado por sus aulas. Pese a que unos valorarán las calificaciones obtenidas, otros el trato recibido, algunos lo que han aprendido, o incluso las facilidades académicas percibidas. Preguntar al alumno con cierta frecuencia y en profundidad nunca ha estado de moda. Conocer cómo es su experiencia en el centro, más allá de los likes o las estrellitas que nos puedan conceder, debiera ser una tarea regular tanto en la búsqueda de centro como en la autovaloración de las escuelas y su profesorado. 

 

No nos queda otra que consultar a ese adolescente o joven sobre cómo ha sido su aprendizaje, el interés que han despertado por el conocimiento, las herramientas que ha obtenido para afrontar el futuro, el apoyo que ha encontrado, etc. No es congruente llenarnos la boca de transformación educativa o innovación cuando las rutinas escolares siguen manteniéndose, casi literalmente, en muchas aulas de nuestro país. Conseguir que estas clases no sean islas y se mantengan comunicadas para extender esa renovación del paisaje educativo siguen siendo igual de necesario que siempre. No nos quedemos solo con esas frases habituales que resuenan a hueco en los foros educativos. Cambiemos la mirada, agrandemos los oasis y pasemos a la acción junto a alumnos y compañeros. 

 

PALABRAS PROFESIONALES

sábado, 22 de enero de 2022

Si hay algo inadmisible e inexcusable a nivel docente es la utilización de un vocabulario denigrante hacia el alumno, ya sea en público o en privado. Dirigirse hacia el alumno a través de calificativos que tachan de anormal o "cortito" a un chaval, dice mucho de la calidad humana y profesional de un docente. Si en caliente no tiene excusa, menos la tiene aún en frío; cuando en alguna reunión puedes oír risotadas o esas gracias sin gracia hacia ese alumno que no llega. 

 

En tiempos donde las redes sociales y la mensajería instantánea son el nuevo boletín oficial del estado; donde la imagen camufla los hechos con frases grandielocuentes; donde se valora la persuasión de los jóvenes (y mayores) inmaduros a través de la propia estampa; continúa siendo intolerable esa falta de sensibilidad con el vocabulario. Algunos, no sé si muchos o pocos, estamos hartos de la titulitis, del escaparate narcisista, del quejido si luego no cumples, de la incongruencia profesional que destilan las palabras. Desencantados de la inacción de quienes siempre tienen razón o se acogen a los derechos y a su articulado, pero nunca exigen el cumplimiento escrupuloso de los deberes que acogen al alumno o que facilitan el trabajo de los compañeros. 


Siempre, pese al exhibicionismo actual, han pesado más los que trabajan como hormigas, dando el callo aunque caigan chuzos de punta; ofreciendo lo mejor sin amiguismo o sin buscar prebendas envueltas de humo. También en educación. Los imponderables, los intangibles con los que trabajamos como docentes no siempre pueden medirse en procedimientos de calidad. Sin embargo, las palabras se pueden calibrar todo lo que deseemos. Luego, el corporativismo nos silencia por no entrar en conflicto, pese a la vergüenza ajena que padeces y a la mirada agria de unos pocos que debieran haberse decantado por la acuicultura o el mundo del espectáculo. ¿Debemos transigir con ese lenguaje y la banalidad permanente en el entorno escolar?

 


 

Es curioso que, en tiempos donde se busca tanto la protección de datos, inundemos las redes de imágenes y palabras poco profesionales con frivolidades de la vida cotidiana y personal, empujando a los alumnos (menores incluidos) a seguirnos y darle a un me gusta tu careto y la frase de tu tazón de café con leche. El problema se agrava con una escuela o sistema cómplice que favorece no solo la banalidad, sino también la pérdida de tiempo como un meme reciclado. Una escuela que debiera ser dique de contención de esa tromba digital que adormece al público de todas las edades. Un dique que podemos construir con hechos y palabras sinceras, con sentimientos y profesionalidad; con contenidos preciosos no solo esteticamente.

