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TU HERENCIA EDUCATIVA

viernes, 31 de julio de 2026

 
 

Con el mes de agosto pisándonos los talones, poco queda por decir de este curso pasado. Para variar casi no ha dado tiempo a reflexionar sobre el trabajo realizado en el aula y siempre queda ese sinsabor de que más se podría haber hecho de cara al curso que esta por venir. Incluso estas líneas son fruto de las escasas ideas o propósitos que ahora mismo tengo en mente. O de la falta de orden de estas mismas o de la ausencia de inspiración cuando te alejas del aula o dejas de leer sobre asuntos educativos.

 

Entiendo que la mayoría de los docentes andamos en estas fechas en otros menesteres poco profesionales. Con la excepción de aquellos que, por sus cargos, todavía andan bregando con la planificación y esas normas que se apuran para no perder la costumbre. Y el tiempo pasa demasiado veloz. En la vida, como en la educación y en el trabajo, importa más el hacer que el decir. Acostumbramos a divagar demasiado y concretar poco esas ideas o propósitos que rumiamos constantemente. O, en su defecto, cargamos lamentos constantes en busca de un horizonte mejor que nunca llega o nos desesperamos por una gestión ineficaz de un sistema que tiende al egoísmo. 

 

Profesionalmente es difícil mantener la ilusión y esos motivos con lo que uno comienza al inicio de la docencia. Un primer salario y un trabajo lleno de retos suelen ser más que suficientes para mantener esa motivación original que, con los años, decae por distintas razones. Ahora, en verano, algunos andarán ya calculando sus días de cotización, otros no querrán pensar en los módulos nuevos que tendrán en septiembre o esos horarios que nos mediatizan, mientras que otros tantos habrán cerrado toda vía de comunicación para no pensar en un temido septiembre. Incluso habrá quien no haya dejado de programar soñando con el bochorno que despide cada resultado de aprendizaje. Y así, entre ola y ola de calor, seguiremos hablando del tiempo y de ese aire acondicionado por el que suspiran los centros educativos de un país amante de los patios con cemento. 

 

Pese al manido mantra de la desconexión, es cierto que saber desconectar permite despreocuparte de la ingente cantidad de tareas que quedan pendientes para el inicio del curso. De otro modo, no podríamos disfrutar de estas próximas y fugaces semanas sabiendo que además de poder mejorar muchos aspectos como docente, nos tocará lidiar con aquellas otras cargas burocráticas que desmotivan a gran parte del profesorado. Incluso podríamos caer en el desespero de una carrera profesional donde no solo parece que surgen demasiados baches por el camino sino que además no se atisban mejoras para un género humano que suele rozar la insatisfacción permanente. 

 

Por todo ello, creo que ahora toca dedicarse a lo que nos interesa de verdad: perder el tiempo en esas aficiones que luego enriquecen nuestra relación con el alumnado y nuestro modo de ver la vida; alimentarse de cultura y relaciones personales que provocan esa empatía que ahora escasea gracias al artificio fácil y la tirria al extraño. Y esa diversidad del profesorado hace grande la escuela. Porque muchos soñamos una escuela que provoque interés, acogida, conocimiento y valores frente a la alienación que designa un sistema con prioridades dudosas. Pese al calor, la fugacidad existencial, las impertinencias o la negligencia acumulada, seguiremos en septiembre teniendo la oportunidad de mejorar esa parcela que hemos heredado. 


Foto de Dalton Caraway en Unsplash

CALCULAR LO IMPORTANTE EN LA ESCUELA

martes, 20 de enero de 2026

 


 

La medición de todos y cada uno de los aspectos de nuestra vida, o esos KPI y big data que tanto se llevan ahora, creo que nos están tarando más que facilitando la vida. Hemos normalizado en nuestra vida todo tipo de cálculos: cuántas kilocalorías debo comer o qué número de almendras crudas es más saludable, cuántos segundos me cuesta recorrer un kilómetro, cuántos minutos de música escucho al año, cuántos mililitros de agua consumo, cuántos likes y seguidores acumulo, etc. Todo son números para mirarse el ombligo o librarse de uno mismo. Adoramos el número de títulos, las escalas, los bonus, los trienios, los récords...

 

A nivel educativo no andamos a la zaga. También le hemos cogido gusto a esas preciosas rúbricas donde creemos tener todo controlado y ajustado a una tabla de valores que busca calificar a un alumnado que solo quiere saber su nota final. Rellenamos tablas con porcentajes perfectos que siempre validan lo que hacemos cada curso para tener una enmarcable foto finish. O como ahora mismo, que andamos encajando esos resultados de aprendizaje y criterios de evaluación en interminables tablas donde a la fuerza todo encaja de cara a la galería. Y si no lo hace, para eso esta la IA y, en su defecto, el auditor consiguiente que hará uso de ella para saber si todo no se acopla a la perfección. Y vuelta a empezar. 

