Dar clase se está volviendo una ocupación poco deseada. Sin embargo, nunca ha sido tarea fácil enseñar a los más jóvenes. A pesar de la creciente idea de que estamos ante un mundo peor, poblado por chicos y chicas indolentes donde reina la falta de disciplina y abunda la ignorancia, entiendo que el problema está en otro lugar. Se están juntando demasiados factores para aborrecer o evitar la docencia. Ahora más que nunca se buscan pretextos para evitar dar clase y arrimarse a proyectos o causas que nos ahorran unos minutos a la semana en un aula que agota a cualquier santo.
Hemos caído en la trampa, al menos en Formación Profesional, de mantener nuestra oferta educativa actualizada a través de una innovación metida con calzador, vendiendo una personalización del aprendizaje imposible; asumiendo unos requerimientos legales estériles y una atención a la diversidad inconsistente. Todo ello para gozo de los legisladores y un poder ejecutivo que sabe más de medidas aparentes que de política educativa a largo plazo. Ahora, tras lustros de desencuentros y resistiendo por la estabilidad de un sueldo y unas vacaciones más extensas, todo parece quebrarse mientras se busca reparar la fatiga artificialmente, a merced de una negociación que ofrezca más complementos y alguna que otra hora lectiva menos.
Aun así, mientras no se tomen medidas de mayor calado, el desaliento seguirá igual. Ya no alientan ni los congresos educativos ni las iniciativas en redes sociales que arrimaban a los más vocacionales. Las frases motivacionales no cuelan. El profesorado anda harto de exigencias que quitan tiempo a lo más importante o de ocurrencias que lucen pero no transforman. Es imposible atender a un alumnado que requiere la misma atención que siempre mientras ponemos el foco en esos reglamentos que, o bien nos los impone el responsable educativo de turno maniatado por un sistema kafkiano, o bien nos los autoimponemos en aras de vender más y ser más competitivos en un mercado formativo que tiene un límite (¿a punto de traspasarlo?). ¿Quién se va a formar adecuadamente o se va a preocupar de hacer una lectura crítica en estas condiciones? Por no hablar de la escasa preocupación que hay al respecto desde hace años.
La estrategia sigue sin pasar por una formación de calidad. Seguimos yendo a destajo. La investigación e innovación aplicadas siguen huérfanas en este seminuevo sistema de Formación Profesional que sigue requiriendo una transformación verdadera y no un mero canje de cromos. Innovar —se entiende que para mejor— debiera suponer un acicate para el profesorado y no una carga. Sin olvidar la falta de reconocimiento que muchos docentes sufren en sus centros tras años de trabajo enmudecidos y adaptándose a cambios constantes en sus módulos profesionales. Y unos pocos que elevan la voz lo hacen por beneficio propio o desde la arbitrariedad sin fundamento técnico alguno. Demasiadas tertulias televisivas. Mientras, la mayoría se resigna hasta el siguiente junio con la esperanza de disponer de más tiempo para preparar y atender sus clases.
Sorprendentemente (o no) detecto interés por aprender métodos de enseñanza y aprendizaje que funcionen y que nos permitan exprimir el jugo a esa inteligencia artificial o esos chatbots que inundan los portátiles de cualquier docente o alumno. Los estudiantes son conscientes del uso o abuso que hacemos de esa IA que aún sigue fascinando. Y nosotros damos palos de ciego metodológicos mientras maldecimos una tecnología de la que somos cómplices. Acertar en cómo integrar la IA en el aula requiere también reflexión y estudio, y no solo experimentos donde cada docente baila a su aire mientras las empresas tecnológicas nos acompañan al son de la flauta de Hamelín.
Entre tanto, muchos quisiéramos seguir dando clase evitando toda esa fanfarria que nos acompaña o nos enfrenta. Muchos desearíamos prescindir de documentos inútiles, programaciones fingidas y tareas que corresponderían a otros profesionales. Muchos andan hartos de una multitarea que no deja ni enseñar ni educar convenientemente a esos jóvenes que cada curso, a pesar de su diversidad, tienen unas necesidades comunes: aprender, madurar, socializar. La buena noticia es que tenemos la suficiente experiencia para cubrir todas esas necesidades. Sabemos dar una clase donde se puede conversar y hacer crecer esa curiosidad que escasea en un sistema educativo constreñido; sabemos diferenciar lo importante y seleccionar la miga de esos currículos inabarcables; sabemos los valores que nos unen pese al actual clima social; y conocemos la necesidad de fomentar el respeto en ese microuniverso del aula que a menudo trasciende en el tiempo.
Ojalá, ahora que se aproxima el período electoral, dejásemos los mantras habituales que nos dividen; olvidásemos esa mala memoria que nos acompaña y que pretende sostener que cualquier tiempo pasado fue mejor; y aquellos que nos dirigen (a todos los niveles) supiesen escuchar a aquellos quienes sí quieren dar clase y dispusiesen de la mejor formación y conocimiento para tomar las decisiones oportunas. Mientras, sigamos sorteando las normas absurdas lo mejor posible por el bien propio y fundamentalmente por el interés de esas personas que nos esperan cada semana en el aula. Echemos el freno de mano a tiempo y no perdamos la ilusión y las condiciones para hacer un buen trabajo. Que nos dejen dar clase.


0 COMENTARIOS:
Publicar un comentario
Disculpa las molestias si se demora la publicación de tu comentario. Se revisan para evitar el spam habitual. Muchas gracias.