 

Los centros educativos no están para calificar ni colgar sambenitos. La escuela debe ser un espacio para dar oportunidades, que algunos desgraciadamente rechazarán, pese a la escasez de recursos y las trabas que encontramos cada curso. La escuela debe respirar palabras de aliento, de escucha; pese a los impertinentes que aún están creciendo y buscando su espacio. Recordar la finalidad de la escuela nos da motivos para no caer en la fatiga profesional o poner en marcha un piloto autómatico en busca de la jubilación soñada. La escuela necesita gente ilusionada, implicada en un proyecto común, con lo pies en la tierra, cargada de palabras amables y sabedora de que la larga andadura valdrá la pena. Y no solo a uno mismo.


Photo by Possessed Photography on Unsplash

CONTROL DIGITAL ESCOLAR PERMANENTE

viernes, 19 de noviembre de 2021

Libertad, pensamiento crítico, cultura, competencias técnicas, habilidades blandas... y un largo etcétera de ideales son los que supuestamente la educación actual tiene entre sus objetivos o deseos para con los alumnos de este ya casi maduro siglo veintiuno. Todavía no nos hemos desengañado con el errático uso que hacemos de los dispositivos digitales en la escuela para lograr esos fines; incluso el futuro no es demasiado halagüeño y parece nos depara un bombardeo en el control de datos de los alumnos en forma de amenazas conductistas que modernizarían el paisaje de algunas escenas de la película ochentera "The wall" de Alan Parker.

Seguimos enfrentando la disciplina y el esfuerzo a la falta de curisosidad y ganas de aprender de los alumnos. Los hemos vuelto irreconciliables. Continuamos con discusiones estériles sobre la evaluación, no respetando lo que funciona y añadiendo experimentos que perpetúan un sistema de enseñanza árido y poco estimulante para los estudiantes. Buscamos dar clases lights y que los dispositivos y su software nos solvente la papeleta formativa para que motive a los más jóvenes por real decreto. Sin embargo, el alumno sigue igual de desafecto a las clases, los contenidos académicos y todo lo que rodea el entresijo escolar. Para colmo, el mundo absorbente de las pequeñas pantallas no hace más que distanciarlos de una dinámica de enseñanza-aprendizaje en beta permanente junto a un profesorado con desmotivación creciente. 

Ya estamos sufriendo las plataformas educativas digitales con un sinfín de avisos e incidencias que un profesorado inmerso en un proceso kafkiano tiene la obligación de anotar por motivos intrascendentes o para cubrirse las espaldas si alguna familia resulta manifiestamente incómoda o acusadora. ¿Acabaremos siendo los esbirros de un sistema de control permanente? Los móviles paternos y maternos reciben notificaciones, además de las simplezas en los grupos de wasap familiares, nuevas comunicaciones que les alertan de incumplimientos varios basados en un reglamento con un articulado para duchos letrados. Llegará un día, si no lo ha hecho ya, donde la geolocalización permanente no dejará a los adolescentes saltarse una clase por pura inconsciencia de la edad.

Mientras tanto, las familias se enconan o dimiten de sus obligaciones por puro disgusto o falta de tiempo vital ante tanto fuego amigo. Parece que estamos esperando a que inventen un bot que responda al sinfín de notificaciones para así simular preocupación y no perder la medalla de buenos padres. No sé si los chavales acabarán aprendiendo a base de estímulos y frenos; ignoro si el temor a un apercibimiento digital marcará unas conductas venideras donde el libre albedrío y la personalidad serán cosa del pasado en un futuro donde los algoritmos de Netflix, Amazon, Facebook o Google nos igualarán en mediocridad y egocentrismo.

Soñaremos, como alucina hoy Jeff Bezzos, en un futuro donde la educación obligatoria sea una de esas naves espaciales repletas de bibliotecas, saberes interesantes y actividades que estimulan la capacidad intelectual y artística de nuestros menores; que no sea necesario inventar un planeta Tierra en el que solo estemos de visita mientras unos estímulos electrónicos marcan nuestras aceleradas e inciertas vidas.

Photo by NASA on Unsplash

LA EDUCACIÓN QUE NOS HACE MEJORES

miércoles, 18 de agosto de 2021

Los años pasan y las experiencias se acumulan. La educación que atesoramos no es solo el fruto unos años acadméicos más o menos exitosos; la familia, los amigos y los compañeros de trabajo también van haciendo mella en nuestra personalidad. La escuela tiene la obligación de hacerse cargo de ciertas carencias que muchos no pueden disfrutar en su entorno más próximo; no todos tienen la misma fortuna o posibilidades de crecer personal e intectualmente. 