 

De tanto calcular nos hemos olvidado de innovar con creatividad y cabeza y dar cabida a aquello que consideramos importante en nuestras aulas. Quizás nunca nos hayamos puesto de acuerdo en lo que realmente importa. Unos apuestan por esa disciplina perdida, otros por la paciente tolerancia, algunos por el afecto y la empatía, muchos por la exigencia académica... como si todas ellas fueran incompatibles en esa calculada sociedad donde medimos a los centros en rankings engañosos o premiamos a los docentes según una escala difícil de entender. Para luego, al fin y al cabo, dar clase como buenamente podemos. A pesar de metodologías e investigación educativa que tienen poca concurrencia entre el profesorado. 

 

Antaño solo medíamos quiénes tenían problemas verdaderos, de cualquier tipo, para seguir con normalidad en las clases. Ahora, paradójicamente, la normalidad es contar con un alto porcentaje de estudiantes con ciertos problemas o más bajas médicas del profesorado. Tenemos todo medido pero andamos más liados que nunca. Tal vez no hayamos entendido que lo importante no se puede medir. Que por más tareas que acumulemos no hacemos mejor nuestro trabajo. Que en la educación las operaciones aritméticas no funcionan. Que la mejora de ciertas variables cuantitativas no implica mayor satisfacción personal. 

 

Encima, parece que vayamos por dos vías incomparables, donde están los que acumulan exhaustos horas y minutos de dedicación personal frente a aquellos que se han rendido y solo esperan la campana de una jubilación o prestación con sueldo y sin empleo. Y así deambulamos, con (auto)exigencias varias y tratando de calcular quién hace más o menos en esta agotadora profesión docente. No caben más indicadores para medir el desempeño de las competencias del alumno, y, en breve, el profesorado también acabará enrubricado para justificar su sueldo en base a un trabajo imposible de medir. Solo nos falta ser remunerados en base a una escala de estrellitas: ⭐⭐⭐⭐⭐

 

Cuánto aprenden nuestros estudiantes se solía medir solo, y engañosamente, en base a un examen. Ahora tenemos más instrumentos, pero no debiéramos perder la cabeza en medir decenas de variables que además de subjetivas no son tan relevantes como para que ofusquen nuestras prioridades. Volvamos a lo importante. Retomemos una educación que destaque el conocimiento sobre una ignorancia que los alumnos desconocen. Retomemos el diálogo en el aula para entrenar a unos alumnos, acostumbrados solo a mirar una pantalla a la carta, a escuchar y conversar sin que parezca un reality televisivo. Dejemos esa obsesión por una programación de aula donde simulamos saber qué tarea o actividad debemos llevar a cabo cada hora lectiva.

 

El avance de la IA nos debiera devolver ese tiempo que perdemos en tratar de justificar nuestro trabajo acumulando registros que nadie valora con autenticidad. Apostemos por leer sin aceleramiento ni buscando una síntesis generada con un número límite de palabras. Dejemos los números para encajar magnitudes técnicas imprescindibles en cada sector profesional. Entendámonos en el aula sin las prisas que exige el cumplimiento de un plan imposible. Planifiquemos para que quepa lo fundamental y no para batir estadísticas como si fuéramos una multinacional o una macrogranja. De tanto calcular variables, espero no hayamos olvidado la más importante: convivir. 

 

Foto de Ryoji Iwata en Unsplash

NO LO SÉ

sábado, 19 de octubre de 2024

 


Me asombra la capacidad de algunas personas en tener respuesta para todo. La convicción con la que afirman argumentos o refieren su experiencia hacen dudar hasta al más experto. Aún sabiendo de la falsedad de sus tesis, una mayoría prudente calla por evitar conflictos. Así ocurre tanto en las relaciones personales, donde algunos hacen de la sinceridad un ejercicio de mala educación; como en las relaciones profesionales donde quedar por encima es una mala decisión a largo plazo por el rechazo que supone. La impopular repelencia.

 

Con los estudiantes, también es fácil caer en la pedantería. Pese a que por sus menores conocimientos e inmadurez no sean conscientes de la impertinencia del supuesto sabihondo. Cuando hablamos de los peligros de adoctrinar, tal vez no vemos que el adoctrinamiento más nocivo no viene de confrontar unas ideas contra otras, sino que el peligro se origina al ofrecer una visión sesgada, sin autocrítica o carente del conocimiento debido. La modestia algunos la perciben como debilidad, no como un valor que se basa en comprender que no somos infalibles. Incluso, decir un "no lo sé", nos honra ante tanto atrevimiento derivado de la imprudencia, la inseguridad o la soberbia.


A menudo, ese atrevimiento venía de la mano de los más jóvenes. La insolencia suele ser consustancial a la juventud. Sin embargo, o hemos prorrogado la duración de esta etapa, o parece que cada vez más adultos profieren sin vergüenza juicios o valoraciones sin un conocimiento mínimo de base. Nos atrevemos con todo: derecho, psicología, literatura, matemáticas, medicina... no hay materia en la que cualquier aficionado o profesional principiante atrevido pueda contradecirte a pesar de la erudición de su interlocutor o del autor puesto en entredicho. Solo hace falta ver el currículo de algunos responsables políticos o el bagaje de los supuestos expertos que en ocasiones forman al profesorado. 

