¿CÓMO VA EL NIVEL DE EXIGENCIA EDUCATIVA?

miércoles, 26 de octubre de 2022

El pequeño círculo por el que nos movemos marca nuestra visión en muchos aspectos de la vida. También a nivel educativo. Si te pasas por Twitter o te interesas por la actualidad política seguro que acabas lamentando la desidia que supuestamente abunda entre los jóvenes alumnos. Mientras que si frecuentas otros círculos resulta que hay una exagerada obsesión por muchos estudiantes y sus familias para alcanzar unas calificaciones que les permitan seguir formándose durante varios años más. Al final no entiendes de qué va la sociedad que nos hemos montado: ¿cultura del esfuerzo con alumnos blandengues?, ¿competetividad extrema y obsesión por las calificaciones?, ¿somos demasiado exigentes con los chavales o nos pasamos de permisivos?, ¿hay qué frustarles o bastante tienen algunos con su situación personal?

 

Los opinólogos (entre los que me encuentro ahora mismo) dan recetas según la experiencia que les ha tocado vivir, sufrir o disfrutar. En el coso educativo nos líamos a despotricar según la escuela que padecemos: entorno socioecónomico, edad, multiculturalidad, etapa educativa... No son pocos los que andan desilusionados ante unas aulas complejas donde dar clase es cada día una odisea. Mientras que otros gozan de la excelencia educativa en centros bilingües con acceso limitado y una notas de corte altas. Sin embargo, cada uno prescribe su propia fórmula para un deseo común: tener alumnos interesados por aprender. Tendemos a generalizar según nuestra propia experiencia independientemente de que hablemos de una FP Básica o un Bachillerato de excelencia; de si éramos buenos o malos estudiantes; o de qué nos tocó vivir cuando éramos aún inmaduros.

 

Hay entornos donde los críos van encaminados a hacer unas determinadas carreras universitarias (si hace falta se paga) mientras que otros sobreviven en una ESO donde, si tienen fortuna, les encaminará a una FP donde emplearse con unas condiciones decentes. Unos chavales seguirán aprovechándose de esa exigencia a través de múltiples clases extras, idiomas, experiencias educativas...; mientras que otros se mantendrán como parias perezosos que solo saben estar atontados frente a una pantalla. Y la historia se repite. Al igual que pasa con el profesorado: tropezarán con docentes muy exigentes pero que empatizan con su juventud, y otros que se dedicarán a cumplir con el expediente, caiga quien caiga. Y la autoexigencia de cada docente también es muy variable; disfrutarán de aquellos que recuerdan que un día fueron jóvenes e incautos, y renegarán de aquellos que solo ven el fin de los tiempos en la juventud actual. Pero cada uno contaremos una película distinta. 

 

Y con los padres y madres más de lo mismo. Seguiremos viendo familias superexigentes mientras que otras vivirán en la inopia educativa. Aunque ahora digamos que todo el mundo pasa de todo, sigue habiendo colegios con ampas participativas y otras donde la escuela es una simple guardería donde almacenar a la progenie. Padres que funcionan a golpe de talón exigiendo una buena nota para sus descendientes y otros que no tienen ni para pagar una excursión escolar. Y la mayoría protestando de un sistema que no solventa sus necesidades: por arriba o por abajo. 

 

Luego escuchamos a los perezrevertes y pensamos en una escuela que vive su propia caída del imperio romano. Volvemos a generalizar y suponemos que no hay exigencia entre el profesorado y las leyes educativas son la causa de todos los males. Y erre que erre con la exigencia, pese a que la inmensa mayoría de los adultos no aprobaríamos unos exámenes finales de 4º de la ESO. Mientras, algunos viven cómodos en un sistema que culpabiliza de (casi)todo al alumno o responsabiliza de sus exigencias desantentidas a sus superiores o a la administración. Unos exigen a terceros porque no tienen tiempo para exigirse (el dichoso ritmo laboral), mientras que otros estiran el tiempo de sus hijos pensando en el éxito profesional y económico. 

 

Sin embargo, en lo que muchos coinciden es en la falta de exigencia cultural. En ningún bando encuentras iniciativas exigentes con las lecturas de sus vástagos (excepto para censurar) o el amor por las humanidades. Unos se esconden porque las entienden mediocres o con un futuro poco prometedor, mientras que otros no han encontrado la oportunidad para cultivarlas. Y así unos solo exigen mucho inglés y asignaturas "relevantes" para el porvenir. 


En el centro están unos jóvenes que tienen inquietudes y cometen negligencias, como en cada generación. Unos saben y otros desconocen cómo aprovechar los recursos que les ofrecemos según lo que se les ha ido exigiendo o según lo que han digerido. Pero acabarán exigiéndose más o menos según les vaya en la vida, según con quien se junten o según marche el crecimiento económico y la estabilidad política. Y nos seguiremos cargando de razones que justificen nuestras opiniones según el viento que sople o la ideología que abracemos. ¡A ver quién inventa un compensador de exigencias!


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