 

Agradezco enormemente, con la justa distancia que dan los años, todos los recursos que me facilitaron mis padres así como las valiosas compañías que he tenido y tengo a mi lado para ser mejor persona y profesional. Sin duda, tengo mucho camino por recorrer y ganas sobradas para no caer en la indolencia y superficialidad que parece acecha ahora más que nunca. Tal vez todos anhelamos, como escribió Unamuno, ser género aparte; pero sin duda somos fruto de el escenario que nos acoge y de los actores que nos interpelan a lo largo de la vida. 

 

Hacemos bien valorando esas buenas compañías de viaje; e incluso las impertinentes nos muestran como no queremos ser. Cada curso es un peldaño más que no sabemos adonde nos lleva; donde cada cual toma (o padece) su propio ritmo. Recomiendo la novela de Héctor Abad Faciolince, "El olvido que seremos", donde además de mostrar su admiración y amor hacia su padre, comparte algunas líneas que escribió sobre su experiencia docente:

«Qué gran cantidad de equivocaciones —había escrito ahí— las que cometemos los que hemos pretendido enseñar sin haber alcanzado todavía la madurez del espíritu y la tranquilidad de juicio que las experiencias y los mayores conocimientos van dando al final de la vida. El mero conocimiento no es sabiduría. La sabiduría sola tampoco basta. Son necesarios el conocimiento, la sabiduría y la bondad para enseñar a otros hombres. Lo que deberíamos hacer los que fuimos alguna vez maestros sin antes ser sabios, es pedirles humildemente perdón a nuestros discípulos por el mal que les hicimos». Y ahora, precisamente cuando sentía que estaba llegando a esa etapa de su vida, cuando ya la vanidad no lo influía, ni las ambiciones tenían mucho peso, y lo guiaban menos la pasión y los sentimientos y más una madura racionalidad construida con muchas dificultades, lo echaban a la calle.

Ser cretino cuando eres joven es tarea fácil, pero imperdonable a cierta edad. La sabiduría que te dan los años y que tanto se desaprovecha en las escuelas debiera ser apreciada y aprovechada por cada hornada de nuevos docentes; evitaríamos la repetición de errores o el seguimiento de dudosos recorridos educativos. El ímpetu, el seguidismo y la soberbia se curan fácilmente junto a unos buenos compañeros de viaje que te ayudan a aterrizar y a desprenderte del lastre que arrastramos ya sea por el exceso o por la falta de autoestima. 

 

Los libros o esos títulos académicos tan valorados, de los que presumimos pareciendo ignorar que acabarán amarilleando, nunca aportarán lo suficiente sin ese acompañamiento desprendido que disfrutamos con la familia, los amigos y esos compañeros de turno; y que nos hacen mucho mejores. 

 

Photo by chris liu on Unsplash 

RETÓRICA POCO EDUCATIVA

viernes, 21 de junio de 2019
El discurso educativo cae demasiado a menudo en la retórica; tanto en su acepción de "dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover" como en la de retórica como "sofisterías o razones que no son del caso". Un discurso cada vez más numeroso que peca de poco pragmático a la vez que de insustancial y que atiende más a opiniones personales, modas o intereses con poco que ver con la idea de educación que algunos tenemos.

Las ocurrencias son una de las amenazas que tenemos en este ambiente seudoinnovador en el que constantemente creemos vivir. Luego, con los pies ya en la tierra, nos encontramos con los mismos males de siempre: falta de trabajo en equipo, personalismos, incongruencias y escaso tiempo y ganas para leer, reunirse, formarse y vertebrar proyectos educativos que trasciendan al aula y a todos nuestros alumnos. Esa facilidad de palabras hueras que ahoga debates o acciones trascendentes.

Luego están las prioridades. Somos especialistas, en la comunidad educativa, en perder tiempo en debates estériles o que aportan más bien poco al estado de la educación. Que si una hora más de esta asignatura, que si más lengua propia o extranjera, que si el bilingüismo, que si el uniforme, que si me han cambiado el módulo, que si el otro libra más que yo, etc. Todo antes que abordar el qué y el cómo para mejorar la enseñanza y aprendizaje o atender mejor a mis alumnos.