 

La edad ya no es un criterio seguro para validar la idoneidad de un profesional; pero, en mi opinión, algo contribuye una larga carrera profesional a la hora de emitir juicios o trasladar conocimientos y cultura. La juventud nos aporta distintas cualidades que, con el tiempo, solemos desdeñar por falta de energía, prudencia excesiva o simple tranquilidad personal. Aunque tampoco tiene sentido, como he conocido recientemente, la inclusión de un chico de trece años como formador en un curso de carácter tecnológico. Nos estamos pasando de frenada con la disrupción u otras innovaciones varias. 

 

Ahora, cuando parecen estar de moda los resúmenes y las síntesis de cualquier tipo de texto, no hay persona que no tenga respuesta para todo gracias a la aplicación de su IA generativa de turno. El descaro tiende a ser crecer cuando desde cualquier ChatGPT podemos obtener una respuesta supuestamente verdadera sobre cualquier temática. Incluso nos vanagloriamos de que no hace falta leer un estudio desde el principio hasta el final, ni visionar una charla completa o escuchar la totalidad de una conferencia, cuando hay una herramienta de inteligencia artificial que lo hace por ti. Y, además, dicen que esa IA evalúa con mayor corrección e imparcialidad que cualquier otro profesional. Permitidme dudarlo. ¿No estaremos creando una sociedad todavía más engreída? 

 

La mercadotecnia, la insustancialidad de las redes sociales, el ansia por certificar todo y el exceso de confianza en cualquier tecnología disruptiva, nos vuelve irreflexivos. Toleramos lo que haga falta para no ser considerados caducos ante discursos adornados o con promesas de recetas fáciles. Somos temerarios cuando buscamos la vía rápida junto a los alumnos y simulamos una enseñanza y un aprendizaje donde el estudiante elabora con IA y el docente corrige con IA. Y todos contentos. En lugar de reconocer todo lo que no sabemos y que podemos aprender de las mejores fuentes posibles que hoy en día tenemos fácilmente a nuestra disposición. ¿Tanta prisa tenemos? No lo sé. 


Foto de Jon Sailer en Unsplash

DISCUTIR PARA EDUCAR PROFESIONALES

martes, 15 de octubre de 2024


Siempre preocupa que los más jóvenes no tengan cierta conciencia social sobre los transformaciones que implica la introducción de nuevas tecnologías en nuestras vidas. La solidaridad, la empatía, la inclusión o la diversidad parecen conceptos abstractos que pueden no percibir necesarios o incluso encontrar inútiles en una sociedad que no les ofrece las oportunidades o los medios que necesitan para desarrollarse personalmente. Ciertos discursos calan y, por mucho que aportes datos, hay ciertas ideas fijas o sentimientos donde el debate y la reflexión es peliaguda. Y nos toca discutir y provocar polémica.


Los sesgos de la IA que favorecen el sexismo, la homofobia, el racismo o cualquier otro tipo de discriminación, no son considerados siempre un problema. El uso responsable de las redes sociales parece un tema de adultos viejunos escandalizados porque una multinacional no quiere controlar a delincuentes, acosadores y pederastas que se cuelan en las cuentas de los más chicos. La culpa siempre la tiene el otro: las familias, las empresas, el gobierno, el sistema... El discurso de que cada uno se apañe por su cuenta se expande y lo que le ocurra a otros no es problema mío. Aquí al lado o a miles de kilómetros. La geopolítica es un término extravagante. Precioso panorama. Sin embargo, todos estos asuntos son oportunidades inmejorables para hacer uso de la dialéctica. 


A nivel docente ya he insistido en otras ocasiones en la necesidad de incluir expresamente esta serie de valores, el cuidado de la identidad digital y esas competencias personales que ahora trabajamos de un modo más o menos formal según la sensibilidad y formación del profesorado. Los nuevos módulos de FP son de hecho una oportunidad para caminar en este sentido. Más allá de ciertas charlas o vídeos que puedan ser de interés (fundamental el reportaje sobre Meta) siempre es recomendable un debate sosegado con información comprensible y contrastada para nuestros estudiantes. 

 

No hay que ser catastrofistas ni agoreros con la juventud, pero conviene dar baños de realidad a muchos chavales que no ven más allá de su círculo cercano o, peor aún, de lo que le recomiendan los algoritmos de sus redes sociales. Da pereza la discusión, así como cansan los sermones; pero desde nuestra posición tenemos una credibilidad mayor de la que pensamos. Disponemos de muchas lecturas, documentales, películas o podemos montar proyectos -excelente oportunidad- con el fin de acrecentar estos saberes inútiles técnicamente pero valiosos a nivel humano. Discutir y entrar en conflicto, actuando de forma respetuosa, también es muy educativo.


