DESPERTAR LA VOCACIÓN DOCENTE

lunes, 13 de junio de 2022

Despertar la vocación por la docencia en un alumno queda lejos de ser uno de mis objetivos vitales o profesionales. Aún así, no puedo evitar sentir emoción y orgullo porque un estudiante decida adentrarse en el mundo de la enseñanza tanto por estas líneas desde las que reflexiono con frecuencia como por su experiencia en mis clases. 

 

Hablo de despertar su vocación por la enseñanza porque, en muchos casos, personas que dirigen su formación académica a otras profesiones han terminado avivando una vocación dormida en forma de profesor o maestro. Una vocación que no te hace ni mejor ni peor profesional pero que si añade un valor añadido a tu existencia pese a los sinsabores que la política educativa o la sociedad, a través de los medios de comunicación o ciertas familias, provocan en nuestro ejercicio docente. 

 

despertar la vocación docente


Es innegable que la vocación conlleva creatividad. Una creatividad, o esa innovación que ahora tanto se proclama, que va ligada a una forma de entender la vida profesional; no como salvadores de vidas pero sí como un modo de trascendencer que impulsa un trabajo diario en el que ocupamos gran parte de nuestra existencia. Citando a Pedro Laín Entralgo:  “¿Qué espera el creador por vocación?. La verdad es que no se contenta sólo con que su obra personal «sea»; pretende también que esa obra suya «siga siendo»; en último extremo, que «sea siempre»”. Porque creamos con la confianza de mejorar el aprendizaje, con los aciertos y los errores que conlleva esa reforma permanente que busca mejorar competencias y alimentar la curiosidad del estudiante. Un aprendizaje constante y relevante que también debiera ser la norma de todo docente.


No quito valor alguno al sueldo ni unas condiciones laborales que permitan llevar a cabo una tarea profesional compleja y en desprestigio creciente que tiene la facultad de elevar o estancar vidas gracias o pese a nosotros los docentes. Una vocación que se extingue a menudo con los años como una pavesa balanceada por esa rutina impostada o que resulta atizada, pese al paso del tiempo, por la materia prima que cada año se renueva en las aulas: los alumnos. Unos alumnos que no te permiten aburrirte, que te escuchan en mayor o menor medida, que te complican esa enseñanza que sueñas lograr en un aula donde la disrupción ojalá sea solo una anécdota. 

 

Sin embargo, la satisfacción personal, seas o no docente vocacional, llega cuando ese chaval retoma el rumbo de su vida, sortea un bache personal o enciende esa lucecita fundida que le abocaba a un futuro gris y anodino. Luego discutiremos si hace falta mayor o menor exigencia en cada etapa educativa; si se puede o no repetir el curso; si quitamos o condensamos contenidos; pero con la mente puesta en los que más ayuda necesitan. Los discursos de la exigencia y los futuros nobeles quedan muy bien en los paraninfos, pero aquellos que tienen éxito académico aprenden pronto a navegar por su cuenta (también pese a nosotros); sin embargo, la escuela debe priorizar y dar aliento a los que por determinadas circunstancias siguen sin encontrar su propio rumbo o acaban embarrancados por falta de aparejo. 

 

Reflexionar, ahora que acaba el curso, sobre la propia carrera profesional, es un buen ejercicio para reencontrarse con esos motivos más trascendentales y menos mundanos que casi todos hemos tenido en algún momento de nuestra vida laboral como docentes. Los conflictos profesionales, la desmotivación personal, las tensiones en el aula, las rutinas escolares... no las podemos evitar; pero a cambio sí podemos reconocer y recordar que cada curso que finaliza tenemos más de un alumno o alumna agradecido por nuestro interés, trato y educación ofrecida. 

 

Estimado S. R.: espero que perserveres en tu objetivo profesional y disfrutes esa futura docencia con el amor y cuidado que se merece y la distingue.

 

Foto de Tristan Colangelo en Unsplash

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