RETÓRICA POCO EDUCATIVAY la política. Cómo no. Votar azul, rojo, naranja o morado parece que te inhabilita para tener un criterio propio y distinto al del partido. La utilización de la educación para ganar votos es un desprecio al futuro del país. El tema del pacto educativo debe haber pasado a mejor vida; renta más polemizar sobre cualquier medida actual o pasada que enfrente a padres, madres, docentes o con la dirección de los centros. Y además sale barato.

Superficialidad a mansalva. Frases hechas, lemas manidos, happyflower... con buena intención pero sin sustancia. Los cambios decisivos, aunque nos pese, vienen dados de las aportaciones de todos y no de unos pocos que tiren del carro. La ilusión y motivación son vitales, pero para ello todos debemos buscar motivos para esforzarnos aún algo más en aras del bien común. En el caso contrario acabamos mirando constantemente el reloj y el calendario esperando ese timbrazo extintor que nos devuelva a casa (y no estoy hablando de empeorar las condiciones laborales).

Crítica compulsiva y protestas por defecto: sin reflexionar en qué más aportar al trabajo o en qué puedo estar patinando. Luego vienen las diferencias personales, profesores o padres quemados que no se han parado a pensar o agradecer la ingente tarea de compañeros, directivos o padres preocupados por la educación de todos. El talante se contagia, así como las ganas de trabajar. Al menos eso me contaban de niño...

En nuestras manos está tomar decisiones basadas en la reflexión; sin mezclar ocurrencias, superficialidad y política. Buscar momentos cada curso para evaluar y proponer; a ser posible desde las evidencias y la experiencia, aun sin miedo a equivocarse. Nos sentamos y pensamos poco tanto a nivel individual como grupalmente. La ficción educativa nos engatusa y acabamos deslumbrados por esos efectos artificiales en forma de gurúes o titulares de periódico que edulcoran o tiran piedras, en partes iguales, a los docentes. Sin duda, la mala enseñanza se cura leyendo pedagogía y compartiendo experiencias con otros colegas de aula.

Yo, de momento, me conformo con esa semanita al año donde poder trabajar, sin prisas y codo con codo, con mis compañeros. Sin otro objetivo que mejorar la enseñanza. Aquí el tuit culpable de este artículo:

photo credit: Julien Lagarde Correfoc de la Mercè via photopin (license)

MÁS PEDAGOGÍA Y EVIDENCIAS EN LA ESCUELA

domingo, 30 de septiembre de 2018
Tras un intenso fin de semana, organizando y trajinando en las primeras jornadas Eduhorchata, acompañado de buenos amigos y de un excelente equipo con Salva, Raúl y Jordi, toca hacer un breve balance de lo mucho aprendido y escuchado en las ponencias, debates y talleres que hemos podido disfrutar en el Puerto de Sagunto.

Todos tenemos claro la dificultad de llegar a acuerdos globales en relación al sistema educativo y a las leyes que lo regulan; somos sabedores de la enorme necesidad de recursos que tienen muchos centros y ciertas etapas educativas; cada uno tenemos una visión de hacia donde deberíamos ir en las aula, con nuestros alumnos y los compañeros de escuela. Sin embargo, ya empezamos a ser conscientes, los profesionales de la enseñanza, de la necesidad de ser precavidos con las modas o metodologías que inundan las redes; estamos cada vez más alerta en no perder el oremus de lo que debe significar la educación para nuestros niños y jóvenes, independientemente de las opiniones personales, creencias o ideas políticas.