Bastante tenemos con intentar acabar la programación de los módulos, pero no nos queda otra que pringarnos de vez en cuando con cuestiones que puedan tener un impacto en las vidas de los estudiantes o de sus familias a la hora de afrontar la convivencia. El verbo educar trasciende al de formar. Como afirma Victoria Camps: "Si educar es guiar y es extraer de la persona lo mejor que lleva dentro, hay que saber qué es lo mejor y qué es lo peor; por lo tanto, hay que tener criterios para educar, hay que tener criterios para dirigir." La FP debiera ser una educación profesional donde los docentes seamos capaces de diferenciar lo que es conveniente para el estudiante, fomentando la autonomía que requerirá en su futuro, pero haciéndole consciente de la necesidad de respetar unas normas que protegen la libertad de todos. Discutamos y convenzámosles.


Foto de Frank Eiffert en Unsplash

¿AÑADES VALORES A TUS MÓDULOS DE FP?

jueves, 3 de octubre de 2024

 

valores en FP

 

Como comentaba en una entrada anterior sobre el módulo del "Proyecto Intermodular", a través de la programación del mismo tenemos la oportunidad de trabajar las competencias informacionales del alumnado. Además, a falta de un currículo que contemple los valores que deseamos transmitir como sociedad, independientemente del conocimiento de la normativa laboral o de las competencias transversales que debe ser conocidas a través del módulo de Itinerario Personal para la Empleabilidad (IPE I), podemos hacer mucho más en cuanto a esos valores humanos considerados como universales. 

 

Sin embargo, estamos en una época difícil donde se ponen en cuestión los datos o cualquier discurso bienintencionado que acaba siendo tildado de buenista o perjudicial para los locales. El desprestigio de los políticos, el hartazgo con los gobernantes o la falta de perspectivas optimistas, son un caldo de cultivo para las actitudes insolidarias o la desinformación interesada que suministran aquellos que siembran la discordia a su favor. Debatir sobre temas de actualidad que nos conciernen tanto como profesionales como ciudadanos, es un buen punto de partida siempre que se haga desde el conocimiento y el uso de fuentes contrastadas. Distinguir las opiniones de los hechos es imprescindible para enseñar esa ética universal que nos representa y protege.

 

En teoría, la practica totalidad de los ciudadanos y del profesorado estamos de acuerdo en unos valores que apuestan por la no discriminación, la igualdad, la tolerancia o la no violencia. Bien sabemos que, luego, en nuestros actos cotidianos o en las conversaciones intrascendentes salen a la luz otros discursos o comportamientos basados en inexactitudes o en una propaganda malintencionada e ignorante que empañan esos valores. Justo ahora, cuando más se pone en entredicho la acción de las Naciones Unidas y la vigencia de su Declaración Universal de Derechos Humanos, sigue siendo necesario apostar por estos valores comunes desde el ámbito educativo. A los docentes nóveles o a los jóvenes alumnos les quedan lejos las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial y que fueron el origen de ese derecho internacional. ¿Saben que es el Holocausto más allá de alguna película?


Las campañas escolares o los días internacionales acaban pueden acabar fácilmente en saco roto si no se trabajan estos valores de un modo convincente y distinto a esa comunicación institucional que muchos jóvenes estudiantes encuentran postiza. Trabajar datos e información de un modo profundo, sin caer en los lugares comunes que repelen a los chavales, es una tarea complicada pero necesaria para combatir los discursos insolidarios. No caer en discursos paternalistas o aleccionar desde una supuesta superioridad moral o ideológica es también conveniente. La famosa empatía que pregonamos no se desarrolla solo con murales, canciones o vídeos ingeniosos. Conocer de primera mano los informes de las asociaciones que trabajan con inmigrantes o acercarse al testimonio de personas que han sufrido en su vida la desigualdad, la discriminación o las penurias por la intolerancia, son buenos ejemplos que podemos acercar a las aulas. ¡Y la congruencia personal, por supuesto!

 

No podemos pedir la paz en Oriente Medio y luego no saber ubicar a Palestina. O no saber el porcentaje de inmigrantes que hay en tu localidad y quejarnos de su elevado número. O atribuir delitos a los menores no acompañados sin conocer los datos oficiales que los contabilizan. O protestar por el gasto en servicios sociales y no saber su destino ni importe. No es tan difícil enseñar a los estudiantes a verificar sus fuentes de información; que se localizan principalmente en las redes sociales que utilizan diariamente.


Nos preocupamos ahora por los famosos Resultados de Aprendizaje de nuestros módulos, y, por falta de tiempo o desinterés, dejamos de lado esas otras enseñanzas que también pueden suponer un aprendizaje extra y profundo en el alumnado. Desde los proyectos intermodulares o a través de cualquier unidad de un módulo, podemos invertir tiempo en valores. La geopolítica mundial o la crónica nacional no invitan a ser optimistas; nos hemos insensibilizado ante tanto cayuco hundido, bombardeo o mujer asesinada. Si no espantamos de un modo efectivo la ignorancia y el egocentrismo en las generaciones venideras acabaremos contagiando esa falta de solidaridad y respeto a todos los entornos.


