Se acercan las elecciones y es inevitable conversar, escuchar o debatir sobre la actualidad política. Es una buena ocasión para sacar a relucir temas que pueden ser controvertidos o que de algún modo afectan a la economía, al mercado laboral, al comercio internacional, al derecho, a la educación, etc. Plantear estos debates o diálogos puede generar conflictos entre los estudiantes o con ellos, o dar lugar a que se nos acuse de adoctrinar, con o sin motivo. Conviene tener en cuenta la definición de este último verbo:
Adoctrinar (RAE): inculcar a alguien determinadas ideas o creencias.
En mi opinión, es complicado sustraerse de la propia ideología, como supuestamente debieran hacer aquellos medios de comunicación que presumen de objetividad a la hora de informar. Sin embargo, teniendo en cuenta el público que tenemos en las aulas, con una opinión por formar, más influenciables, menor de edad o simplemente inmaduro, debiéramos ser mucho más prudentes a la hora de abordar cuestiones que van más allá de los asuntos técnicos, del derecho que nos protege o exige, o de los valores que actualmente nos definen como sociedad. Ser políticamente correcto, en el sentido literal del término y pese a no estar en boga, es quizás un enfoque a mantener.
Todos estamos de acuerdo, o al menos hay un consenso generalizado al respecto, con esos principios universales plasmados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (no vendría mal un repaso eventual de los mismos en las aulas). Pero cuestión aparte son las proclamas o simpatías que cada uno de nosotros tiene en relación al Gobierno de turno o sus dirigentes, los partidos políticos o sindicatos que nos representan, o la animadversión que nos provocan ciertas medidas políticas. A pesar de nuestras fobias y filias, entiendo que no es apropiado manifestar o defender en el aula asuntos que nos posicionan de forma partidista. Al menos en determinadas etapas educativas.
Lo mismo ocurre cuando hacemos uso de un perfil personal en redes sociales que también utilizamos como herramienta educativa con nuestro alumnado. Igualmente, no entenderíamos que una cuenta oficial de un centro educativo nos aconsejara a qué partido votar o a quién no votar. Sin embargo, es cada vez más frecuente encontrar perfiles de docentes tanto en redes con un carácter supuestamente más profesional, como LinkedIn, como en otras tipo Instagram o TikTok, donde se interactúa con el alumnado y se promueven mensajes sesgados.
La prudencia o el sentido común son términos difíciles de medir. ¿Dónde ponemos los límites a la hora de defender posturas o unos valores que suponemos comunes? El mejor legado que podemos dejar a nuestro alumnado es que entienda la necesidad de alimentar su capacidad crítica a través del conocimiento y de una opinión formada y enriquecida con fuentes veraces y datos contrastados. Lo habitual, entre los adultos y los más jóvenes, es caer en proclamas y opiniones viralizadas a golpe de meme, donde nuestros prejuicios no facilitan un diálogo o ese interés por conocer más que supuestamente debiéramos provocar en nuestro alumnado.
Cuando el alumnado capta enseguida de qué pie cojeamos, mal asunto. Como docentes, a pesar de lo que ahora se proclama, debemos entender la educación desde una acepción amplia donde, además de transmitir conocimientos, también colaboramos en que nuestros jóvenes aprendan a relacionarse, manejarse con respeto, ser exigentes consigo mismos y entender la importancia de sus acciones, reacciones, lenguaje y solidaridad dentro de la sociedad. Más allá del currículo oficial y de nuestros apegos y desapegos, tenemos una compleja labor para que nuestros alumnos entiendan y defiendan sus propias ideas de un modo analítico y sin salirse de esas líneas que facilitan la convivencia de este frágil mosaico humano del que todos formamos parte.
Foto de Stephen Harlan en Unsplash


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