Con Víctor Vitoria, conocido en las redes como Profesor Jano, reflexionamos acerca del modelo digital de los centros educativos. Víctor nos abrió un debate, imprescindible hoy día, para digitalizar la escuela sin caer en ciertos errores; desaciertos como tratar de sustituir todo el papel por los medios digitales o pensar que estamos innovando por introducir herramientas TIC u ordenadores en las aulas. Afirma que es preciso elaborar un mismo entorno digital para docentes y alumnos, así como elaborar un currículo digital; porque es fundamental un modelo digital que implique a TODO el centro educativo.
Escuchando a Marta Ferrero te lo pensará dos veces antes de implementar una metodología en tu centro que pueda afectar al alumnado. Es imprescindible, como ella comentó, que nos paremos y reflexionemos previamente sobre los cambios que queremos introducir en las aulas; sobre qué evidencias respaldan su aplicación y como investigar mínimamente antes de introducir estos cambios. En su blog personal, "Si tu supieras...",  hay mucha más información al respecto: https://situsupierass.wordpress.com/
Iñaki Imurúa nos aproximó al mundo de las cibercomunidades de aprendizaje y los txokos vascos. Una estupenda analogía para unos espacios digitales donde los participantes, con unos intereses comunes, comparten y colaboran formal o informalmente para desarrollarse personalmente. Caímos en la cuenta de si somos lurkers o no en las redes, y nos demostró que un vasco puede hablar bien en valenciano...
Con Javier Panadero, magnífico divulgador de ciencia y cacharrismo, además de reírnos, comprobamos que la ciencia -cosa seria- puede ser divertida; que las opiniones no cuentan sino que es el criterio empírico al que debemos acudir para hacer afirmaciones. Nos demostró que el anumerismo actual nos hace creer en la homeopatía, el caldo de pollo concentrado o confiar en todo lo que vemos sin estudiarlo previamente. No te pierdas su suicidio homeopático en directo...

En los talleres, con Ramón Paraíso, Josep Miquel Arroyo, Bernat Llópis, Baltasar Ortega, Pedro J. Cifuentes, Ángel Vallejo, Samuel Soriano, Xavier Moratonas y Pablo Martínez, cada uno pudo enseñarnos las aportaciones que la educación de adultos, la robótica, el software libre, la ludificación, el dibujo o la filosofía, pueden hacer a nuestras aulas.

Finalizamos las ponencias con Noelia Alcaraz y Manuel F. Navas, una magnífica guinda para oir hablar sobre innovación, y, en especial, sobre la apremiante necesidad de que los docentes tengamos una mayor formación en pedagogía y seamos lectores de literatura pedagógica. Conectando con el discurso de Marta Ferrero,  apuestan por una innovación desde el aula pero con una base pedagógica. La innovación como una actitud donde el alumno transforme su manera de acercarse al conocimiento. Todo genialmente plasmado a través de estas ilustraciones de Pedro Cifuentes:

Por último, asistimos a un debate donde el pacto educativo, las competencias, las TIC, la inclusión, la FP o el magisterio, fueron los temas principales sobre los que reflexionaron en voz alta nuestros contertulios: una inspectora de educación, un director de un centro educativo, una estudiante de Magisterio y un docente de Formación Profesional. Mejor colofón, imposible.

Eso sí, no pudo falta la cata de horchata y fartons en unas jornadas #eduhorchata que esperamos se repitan el año próximo, pese a los impedimentos, inconvenientes y, gracias sobre todo, a la generosidad de los participantes a las mismas.


Foto: https://twitter.com/sole_dalfo_eli

DE LA FORMACIÓN Y REFLEXIÓN DEL PROFESORADO

jueves, 5 de julio de 2018
Cuando conoces la realidad de otros centros educativos se percibe rápidamente que las inquietudes son habitualmente comunes con independencia de la localización geográfica o la titularidad del centro. Parece que hubiera un espacio universal donde el profesorado y los equipos directivo estuvieran transitando permanentemente en búsqueda de esa actualización pedagógica que cubra las expectativas de los alumnos y, sobre todo, de una sociedad exigente ya por norma.


Creo que esa abundancia de formación ofertada, utilizando como analogía las líneas de Herbert Simon que aparecen en el siguiente tuit de Carlos Magro, nos desvía de algún modo de los objetivos de una actualización docente que a menudo confundimos con estar al día de las modas educativas; agobiados por esa pretendida innovación educativa, el edutainment, los gurús, los influencers, etc.

En este mundo de sobreinformación, ya es hora de comenzar a reflexionar sobre a qué prácticas educativas merece la pena dedicar nuestro cada vez más escaso tiempo. Si realmente conviene practicar o utilizar determinadas herramientas o metodologías -innovadoras sólo en el nombre- que en breve caerán en desuso o si merece más la pena compartir momentos de reflexión con docentes con cierto bagaje de nuestro centro o entorno más próximo.