Foto de Boudewijn Huysmans en Unsplash

CÓMO HACERSE RICO EN FP

domingo, 21 de abril de 2024

 

CÓMO HACERSE RICO EN FP

Hacerse rico es una vieja y eterna aspiración del ser humano. Probablemente, al igual que sucede con el bestseller de dudosa eficacia "Padre rico, padre pobre", si publicásemos un manual dirigido a jóvenes estudiantes de FP que desean hacerse millonarios, el éxito de ventas sería inmediato. Quizás tampoco sería mala idea editar un libro para docentes de Formación Profesional que buscan fortuna más allá de sus módulos... El maldito dinero. Pero esto no va de criptomonedas ni de influencers que emprenden. 


En cualquier caso, pese a la galopante pérdida de poder adquisitivo, podemos estar agradecidos de disfrutar de una profesión rodeada de jóvenes que nunca envejecen y que cada curso tienen algo nuevo que aportarnos a una vida que nos pisa los talones. Aunque luego, a la hora de pagar recibos, olvidamos las ventajas que nos ofrece esta ocupación. Porque, más allá de las envidiadas vacaciones o de la autonomía que disfrutamos a la hora de enseñar, la docencia ofrece satisfacciones personales que se materializan en el éxito de muchos de esos alumnos que pasan por nuestras aulas. Estudiantes que, probablemente, tampoco se forrarán en sus futuros empleos pero tendrán mejores herramientas para afrontar un mercado laboral exigente que no suele regalar oportunidades a los menos preparados. O simplemente descubrirán la valía que acaparan. 


Una cualidad de la FP es tener los pies en el suelo. Prometer fortunas o sueños fantásticos no es algo inherente a estos estudios. No hace falta que nos digan que salgamos de la zona de confort si queremos destacar profesionalmente, ni es necesario tampoco perseguir sueños con la cantinela de si quieres tú puedes. Los estudiantes deben ser conscientes del esfuerzo que implica, para los comunes mortales, obtener algún logro y la perseverancia que suponen ciertas metas sin garantía de éxito. A pesar de las ventajas o desventajas que unos u otros acumulan en la casilla de salida. Luego, si hay suerte, puede que te toque la lotería; ya sea en forma de un trabajo estable, bien remunerado y condiciones dignas; o con unos buenos compañeros y ejerciendo una labor que te apasiona o, al menos, te resulta gratificante. ¡Qué importante una buena orientación académica que les descubra ocupaciones profesionales satisfactorias!

 

Ser rico también significa ejercer una profesión donde te sientes valorado. Es evidente que del salario emocional no se vive y menos aún de esas modas conjugadas en inglés que solo esconden precariedad para sus followers. El engaño de la apariencia es un atractivo potente para jóvenes ansiosos de euros o de los likes que nos regalan para nutrir el ego. No hemos sabido vender la cultura ni la defensa de unos derechos laborales donde importe tanto ser exigente con uno mismo como con las condiciones que otros deben disfrutan. No me extrañan ciertas ansiedades. 

 

Ni esos improbables millones de euros ni los miles de contactos por las redes van a cimentar una vida personal y profesional; una existencia prevista de altibajos que será más llevadera si hemos aprendido a buscar y conservar esos asideros que no se compran ni se venden. Nuestros estudiantes serán más ricos cuando comprendan el valor de las personas que nos acompañan gratuitamente o sepan dedicar su tiempo a actividades relacionadas con la cultura en un sentido humanista. Eso es diferenciación real. Luego no quedará otra que seguir trabajando y agradecer lo recibido por quienes nos acompañan. 

 

Foto de Travis Essinger en Unsplash

HARTAZGO EN LAS AULAS

miércoles, 7 de febrero de 2024

 


 

La sensación de hartazgo parece poblar las aulas. Actualmente, no solo los docentes, sino también el alumnado, tienden a expresar con mayor frecuencia su descontento; ya sea por un ambiente difícil en el aula, aprendizajes considerados como irrelevantes, los comportamientos disruptivos, la burocracia creciente o cualquier otro de esos elementos que sobrevienen en un sector profesional complejo por la diversidad de personas que participan en el mismo. 

 

Para más inri, nos centramos en señalar a la tecnología como uno de los culpables máximos de todo este desaguisado que solo ocasiona malestar y esa sensación de inutilidad de una escuela que hace lo que buenamente puede. Centramos el debate en el móvil sí o no, ahora ponemos o quitamos portátiles, y en breve pasaremos a discutir sobre si bloqueamos la conexión a Internet. Todo sea por vivir en paz... O eso pretendemos. Sin embargo, dudo que la solución a todos esos males o la respuesta a las quejas incesantes se resuelvan con un apagado digital. 

 

Los docentes manifiestan un estrés creciente, y no parece ser una cuestión generacional. Según el último Barómetro Internacional de la salud y el bienestar del personal educativo, más de la mitad de los docentes considera muy o bastante estresante su trabajo desde el inicio del curso escolar; casi el 50% a menudo, muchas veces o siempre, sienten desequilibrios en su vida profesional y personal o no duerme adecuadamente. Y lo mismo ocurre con la cantidad de docentes que manifiestan limitación en las actividades diarias por motivos de salud (principalmente a causa de fatiga, trastornos mentales o del sueño y depresión). Al menos, casi tres cuartas partes del profesorado, se sienten cómodos con las herramientas digitales y consideran que facilitan su trabajo; pese a que casi la mitad consideran que es fuente de conflicto en las relaciones con el alumnado. Aún así, ¿es la tecnología el causante de la causa? No lo creo.


En mi opinión, seguimos mareando la perdiz en el mundo educativo. Entiendo que es necesario un análisis profundo de todo ese malestar docente que también observamos habitualmente en nuestro alumnado. Ya sea una cuestión de salud mental, que se nos escapa a la gran mayoría de docentes, o una consecuencia de la evolución de la sociedad; debiéramos comenzar a investigar y establecer medidas que no deterioren todavía más las relaciones con la escuela. Los desafíos son cada vez mayores y la sensación de inacción es evidente. Nos movemos por percepciones y ocurrencias. Seguimos en el aula con recetas caseras tratando de abordar problemáticas que nos superan. La inclusión, la diversidad, el bienestar emocional y los cambios curriculares, no hacen más que complicar una profesión de por sí compleja. Y los medios disponibles todavía son insuficientes o mal gestionados; y el enfoque profesional que a veces planteamos tampoco favorece los objetivos de la escuela. Unos objetivos en entredicho que debieran considerar, sin duda alguna, el crecimiento personal, social y emocional de todos los alumnos. 

 

Podemos hacer comedia sobre lo blandas que son las generaciones actuales, pero no caemos en la cuenta del agobio o el cansancio que arrastran colegas más o menos experimentados. Nos quejamos de los estudiantes que se quejan y sin embargo criticamos con frecuencia las medidas que se toman en los centros educativos o desde las administraciones públicas. La congruencia no es nuestro fuerte. Hemos perdido la vara de medir. No sabemos relativizar en una sociedad con más recursos que nunca pero con unos niveles de insatisfacción crecientes entre los jóvenes. Predicamos mucho sobre la resiliencia, pero no hemos dominado las herramientas para desarrollarla. El mensaje o el mensajero se han perdido. Los verbos agradecer y valorar no se conjugan con asiduidad.


Tal vez ayudaría tener una visión común de lo que debe significar la escuela para nuestros hijos y alumnos. Suena demasiado utópico. Seguimos discutiendo entre la indudable importancia de los conocimientos, mientras unos desdeñan los valores que debe transmitir la escuela o minimizan las contrariedades que otros sufren. Corremos el riesgo de caer en una renuncia silenciosa donde el único desarrollo profesional docente va unido a terminar cuanto antes la jornada laboral. Y el hartazgo se va espesando. Familias, alumnado o docentes a disgusto con un sistema educativo que no cumple sus promesas ni expectativas. Se protesta tanto de saberes poco prácticos o nada significativos como de un exceso de orientación temprana hacia la competitividad laboral. Andamos mareados.

 

Al igual que con el calentamiento global, ya estamos padeciendo las consecuencias de un clima escolar que se vuelve sofocante con mayor frecuencia. No advertimos lo suficiente la necesidad de unas leyes educativas consensuadas con rigor y sin arbitrariedades, en un clima político y social que no anticipa nada bueno (hasta la elección de una insípida canción de Eurovisión causa disgustos). Nos queda, a los optimistas entre los que me encuentro, seguir el pensamiento que habita en la frase atribuida por algunos a Eduardo Galeano: 

Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo.

 

Foto de Wesley Tingey en Unsplash

LA IMBECILIDAD DEL ALUMNO

domingo, 29 de octubre de 2023

 


No me gusta entrar en polémicas en el ámbito educativo. No soy dado a añadir levadura a los que gustan de engordar los males de la escuela despotricando de su materia prima. Pero ciertas valoraciones profesionales, que además son aplaudidas por colegas, no debieran tener cabida en la escuela. Corremos el riesgo de disculpar o apoyar cualquier acción u opinión que vertemos como docentes si la situación nos sobrepasa o no encaja con nuestras expectativas. Valorar al alumnado adolescente, de forma tan negativa, resulta desolador: «Veo estupidez allá donde mire. Ya no comprendo ni soporto nada de lo que hacen. No soporto tanta ignorancia. Casi cada uno de ellos simboliza la imbecilidad»

 

Ni corporativismo ni falta de crítica a un sistema educativa que no aporta los recursos materiales y humanos necesarios. No es ese el asunto. Reprobar este tipo de comentarios, públicos o privados, es una cuestión de ética profesional docente. Pese a que algunos aprovechen la dicotomía, entre el saber para ejercer la enseñanza y el saber quién soy para dedicarme a este oficio y no a otro (F. Altarejos, 2003), para decantarse por la primera opción. Como si ambos asuntos no tuvieran la misma importancia. Y ni es un tema de bandos ni estamos ante una cazas de brujas para desprestigiar a nadie.