En cada centro educativo tienen, por herencia cultural o por la línea de trabajo en el centro, una serie de puntos fuertes que no se valoran lo suficiente y merecen ser explotados y difundidos. Luego, en cada escuela, tenemos también unas carencias concretas que son aquellas que merecen ser trabajadas al margen de esas modas educativas y requieren de una sosegada reflexión para no perder tiempo ni recursos en actividades estériles. Porque hay escuelas que necesitan formación para adquirir una competencia digital mínima, mientras que a otras les interesa desarrollar más la cooperación de sus docentes o, tal vez, sólo requieren actualizar contenidos o materiales a disposición del profesorado.

Es por ello indispensable saber quien nos puede ofrecer esa formación, si ha pisado el aula o tal vez no sea necesario, o si tal o cual metodología está basada en evidencias auténticas (recomiendo la lectura del blog de Marta Ferrero: situsupierass.wordpress.com). No se trata de demonizar, ni mucho menos, prácticas con décadas de experiencias como el Aprendizaje Basado en Proyectos, o la utilización puntual del juego en el aula, usada a lo largo del tiempo, o la edición de vídeos con fines educativos.

Estoy hablando de que si bien muchas prácticas o experiencias pueden ser utilizadas en el aula, debemos previamente reflexionar sobre su uso y acometer su introducción con cautela y sin desechar métodos o herramientas que, por parecer antiguos, no son menos eficaces en esta compleja labor que es la enseñanza. Por concretar, me disgusta que en muchos centros se venda más (y se compre también más) el bilingüismo o el uso de ciertos dispositivos, que un buen plan lector a medida de cada etapa educativa y vertebrado con la escuela, las familias y el entorno.

Resumiendo. Estoy convencido que los equipos docentes, a nivel de centro, debemos encontrar esos tiempos de reflexión o atención a las prácticas que queremos llevar a cabo, tanto a nivel individual (con lecturas y cavilación), como a nivel grupal con nuestros compañeros. Precisamos de esa reflexión para no errar ni en el diagnóstico ni en las terapias que nos puedan vender como un remedio rápido a los perpetuos y variables inconvenientes de la educación. Y, aún así, seguiremos haciendo lo que podemos.

photo credit: vivek jena barber colman rockford via photopin (license)

DOCENTES (PRESUNTOS) IMPLICADOS

lunes, 9 de abril de 2018
Que la educación dependen en gran medida de nuestros docentes podría tildarse de perogrullada, pese a la falta de inversión educativa, el inexistente y soñado acuerdo educativo o los tumbos que damos a causa de las modas y los intereses económicos que merodean sobre la educación.

Pese a todo ello, si hablas con cualquier otro docente, con familias o alumnos, o con miembros de los equipos directivos escolares, la gran mayoría tienen claro que la diferencia en la educación la marcan los docentes de cada aula. Una diferencia que se materializa gracias a la implicación en el aula, con sus alumnos, con las actividades del centro y con su cultura del aprendizaje. Una implicación que pasa por destacar por el cumplimiento de nuestras obligaciones, lo cual no quita proponer o quejarse cuando creamos conveniente, así como por preocuparse por cada uno de tus alumnos.

Pasar de puntillas por el aula, terminar de dar clase y desconectar de tu actividad educadora puede ser una actitud que no merezca reproche, pero que queda lejos de la exigencia constante que supone atender a tus alumnos, preparar clases o editar nuevos materiales, organizar actividades, sumarte a proyectos del centro o un sinfín más de tareas que van surgiendo a lo largo de cada curso. 

Porque estar implicado pasa también por remar en dirección a los métodos y fines que persigue tu centro educativo, pese a que esté más o menos de acuerdo, o pese a que muestres diferentes criterios. Cada claustro se compone de personas con muy diferentes pareceres y con experiencias vitales diversas; aún así, nos hace falta ser más conscientes de que esa falta de implicación puede redundar en la tarea de los compañeros, en los valores que transmitimos a los alumnos o en la imagen que da nuestro centro educativo. Las comparaciones entre compañeros debieran llevarse a cabo sólo para ver qué acciones o prácticas tienen éxito y poder compartirlas libremente. 