Somos sabedores de la necesidad de una mirada que busque la comprensión de los alumnos, independientemente de cuestiones pedagógicas. La estulticia o cualquier otra problemática que arrastre el alumnado son inherentes a la profesión. No son motivo de reproche. Todo ello no quita que sigamos demandando recursos específicos para centros educativos de difícil desempeño, el apoyo del equipo directivo y una formación específica para mejorar la convivencia en las aulas. Los alumnos actuales, sus padres y madres, o nuestros compañeros, no admiten cambios ni devoluciones. Pongamos el acento en esos recursos no accesibles o en ese malgasto en partidas accesorias para poder ejercer con competencia nuestra docencia.

 

El gran defecto de los profesores sería su incapacidad para imaginarse sin saber lo que saben. Sean cuales sean las dificultades que han debido superar para adquirirlos, en cuanto los adquieren sus conocimientos se les vuelven consustanciales, los perciben como si fueran evidencia («¡Pero es evidente, vamos!»), y no pueden imaginar que sean por completo ajenos a quienes, en ese campo preciso, viven en estado de ignorancia.  Pennac, Daniel. "Mal de escuela"

 

Porque hacemos un flaco favor a nuestra profesión, de la que reclamamos justamente un mayor aprecio, cuando pataleamos por los estudiantes que nos tocan en gracia o nos atrevemos a descalificarlos como si fuéramos meros aficionados al aula. Mi límite, a la hora de dirigirme a un alumno o hablar acerca de él, me lo pongo en cómo me gustaría que fuera tratado un hijo mío. Por mucho que haga el imbécil o insista en seguir acomodado en la ignorancia ante una vaga promesa de un futuro mejor a cambio de un esfuerzo que considera poco ventajoso. Es cuestión de profesionalidad y ética.


LA DERIVA DE UNA ESCUELA INDIVIDUALISTA

sábado, 14 de octubre de 2023

 

escuela individualista

 

A lo bueno todos nos acostumbramos y lo damos por sentado con ligereza; mientras, las amarguras tendemos a olvidarlas y buscamos pasar la página rápidamente. Nos hartamos a hablar sobre la empatía y la resiliencia pero mirando siempre de reojo. No sea que perdamos algún privilegio. Nos encantan las buenas obras y las películas con tintes solidarios pero al final acabamos defendiendo implacablemente una mísera parcela de nuestra tribu y territorio común. Si nos descuidamos acabamos siendo más animales que humanos. Y la educación nos diferencia además de por el nivel de escasez o abundancia personal que poseemos en un mundo que siempre ha girado bajo las mismas leyes. 

 

Aún así, la escuela sigue transformando. Pese al discurso de que la educación la dan los padres y las escuelas solo debieran ofrecer lecciones; continúan siendo un espacio único de pluralidad y valores, además de conocimientos. Porque, indudablemente, la bondad o la maldad no forman parte del currículo escolar pero si tenemos como sociedad la obligación de proteger la igualdad y unos derechos humanos frente a las olas de inquina que se generan cuando crece la salvaje marea. Y no hablo de buenismo estéril sino de formar ciudadanos sensibles en un entorno donde las prioridades educativas se nos están quedando en lo secundario: una fiebre calificadora para acceder a otros estudios, una mal entendida digitalización, un infructuoso bilingüismo y esa nostalgia escolar de algunos. Lo que no quita que trabajemos las competencias debidas ni ese objetivo prioritario, a menudo olvidado, que pretende espolear la curiosidad de nuestro alumnado por el aprendizaje.


Para muestra, esa pandemia que nos haría mejores. O esos temores sobre unos vecinos que no queremos comprender y que avivan la inquina en las redes y en las calles. Luego recortaremos lazos y palomas de la paz mientras ayer insultábamos al protagonista de un titular de prensa. Y todo se transmite, en casa y en la escuela. El currículum oculto constructivo tiende a desaparecer entre tanta fachada y temor a ser considerado un adoctrinador perverso. Los valores y derechos en el aula pueden ser vistos como una pérdida de tiempo o unos principios a evitar. Los jóvenes de hoy son fruto de los adultos de ahora y de una sociedad que lleva tiempo evitando incomodidades para conservar estatus. Porque es molesto nadar contracorriente; cuesta enseñar mientras desapruebas las injusticias que otros padecen y despiertas conciencias; pero eso también es educar. Y la congruencia y honestidad profesional son imprescindibles pese a los desaciertos y los inoperantes que nos conducen. Tal vez, y viendo el paisaje político y social actual, nos deberíamos centrar más en esos ideales que nos unen y que corren el riesgo de diluirse entre programaciones, intereses económicos, partidismos o simple individualismo. 