Cuando hablo de implicación no hablo de absentismo laboral, sino de lo que aportamos al clima laboral de nuestras escuelas cuando renegamos, hablamos mal de algún alumno o compañero o simplemente hacemos las cosas por inercia o cumplir el expediente. Por fortuna, la mayor parte del profesorado sigue esforzándose y motivada pese a los muchos sinsabores de esta profesión, el prestigio en decadencia de las escuelas, la complejidad actual de los alumnos y familias o el exceso creciente de tareas no relacionadas directamente con la docencia. 

Sigo creyendo que la innovación educativa pasa por compartir experiencias de aula, respetar una línea pedagógica bien definida por el centro educativo, y ceder tiempos y espacios al profesorado para que se articulen propuestas educativas de calado donde el protagonista principal sea el alumno. Y para esto, no nos queda otra que la implicación. Implicarnos en una educación que más que vivir de ideales beba de acciones que fomenten el humanitarismo, la creación, la lectura y la reflexión.

photo credit: anieto2k 26/52³: Manos / Hands via photopin (license)

¿QUÉ MARKETING EDUCATIVO HACEMOS?

domingo, 21 de enero de 2018
El término marketing chirría a muchas personas, más aún si ligamos marketing a educación, o a vender nuestros centros a esos potenciales -¿mal llamados?- clientes. Para el resto de los mortales, aquellos que no se dedican profesionalmente al mundo educativo, suele resultar muy difícil el decantarse por uno u otro centro educativo cuando existe la posibilidad de selección. En estos casos el marketing de ese centro puede hacer, acertada o desacertadamente, que el alumno o sus padres elijan uno u otro centro educativo.

Saber vender las ventajas o bondades de un centro no es una tarea difícil; más aún si dispones de ciertos recursos y algún especialista entre el personal del centro. Lo realmente complicado es que tu centro sea recordado, que tus profesores sean memorables y que se haya sabido transmitir la pasión por el aprendizaje junto a unos valores humanos. Si lo conseguimos, el marketing educativo pierde mucha de su supuesta trascendencia. Las referencias de terceros o las opiniones de primera mano de un exalumno, son más eficaces para esos futuros "clientes" y los centros educativos que cualquier otra acción comercial.

MARKETING CENTROS EDUCATIVOS

Con ello no vengo a decir que no sea necesaria una buena página web del centro educativo (actualizada, responsive y con contenidos de interés a las familias y potenciales alumnos), un blog (donde colabore toda la comunidad educativa y se profundice), unas redes sociales (donde transmitir el día a día en el aula o fuera de ella) o una buena atención por parte de los servicios de administración de cada escuela. Más reflexiones y recursos personales al respecto en estos artículos del blog sobre "marketing educativo".

Es innegable que muchas familias y alumnos pueden acabar seleccionando un centro por las imágenes de su web, sus redes sociales, por un anuncio en prensa o porque venden alguna moda educativa del momento que parece ser la panacea del futuro estudiante. Por ello, aunque parezca contradictorio con lo dicho anteriormente, sí que es importante transmitir las experiencias de nuestros alumnos y publicar abiertamente sus comentarios o francas reflexiones.

En cualquier caso, creo que el acento lo debemos poner en la atención al alumno, a sus familias y en una comunicación cercana y considerada. Porque el mejor marketing lo hace un profesor cuando recibe a un padre o una alumna y atiende sus consultas o preocupaciones, o el personal de administración informa con diligencia sobre cualquier circunstancia académica y el jefe de estudios o directora te atienden con prontitud.

En demasiadas ocasiones me he encontrado con responsables del marketing o comunicación que, a la hora de la verdad, no responden a tus mensajes o no cumplen sus propias orientaciones profesionales. Unos descuidos o una indiferencia que conlleva aún mayor desconfianza a los neófitos del marketing. Al fin y al cabo, saber vender, en el sector educativo o en cualquier otra área, pasa por la honestidad y generosidad en las relaciones profesionales que se establecen. La educación prevalece siempre sobre la formación profesional cuando hablamos de relaciones personales.

Además de seguir invirtiendo en marketing y en la imagen del centro, los equipos directivos y el profesorado debiera plantearse: ¿han mantenido o aumentado mis alumnos las ganas de aprender? ¿o han disminuido? Quizás, con esta simple pregunta podríamos medir la satisfacción de nuestros alumnos y sus familias, así como saber si estamos realizando un buena tarea educativa. Luego, ya podemos ponernos a vender...