 

Cine con valores, lecturas sugestivas, debates reflexivos y una trabajada acción tutorial con recursos son buenos elementos para educar y acercarse a ese pensamiento crítico tan publicitado pero tan poco corriente en el día a día escolar. Y no vale quitarse las responsabilidades de encima o delegar en otros colegas y etapas educativas. Todos construimos personas buenas.

LA IMPORTANCIA RELATIVA DE LOS TÍTULOS Y CERTIFICADOS PROFESIONALES

domingo, 16 de abril de 2023

La de trabajar me la sé y la mayoría de jóvenes acabarán, sin remedio, teniéndosela que saber. Disculpad el uso del lenguaje juvenil. Otro cantar es la necesidad y la proliferación, proporcionalmente crecientes, de todo tipo de títulos y certificados para validar nuestra capacidad profesional o las competencias mínimas que de nosotros demanda el mercado del trabajo. Y no es cosa nueva. Desde la aparición de los créditos de libre configuración universitaria, donde unas horas de formación en macramé se validaban para licenciarte, la oferta formativa ha evolucionado hasta el absurdo. Por no hablar de los cientos de cursillos de toda índole que puntúan en los procesos de concurso-oposición o para obtener complementos salariales por formación. Lo de aprender queda en un segundo plano.


Y el problema no es la oferta formativa. Lo preocupante de este asunto es la fiebre por poseer títulos o certificados, sin límite alguno, para superar a cualquier potencial competidor de un puesto de trabajo. Mientras tanto seguimos colaborando en el negocio de títulos impresos en papel mojado que lucen bien en el currículum. Porque, ¿se cursan para aprender o por simple exigencia del guion? Y esta trama parece no tener fin. Afortunadamente, cada vez son más los jóvenes con una educación superior (FP grado superior, grado, máster o doctorado universitario): en el año 2021 en España un 41,1% de los hombres y un 52,1% de las mujeres de 30 a 34 años alcanzaban este nivel de formación. Y claro, ¿cómo diferenciarnos en un mercado laboral saturado a la vez que sobrecualificado en determinados puestos? A lo mejor nos hemos pasado de frenada con aquello de la formación permanente para toda la vida; y la cantidad en estas cuestiones no parece significar mayor calidad o sustancia. 


La congestión en la demanda de educación superior ha provocado un acceso cada vez más costoso a través de altas notas de corte; el problema de los números clausus se ha agravado al igual que se ha incrementado la laxitud en la expedición de títulos para atraer a una clientela ávida de certificados académicos. Las notas de corte para acceder a la universidad siguen al alza (ver tabla 4.2.6 de este informe del sistema universitario español), al mismo ritmo que el número de sobresalientes en bachillerato se incrementa. Y no creo que sea por la evolución de la especie. De nuevo nos topamos con una burbuja calificadora que no va ligada a un mayor aprendizaje (supuestamente deseado) sino a obtener una plaza que, en el caso de no ser lograda, habrá que terminar abonando.


Y así suma y sigue con ese arsenal de títulos que necesitamos para ocupar cualquier empleo: certificados de idiomas, de digitalización, de voluntariado, de prácticas no laborales; o esos nuevos certificados de profesionalidad que corren el riesgo de convertir en un galimatías el actual sistema de Formación Profesional. Veremos quién gestiona todo ello (sin ser a costa del profesorado) y si no caemos en el mercadeo de unidades de competencias y módulos formativos. El tiempo dirá. 

 

Podemos apiadarnos de aquellos que se dedican a la selección de personal. Filtrar al mejor candidato entre esa marea de polititulados debe resultar cada vez más costoso. Pese a que, a la larga, los que se venden mejor o aquellos que rezuman normalidad, terminan obteniendo habitualmente las mejores oportunidades. Mucha digitalización y marca personal, pero el contacto físico, cara a cara, con el tiempo, nos pone a todos en su sitio (ya seas taker, giver o matcher). Por no incidir en aquello de que el mejor predictor del éxito profesional es que tus padres tengan dinero. Ya sabíamos, aunque algunos deseen ignorarlo, que solo el esfuerzo y los títulos no garantizan el progreso laboral. Suelen ser condición necesaria pero no suficiente. 


Además, todos esos certificados que en teoría deben evidenciar conocimientos y capacidades a título personal, hay que acompañarlos de mucha educación. Una educación de difícil certificación. Ahí quedan todos esos saberes que acostumbramos a considerar inútiles y que no venden tanto a nivel profesional; o aquellos que de un modo informal atesoramos a lo largo de una cada vez más larga vida laboral y que disfrutan tus alumnos, compañeros, clientes o empleadores. Sin mencionar esa ristra de competencias blandas que no hay título que las convalide. Ojalá, la inquietante inteligencia artificial, nos estimule a valorar lo que es invisible a los ojos. Ya lo dijo Antoine de Saint-Exupéry.

 

LA IMPORTANCIA RELATIVA DE TÍTULOS Y CERTIFICADOS PROFESIONALES

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