CADA ETAPA EDUCATIVA TIENE SUS PARTICULARIDADES

miércoles, 15 de noviembre de 2017
En el mundo educativo actual, sobre todo en los medios de comunicación o en los foros públicos, suelen tratarse las necesidades de cada etapa educativa (infantil, primaria, secundaria obligatoria, bachillerato, formación profesional y en ocasiones, incluso la universidad) como algo homogéneo, sin una especialización a la hora de abordar las particularidades que cada uno conlleva.

Esto es aún más evidente en cuanto aparece una moda educativa que parece ser útil por igual con un estudiante de bachillerato que con un niño de primaria. Parece que nos puedan las ganas de "innovar" y dejarnos llevar por los "inventos" del momento, al menos para no parecer un docente trasnochado o demasiado tradicional.


No tiene sentido alguno, por muy vistoso y "moderno" que parezca, tratar de digitalizar contenidos, actividades a través de plataformas virtuales (LMS, SGA, EVEA, LCMS) con alumnos de primaria donde el principal objetivo de su educación debiera fundamentarse en la lectoescritura y en las operaciones matemáticas básicas. Empantallar a los niños a edad tan temprana no está produciendo ningún salto significativo en el aprendizaje, más allá de momentos de entretenimiento o un precoz interés por los sistemas informáticos. Los que no somos "nativos digitales" bien sabemos que no precisamos tocar un ordenador cuando teníamos diez años para poder manejar con soltura cualquier software en la actualidad. Lo que seguro echaría de menos, si me hubiera faltado en su día, es disponer de una buena biblioteca escolar o de unos maestros sensibles al fomento de la lectura.

Tampoco tiene sentido la instauración de unos deberes escolares del mismo tipo en cualquier curso; no importa que curses cuarto de la ESO o que hayas accedido a un ciclo formativo. Estimular la memoria es una actividad muy recomendada, así lo apuntan los neurocientíficos, pero si estamos trabajando competencias profesionales no hace falta aprenderse un listado de abreviaturas o copiar a mano tropecientas líneas. Muy diferente también de aquellos que están preparando el bachillerato y que necesitan presentarse a unas pruebas de acceso a la universidad.

Debemos tener claro que las necesidades del alumno, niño, adolescente o joven, son muy distintas y debemos abordarlas de modos diferentes en cada ciclo educativo. Hay metodologías adaptables a todas las etapas (Aprendizaje Basado en Proyectos, aprendizaje cooperativo, retos...), pero cada una de ellas se debe adecuar a nuestros alumnos y a los objetivos últimos de aprendizaje. No todo tiene interés para nuestras aulas ni va a solucionar las dificultades a las que nos enfrentamos cotidianamente.

No se trata de permanecer inmóvil o no buscar cambios en nuestro proceso de enseñanza-aprendizaje habitual; tan sólo debemos reflexionar más a menudo sobre nuestras prioridades con los alumnos y si realmente la moda metodológica o tecnológica de turno nos aporta una mejora significativa o un alejamiento de nuestro propósito principal en la etapa educativa que nos corresponde.

En la Formación Profesional lo tenemos claro, no sólo gracias a los decretos que desarrollan cada título, sino por la experiencia acumulada; seguimos trabajando por lograr alumnos mejor preparados para el mundo laboral capaces de adaptarse al futuro que les espera. Nosotros, sí que necesitamos saber lo que demandan las empresas y cada sector profesional para titular a alumnos competentes; tratar de adelantar estas habilidades a alumnos de la ESO a través del emprendimiento o la gestión de empresas, no me parece ya tan lógico.

Sí es cierto que en todas las etapas debemos trabajar una serie de competencias personales que son fundamentales a lo largo de la vida: responsabilidad, civismo, respeto a los demás, esfuerzo, solidaridad... Aquí no cabe hacer distinciones excepto a la hora de transmitirlas según la edad buscando la significatividad de las actividades programadas para llegar mejor a cada alumno según su madurez personal.

photo credit: Artistic-touches Dropping In via photopin (license)
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